Cuba: La Primera Declaración de La Habana, 50 años de plena vigencia

En mayor o menor medida y desde el mismo primero de enero de 1959, la Revolución Cubana siempre ha estado amenazada por el imperialismo yanqui; aunque, si bien es cierto, ya anteriormente el Gobierno estadounidense había realizado sus ingentes esfuerzos para que aquella no triunfara. Estados Unidos siempre había procurado, a toda costa, mantener en América Latina los gobiernos títeres que le permitieran hacerse sin mayores problemas con las riquezas de cada país. Se había acostumbrado, además, a recuperar relativamente fácil el control de los gobiernos que de alguna manera se le escapaban de sus garras; ahí está el ejemplo de la llamada Revolución de 1952 en Bolivia, que finalmente fue liquidada en 1964 por el golpe de estado de un lacayo de Estados Unidos: René Barrientos; así como el caso de Jacobo Arbenz, derrocado en 1954 por el imperialismo yanqui en Guatemala.

Pronto se dieron cuenta de que el problema que tenían en Cuba era muy diferente a lo que habían enfrentado hasta entonces, que la población de la Isla no era ya la misma que “aceptó” la injerencia imperialista en 1898; como tampoco se parecía a la que tocada por el funesto divisionismo no pudo evitar que, parafraseando a Raúl Roa, la “Revolución del 30 se fuera a bolina”. De modo que, afectados por un creciente nerviosismo, los dirigentes imperialistas se dieron a la tarea de, utilizando todo tipo de herramientas, procurar tumbar a la Revolución Cubana para retomar el control de la Isla; objetivo que, afortunadamente y como sabemos, cincuenta y un años después no ha sido alcanzado.

En 1960, Estados Unidos procuró la condena y el aislamiento del Gobierno revolucionario, con el perverso propósito de allanar el camino a la agresión militar que ya la CIA preparaba –la invasión mercenaria de Playa Girón, el 17 de abril de 1961, que supuso una aplastante derrota para el gobierno imperialista-; y para ello recurrió a la ayuda de sus obedientes lacayos.

Fue durante la última semana de agosto de 1960 cuando, a instancias de la administración Eisenhower, se celebró en San José, Costa Rica, la VII Reunión de Consulta de Cancilleres de la Organización de Estados Americanos –OEA-. Añadiré que, coincidiendo con la misma, el Gobierno estadounidense anunció la concesión de un crédito de 600 millones de dólares para repartir entre los gobiernos de América Latina, es decir, entre la oligarquía de estos países. No es extraño, pues, que de la mencionada reunión saliera aprobada la denominada Declaración de San José de Costa Rica; documento dictado por el gobierno imperialista que condenaba a Cuba por tratar de defender su inquebrantable y legítima decisión de autogobernarse, pero que además atentaba contra la soberanía de los pueblos de todo el continente. Estaba en lo cierto Fidel cuando, sólo unos días más tarde, expresó que “se estaba afilando allí el puñal que en el corazón de la Patria cubana quiere clavar la mano criminal del imperialismo yanqui”.

Se debe recordar la digna actitud adoptada por parte de los cancilleres de Venezuela y de Perú, Ignacio Luís Arcaya y Raúl Porras Barrenechea respectivamente, ya que ambos desoyeron las órdenes de sus gobiernos y, negándose a firmar tan rastrero documento, posteriormente renunciaron a sus cargos. Destacada fue también la labor del canciller cubano, Raúl Roa García. El “Canciller de la Dignidad”, que así es como se le conoce desde entonces, ya había denunciado en varias ocasiones -el 18 de julio, durante la 874 Sesión del Consejo de Seguridad de la ONU, por ejemplo- las amenazas de agresión y las hostilidades imperialistas.

Ante tamaña injusticia, el Gobierno Revolucionario no se quedó cruzado de brazos. El 2 de septiembre de aquel mismo año convocó al pueblo en la entonces Plaza Cívica, hoy Plaza de la Revolución José Martí de La Habana, donde, como fuente de derecho democrático, fue legítimamente constituida la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba. Y es que en Cuba, aunque la primera Asamblea Nacional del Poder Popular –Parlamento- no se constituyó hasta 1976, el pueblo siempre fue tenido en cuenta por su gobierno en los asuntos importantes.

Más de un millón de personas acudió a la llamada. Se trataba de dar una contundente respuesta a la repugnante Declaración de San José de Costa Rica; y vaya que sí la dieron. El compañero Fidel, primer ministro de Cuba por aquel entonces, discursó encendidamente: […] “¿Por qué han querido condenar a Cuba? ¿Qué ha hecho Cuba para ser condenada? ¿Qué ha hecho nuestro pueblo para merecer la Declaración de Costa Rica? ¡Nuestro pueblo no ha hecho otra cosa que romper las cadenas! Nuestro pueblo no ha hecho otra cosa, sin perjudicar a ningún otro pueblo, sin quitarle nada a ningún otro pueblo, que luchar por un destino mejor” […]

Tras más de cincuenta y un años de Revolución, lo que ha quedado demostrado es que, lejos de quitarle nada a nadie, Cuba a dado mucho a muchos con su generosa política internacionalista. Debió de ser impresionante escuchar gritar al millón y pico de personas allí reunidas: “¡Fidel, seguro, a los yanquis dale duro!”. Pero no debió de ser menos cuando, tras leer parte del tratado o convenio bilateral de ayuda militar entre Cuba y Estados Unidos -aquel que se firmó el 7 de marzo de 1952, tres días antes del golpe de estado de Batista- el Comandante en Jefe preguntó si se debía mantener o anular. Sin dudarlo, el pueblo contestó que se quemara. Aquel injerencista tratado, que al decir de Fidel no era otra cosa que “el trato entre el tiburón y la sardina”, fue roto por el propio líder de la Revolución, al mismo tiempo que expresó: “No, no vamos a quemarlo; vamos a guardarlo para la Historia, roto como está”.

En otro momento de la histórica Asamblea, Fidel sometió a votación directa si Cuba debía aceptar o no la ayuda militar de la Unión Soviética en caso de ser agredida por los imperialistas, y la respuesta positiva que se escuchó fue clara y contundente. Lo mismo sucedió cuando Fidel preguntó al pueblo sobre el establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China.

Lo expuesto sólo es una reseña de la memorable intervención del líder de la Revolución, aquel 2 de septiembre de 1960. Al final del discurso, Fidel leyó la Primera Declaración de La Habana, un documento que recoge el propósito soberano de Cuba y la proclamación de los derechos de los latinoamericanos. Acabada su lectura, Fidel invitó a votar la Declaración. Junto a la imagen de Martí y de aprobatoria manera, más de un millón de personas alzó las manos sobre sus cabezas.

Pero, producto de su parasita ambición, el gobierno yanqui obvió el sentir del pueblo cubano. El 31 de enero de 1962, durante la VIII Reunión de Consultas de la OEA –Punta del Este, Uruguay-, Cuba fue excluida –léase: expulsada- de la organización. El pueblo de Cuba respondió de manera más contundente, si cabe, con La Segunda Declaración de La Habana -6 de febrero de 1962-. En julio de 1964 se celebró la IX Reunión de Consultas de la OEA. Reunidos en Washington, en aquella ocasión acordaron la ruptura de relaciones diplomáticas por parte de los gobiernos de los Estados americanos con el gobierno de Cuba; la interrupción de todo intercambio comercial, directo o indirecto, con excepción de alimentos y medicinas, y el cese del transporte marítimo entre sus países y Cuba. México fue la honrosa excepción, ya que no se sumó al injusto castigo. La población revolucionaria respondería a la nueva agresión –el 26 de julio de 1964- con La Declaración de Santiago de Cuba.

Pasados unos años, en la década de 1970, la OEA dejó “libertad” a sus Estados miembros para restablecer todo tipo de relaciones con Cuba, y eso es lo que hicieron la gran mayoría de los países. Finalmente, en 2009, la OEA abrió sus puertas para que Cuba regresara, si así lo deseaba. Pero el deseo de Cuba nunca fue ese, precisamente, porque, como dijera el compañero Fidel en su reflexión del 22 de febrero de 2008, “¿quién quiere entrar en el basurero?”.

Y es que, a día de hoy, a pesar de que el panorama latinoamericano es muy diferente al de 1960, la OEA sigue siendo el “Ministerio de Colonias del Departamento de Estado estadounidense” que siempre ha sido; una herramienta, como tantas otras, en manos de los imperialistas yanquis.

En más de medio siglo de Revolución, el pueblo de Cuba nunca dejó de ser agredido por cada uno de los once gobiernos estadounidenses, incluido el de Barack Obama. La Primera Declaración de La Habana cumple, pues, cincuenta años de plena vigencia.

2010 / 09 / 02


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