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DE VISITA EN CAMAGÜEY (capítulo segundo y último)

 Capítulo primero

 

DOS

 

No tardé en dar con la casa de la señora y tampoco con Osmany; lo hallé conversando con su amiga en un rincón de la sala. Cuando lo llamé, asomando la cabeza por la puerta que estaba abierta, puso cara de no creerse lo que estaba viendo, pero, inmediatamente después, se paró como un cohete de la silla que ocupaba corriendo a abrazarme.
                —¡Qué sorpresa tan agradable, compay! ¿Cuando tú llegaste?
                —Hace como un par de horas.
                —¿Por cuanto tiempo? ¿Estás apurado?
                —Por una semana, más o menos.
                —¡Coño, bacán! Qué bueno que viniste. Ahorita le hablé de ti a la compañera —ella, que no me quitaba los ojos de encima, asintió con la cabeza—. Está recién llegada de Estados Unidos.
                —Sí, ya sé. Omara me lo dijo.
                —¡Ah! ¿Pasaste por la casa?
                —Claro. ¿Cómo iba a saber, sino, dónde tú estabas?
                —Cierto. Qué boberías digo. ¿Viste a los vejigos? Están tremendos ¿verdad?
                —Acabando. Pronto estarán más grandes que su padre.
                Me presentó a la dueña de la casa, que nos sacó una cerveza Bucanero bien fría a cada uno y, cuando ya se familiarizó con mi inesperada pero al parecer agradable presencia —lo que sucedió muy pronto—, no hubo necesidad de tirarle de la lengua; ella misma nos contó algunas impresiones acerca de su viaje:

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DE VISITA EN CAMAGÜEY (capítulo primero de dos)

UNO

 

Hacía unos meses que no iba a Camagüey, así que, cuando una aburrida tarde de cálido noviembre un chofer de la fábrica me dijo que tenía viaje de trabajo hasta la misma ciudad, no me lo pensé dos veces, preparé rápidamente el equipaje y subí a la rastra que manejaba con la sana intención de visitar a un amigo de toda la vida.
                Al igual que yo, Osmany es de Nicaro. Aquí nació y, entre el preescolar, los estudios de primaria, secundaria, el preuniversitario y alguna que otra guásima comida con los amigos más íntimos y habituales —fundamentalmente para ir al río o al mar—, dejó de ser niño, primero, y luego adolescente. Ya más crecidito estudió arquitectura en la universidad camagüeyana. Después, finalizada la carrera, cumplió los dos años de Servicio Social en la misma ciudad y, ya ustedes saben cómo suceden estas cosas, en el transcurso de ese tiempo conoció a una buena y linda muchacha que, como no podía ser de otro modo, le enredó sobremanera. Obviamente se empató con ella, tuvo dos hijos… y se quedó a vivir definitivamente lejos de su pueblo natal, aunque a él, cómo no, vuelve siempre que puede.
                Cuatro horas y pico y una avería después, me bajé del largo camión en las afueras y me acerqué en una guagua local a la calle Bembeta, justo donde hace esquina con El solitario. Allí encontré a los dos chamacos jugando a las bolas en el portal. Los niños tienen buena memoria; estos, al menos, me reconocieron al instante. ¡Cómo habían crecido, carajo! Les pregunté por su papá, y me respondieron que hacía un ratico había salido, añadiendo a continuación:

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NAVEGÁNDONOS

 

Espérame, no tardo. Acabo de huir de una soledad casi absoluta, pero viajo en el vehículo más rápido del mundo, que no es otro que la imaginación, y ya estoy a punto de llegar al abrigo de tus brazos.
¿Ves?, ya estamos juntos. Mis manos se hunden en el río de aguas bravas que cae sobre tu espalda. Mi boca se recrea en el remanso de la tuya y, entre las flores que enaltecen sus orillas, nuestros ágiles peces nadan sin prejuicios, desprovistos de escamas, a contracorriente.
Contigo a bordo y presto el mástil de mi embarcación, izas las velas; el timón pasa a tu mando. La brisa despierta aviva nuestros deseos. El viento comienza a hacer su mágica aparición y nos aleja de la costa para acercarnos.
Y navegamos, navegamos en una mar ya no tan en calma como al principio. Y navegamos, navegamos envueltos en una gran marejada minutos después.
No hay gestos de tedio, no hay rostros de espanto; sólo el placer nos acompaña cuando se diluyen nuestras almas, cuando convulsionan nuestros cuerpos.
Acabada la travesía echamos el ancla, y fondeamos de nuevo sobre las aguas calmas del puerto.

 


Pájaros

 

Dicen de mi que soy un soñador, que sólo tengo pájaros en la cabeza. E insisten, ¡qué necios!, como si la tenencia de aves en el cerebro fuese ilícita, además de tremenda tragedia.
Los pájaros que habitan en mi cabeza ahuyentan mis angustias y me insuflan sosiego. Pero sobre todo me ayudan a volar cuando me caigo y solo no soy capaz de levantarme del subsuelo.

Narrativa: ESCRIBIENDO DE TI

 

Escribo sin bolígrafo sobre un papel de colores, con la ventana abierta, con la puerta cerrada. Estoy solo, solo con mis recuerdos, solo con mis pensamientos… con mis penas y alegrías. Estoy solo y escribo de ti.
La luna, no sé de qué, desde arriba se ríe; lloran las estrellas y yo, no sé por qué, escribo sobre la piel de tu cuerpo. Sobre un humedecido papel sigo escribiendo de ti, y cuando amanece ni si quiera sale el sol.
Ya se ha encendido la luz, ya estarás por algún lugar paseando, y tus desnudos pies serán acariciados por la arena de la playa. Sentada sobre una piedra contemplarás el vaivén de las olas del mar, las móviles montañas de espuma que mis ojos salpican mientras la suave brisa agita tu blanco vestido y tus sueltos cabellos, mientras buscas y rebuscas en los rincones de tu vida algo que no sé si encuentras, mientras el viento arranca tu agradable perfume y me lo trae a través de la ventana.
Sigo escribiendo durante muchas horas, toda la noche, todo el día. Y la luna vuelve a reír, a llorar las estrellas.
Sigue hecha mi cama, solo la sobrecama presenta algunas arrugas como si volando hubieras venido, como si en ella tumbada hubieras estado. Pero está vacía, llena de soledad; solo tu ausencia, tímidamente, asoma por entre las sábanas.
Te espero, pero no vienes. Escribiendo te espero, pero no me llamas. Y, cuando sobre el coloreado papel ya no entra nada más, sigo escribiendo sobre la mesa.

 

(Tomado del libro Vaho en el cristal)


Camino del cementerio

 

No quise levantarme de la cama tras los habituales bostezos, pero el dulce sueño, hace tiempo huido, y el diario deber con fuerza me empujaron cayendo inevitablemente al lleno vacío.
Ni agua bendita encontré para lavarme la cara. Con los dedos de una hoguera extinguida, me peiné la memoria y recordé la decadente sonrisa de las flores asesinadas.
Ahora, mucho hastío después, aún permanezco apoyado en el marco de la ventana mirando sin ver con los ojos vencidos, porque llueve y no existen los paraguas, porque diluvia aunque no haya nubes grises en el cielo.
Sí, sigue lloviendo. Rápidamente crecen los ríos y se desbordan. Ahogado viaja el ser humano en sus aguas camino del cementerio.

 

 (Tomado del libro Después de todo)


Soñando libertad

 

Debí soñar que libertad era nombre de ciudad. Mas por más que busqué, tras despertar no la encontré.
Miré en los mapas y libros, recorrí con mis pies todos los caminos.
Hastiado al fin de tanto buscar, me pregunté: ¿cuántos habitantes tendrá si existe de verdad tan anhelada ciudad?
 

(Tomado del libro Vaho en el cristal)