¿Dictadura en Cuba? Sí, la del proletariado

Bandera cubana y palma real, 2010 (Foto: Paco Azanza Telletxiki)

Bandera cubana y palma real, 2010 (Foto: Paco Azanza Telletxiki)

 

Introducción

Durante estos días, tras la desaparición física del compañero Fidel, se ha repetido hasta la saciedad que éste era un dictador y que el sistema cubano es una dictadura. No sorprende, en absoluto, que la prensa reaccionaria haya recurrido a tamaña mentira, siempre lo hace; tampoco llama la atención que los socialdemócratas autoproclamados de izquierda, obviamente sin serlo, hagan lo mismo. Lo que llama la atención y resulta indignante es que desde la izquierda sin entrecomillar, cada vez más acomplejada y sumisa a la clase que dice combatir, muestre su adhesión a las condolencias por el fallecimiento de Fidel y apoyen a la Revolución Cubana acompañada muchas veces de innecesarios matices que, sin que nadie se los pidan y sin venir a cuento, se apresuran a ofrecer.
Es como si quisieran contentar a la clase social que, en principio, parece que defienden, sin contrariar demasiado al podrido sistema —capitalista y de partidos políticos— que les da de comer. Una práctica tan hipócrita como peligrosa, máxime cuando se sabe que muchos de sus seguidores se “forman” —no hay más que oírles hablar para darse cuenta de ello— con la prensa de la reacción sobre el tema que nos ocupa y sobre otros muchos.
Próximamente, a éste texto que muestro a continuación le seguirá otro sobre la legitimidad del compañero Raúl Castro al frente del Gobierno revolucionario —los tendenciosos y los ignorantes aseguran que lo lidera por ser hermano de Fidel—, y un tercero sobre la democracia en Cuba y su sistema electoral, igualmente criticado por los “demócratas” occidentales pero, sin duda, infinitamente más democrático que el que ellos tratan de imponer al pueblo de Cuba.

 

¿Dictadura en Cuba?

Sí, la del proletariado

No son pocas las veces que me ha tocado escuchar —y las que me quedan— aquello de que la mayor parte de la población cubana está harta de la Revolución y del socialismo que la alimenta. Y quienes de esa manera piensan y opinan, insisten, sin aportar ni un solo argumento valido que lo sostenga, que esto es así porque el “régimen castrista” les ha llevado a una situación calamitosa propia de una dictadura.
Está claro que, por desconocimiento o interés —según los casos—, esta gente pasa por alto que el sistema electoral cubano permite alcanzar el poder incluso a la propia contrarrevolución si es que, en verdad y como aseguran, esta fuera mayoritaria. Fidel lo dijo de esta ilustrativa manera: “En el sistema electoral nuestro, si la contrarrevolución fuera mayoritaria podía ganar las elecciones y tomar el gobierno pacíficamente. ¡Ah!, ellos saben que no van a tener la mayoría, desde luego, porque nuestro partido es un partido, pero no postula ni elige; en nuestro país postula y elige el pueblo desde la base”. Luego, de la dictadura al uso que tanto denuncian y atribuyen al Gobierno cubano nada de nada; Cuba vive en Revolución Socialista desde hace casi de 58 años porque la inmensa mayoría de su población así mismo lo quiere.
El Estado de Cuba revolucionaria tuvo durante bastante tiempo una estructura provisional, y esto fue así porque los conductores de la Revolución no pretendían cumplir sólo un expediente, sino dotar al país de unas instituciones sólidas que respondieran con eficacia a la nueva realidad que ya se vivía en la Isla. El proceso revolucionario necesitaba adquirir cierta madurez antes de dar un paso tan importante, y para eso se debían cubrir primero otras etapas. Durante los primeros dieciséis años de Revolución estuvo en vigor la Constitución de 1940; una Carta Magna que, aunque burguesa, era bastante avanzada para la época, sólo que su contenido los gobiernos precedentes nunca antes lo habían respetado llevándolo a la práctica. No obstante, la Ley Fundamental de 1940 hubo de ser modificada en infinidad de ocasiones mediante expedientes de acuerdos del Consejo de Ministros, ya que chocaba muy a menudo con los avances del proceso revolucionario. Llegó pues la imperiosa necesidad de elaborar y aprobar un nuevo texto constitucional, lo que sucedió en 1976.
En la discusión del proyecto participaron alrededor de 6.200.000 personas pertenecientes al Partido, los sindicatos, los CDR, la FMC, la ANAP, la FEU, la FEEM, las unidades militares y las misiones cubanas en el extranjero. Si exceptuamos a los niños y las niñas y tenemos en cuenta que en 1976 la población de Cuba era bastante menor que la de ahora, llegaremos a la conclusión de que de forma directa y personal prácticamente todos los habitantes participaron en el examen del documento. 5.500.000 se pronunciaron a favor de mantener el texto sin modificaciones, y 16.000 propusieron algunos cambios, que fueron respaldados por algo más de 600.000 participantes. Enriquecido su contenido por la discusión popular a través de infinidad de asambleas en todo el territorio nacional, la Constitución Socialista fue probada por el Congreso, y, finalmente, mediante referéndum, también por el 97,7% de la población electoral. ¿En qué otro país del planeta ha ocurrido algo igual o parecido?
En las elecciones de Cuba del 20 de enero de 2008 —hago referencia a este año porque, aun habiendo sido elegido delegado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, Fidel, por problemas de salud renunció a ser candidato a los cargos que hasta entonces había desempeñado— votó de manera libre y secreta el 96,89% de los electores —una quimera también en cualquier otro lugar del mundo—, correspondiendo el 91% al Voto Unido por todos los candidatos a diputados y a delegados provinciales.
Por considerarlo de interés, ahondare un poco en estos datos. Electores: 8.495.917; Participación: 8.231.365 -96,89%-; Voto Unido: 7.125.752 -91%-; Voto Selectivo: 713.606 -9%-; Voto en Blanco: 306.791 -3,73%-; Voto Nulo: 85.216 -1,04%; Abstención: 264.552 -3,11%-. El Voto Unido es, como su nombre indica, un voto de unidad, de apoyo total a la Revolución. El Voto Selectivo también se entiende como de apoyo a la Revolución, aunque con ligeros matices. Entre ambos suman 7.857.358. Las boletas depositadas en blanco y las anuladas se entienden como contrarias al socialismo en Cuba, y la suma de ambas arroja la cifra de 392.007 votos. Falta por contabilizar la abstención —el 3,11%—. La abstención no es necesariamente un ejercicio en contra de la Revolución. Conozco a gente que ha dejado de votar en varias ocasiones y por diferentes motivos, pero nunca precisamente por estar en desacuerdo con el sistema socio-político de la Isla. De todos modos, para que no se me incomoden los contrarios, los sumaré a los votos nulos y blancos, y estaríamos refiriéndonos a 656.559 votos. El resultado final de las citadas elecciones sería, pues, de 7.857.358 personas a favor de la Revolución Socialista, y sólo 656.559 en contra—esta cifra, insisto, está inflada—. Un dato muy significativo, sin duda.
Existe también la errónea creencia de que Fidel siempre presidió el Gobierno de Cuba sin que el pueblo lo hubiera elegido, lo que es completamente falso. Los más de 600 diputados —en aquel ejercicio 614— que componen la Asamblea Nacional del Poder Popular, órgano legislativo supremo del Estado cubano, son elegidos para un período de cinco años por la población electoral, y aquellos, a su vez, al comienzo de cada mandato eligen al Consejo de Estado y a su presidente de manera libre y secreta; lo que contradice contundentemente, pues, a los que, empecinados, sostienen que Fidel lideró la Revolución sin que nadie lo hubiera elegido.
Fidel, además, no fue Presidente del Consejo de Estado y de Ministros desde 1959 hasta que por problemas de salud renunciara a presentarse al cargo en 2008, sino desde 1976 —hasta entonces lo habían sido Manuel Urrutia Lleó y Osvaldo Dorticós Torrados—. Y para ello tuvo que ser propuesto como diputado por la Asamblea Municipal de Santiago de Cuba —en la Isla nadie puede nominarse a sí mismo— y ser elegido mediante voto libre y secreto, para después ser propuesto como Presidente y ser igualmente elegido en la Asamblea Nacional con el mismo procedimiento de votación. A partir de aquella fecha, debido a sus numerosos méritos personales y su indiscutible capacidad como dirigente, la Asamblea siempre lo eligió.
Pero, al margen de la legitimidad que periódicamente otorga el pueblo cubano a su gobierno a través de las urnas, conviene recordar éste importante hecho: El 11 de junio de 2002, tras la convocatoria realizada sólo veinticuatro horas antes por el Comandante en Jefe, más de 9 millones de cubanos y cubanas se manifestaron por las calles de toda la Isla recordando al mundo el irrenunciable carácter socialista de la Revolución Cubana. E incluso la citada cifra se queda corta, porque, como el mismo Fidel dijo al día siguiente: conste que hicimos un informe restrictivo sobre cuanta gente se movilizó, porque las cifras que tenemos superan los 10 millones”.
Por si esto fuera poco, desde el sábado día 15 a las 10 de la mañana hasta el mediodía del martes 18 del mismo mes, la propuesta conjunta de las organizaciones sociales y de masas, para que quienes estuvieran en edad de votar expresaran con sus firmas la voluntad de reformar la Constitución a fin de que constara en ella tanto el carácter irrevocable del socialismo como que las relaciones de la República con cualquier otro Estado no podrán jamás ser negociadas bajo agresión, amenaza o coerción de una potencia extranjera, fue refrendada por más de 8 millones de electores.
Después, entre los días 24 y 26 igualmente de junio, durante la Sesión Extraordinaria realizada por la Asamblea Nacional del Poder Popular, se aprobó por unanimidad la Reforma Constitucional anteriormente citada.
Está claro, pues, que la gente que opina de tan equivocada o tendenciosa manera —según los casos—, o es victima de la manipulada información dominada por el gran capital —casi toda, más del 80%— o, insisto, en mayor o menor medida es parte interesada de que la realidad cubana sea falseada para desacreditar a la Revolución y al gobierno que la dirige con fines desestabilizadores. Esto no es nada nuevo, siempre ha sido así desde el primero de enero de 1959.
Existe, igualmente, otro tipo de individuo que, alejado quizá de toda malicia, se niega a reconocer que ve lo que ve porque esa realidad afecta seriamente a sus propias e “intocables” creencias. Y es que, como decía Rodolfo Livingston, la percepción humana no se produce de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera. Cada uno percibe según su experiencia y según sus creencias, que son más arraigadas que las ideas; en las creencias se “está”, las ideas se “tienen”. Con tal de no modificar las creencias es frecuente no ver —o al menos resistirse a ver—, cualquier cosa que las ponga en crisis”. Thomas Kuhn —en su Estructura de las revoluciones científicas— llamó a ese fenómeno “ceguera paradigmática”.
Esta “anomalía visual” está muy extendida entre la población de todo el mundo, sobre todo entre la del primero. Y como la ceguera de lamentablemente muchas personas corre grave peligro de convertirse en crónica enfermedad, expondré algunos ejemplos —a modo de colirio— con la esperanza de que, quizá, el “medicamento” haga su efecto y corrija el problema de las enfermizas pupilas rebajando quién sabe si al menos algunas dioptrías.
Si tan descontentos están en Cuba con la Revolución, si tan desesperada y crítica es la situación y, sobre todo, el responsable de la “intolerable e insostenible” desgracia no ha sido otro que Fidel —también ahora el compañero Raúl—, como muchos medios de difusión extranjeros, vuelvo a insistir —órganos de información al servicio del gran capital y del imperialismo yanqui y europeo—, a menudo y de muchas maneras informan en sus hipócritas ondas, líneas y páginas, ¿por qué no provocan una rebelión contra el sistema socialista, si además cuentan con el respaldo de no pocos gobiernos del mundo —y no digo pueblos— que al parecer tantas ganas le tenían al Comandante y a la Revolución que éste de alguna manera lidera todavía?
La respuesta que habitualmente se escucha, para contestar a esta y similares preguntas, es la de que la población está fuertemente reprimida y aterrorizada para emprender empresa semejante. Lo cual no deja de ser un endeble argumento, además de una miserable mentira y un grave insulto a los más de once millones de personas que habitan la Isla. Y apuntalo la teoría que esgrimo cruzando el océano Atlántico para llegar al Estado español y citar algunos ejemplos:
Durante los casi cuarenta años de dictadura franquista, la represión que se ejerció en este lugar sí que fue brutal, y si no que se lo pregunten a la numerosísima cantidad de personas que la padecieron y tuvieron la suerte de no acabar asesinadas. Sin embargo, durante todo ese oscuro período de la historia de aquello que llamamos España, a pesar de la cárcel, del exilio, de los asesinatos cometidos por la tiranía de Franco ¿no se rebeló masivamente la población en todo el Estado? Además de infinidad de partidos políticos —la izquierda siempre ha sido especialista en dividirse; para eso creó la burguesía el sistema de partidos, para dividir a las masas—, ¿no se crearon y se desarrollaron en la clandestinidad numerosos grupos armados para combatir al régimen que los oprimía, aun siendo salvajemente torturados y asesinados, en no pocos casos, cuando eran detenidos? Si cito media docena de grupos armados que operaban en esa época y posteriormente en la de la mal llamada Transición, seguro, me quedo corto.
En otros países de Europa gobiernos, al menos sobre el papel, menos dictatoriales que el de Franco también existieron —y en algunos casos hoy todavía existen— grupos armados para combatirlos. En Alemania estaba la Fracción del Ejército Rojo de los Baade-Meinhof que, por cierto, varios de sus miembros fueron asesinados en las celdas donde estaban recluidos. Francia tampoco se salva de la quema y, desaparecida Acción Directa, hasta no hace mucho tiempo el FLNC seguía operativo en su Estado. En Italia operaban las Brigadas Rojas, además de otros grupos. En Irlanda e Inglaterra el IRA y el INLA —el gobierno londinense dejó morir cruelmente a varios militantes de estas dos organizaciones, Bobby Sands fue el primero de ellos, tras largas huelgas de hambre…
De todos modos, como no hace falta que permanezca tan lejos de Cuba, recojo el equipaje y regreso a la Isla para exponer algunos ejemplos de la brutal represión sufrida por sus pobladores en todos los tiempos.
Cuando los españoles iniciaron la colonización, en la zona más montañosa y poblada de aborígenes —la de Maisí, costa norte oriental—, el cacique Hatuey organizó a los indios para defenderse de los invasores. La superioridad técnica de estos últimos, sin embargo, logró imponerse. Con la resistencia indígena aplastada, el primer rebelde de Cuba —Hatuey— fue capturado y quemado vivo.
Otro cacique que logró organizar una resistencia efectiva contra los españoles fue Guamá que, en la zona de Baracoa y en 1533, fue muerto por una cuadrilla al mando de Manuel de Rojas.
Durante las primeras insurrecciones campesinas de la historia de Cuba, protagonizadas por los vegueros contra la Corona y contra la oligarquía, ¿no fueron ahorcados —el 23 de enero de 1723— doce prisioneros?
José Antonio Aponte, negro libre habanero, ¿no fue ahorcado junto a sus más estrechos colaboradores el 7 de abril de 1812 por encabezar una insurrección? Siendo los objetivos insurreccionales la abolición de la esclavitud, la supresión de la trata, el derrocamiento de la tiranía colonial y la creación de una sociedad sin discriminaciones, para tratar de intimidar a los posibles seguidores de Aponte, a sus colonialistas asesinos no se les ocurrió otra cosa que recurrir al macabro espectáculo de exhibir su cabeza, dentro de una jaula de hierro, a la entrada de La Habana.
No nos olvidemos, tampoco, de la tremenda cantidad de personas torturadas y asesinadas por los colonos durante las heroicas sublevaciones de La Habana y Matanzas, así como en la posterior y feroz represión del proceso de La Escalera, en 1844.
El 27 de noviembre de 1871 ¿no fueron fusilados por el aparato colonialista español en Cuba los ocho estudiantes de medicina? Falsamente acusados de profanar la tumba de un español de relieve —el periodista Gonzalo Castañón— estos estudiantes —el más joven sólo contaba con 16 años— afrontaron el fusilamiento en “La Punta” con la entereza digna de su cubanía.
Sabido es que en la Cuba colonial la represión, contra quienes abandonaban el camino marcado por los colonos, era más que notable. A pesar de ello, los cubanos de aquella época con sus mambises a la cabeza, ¿no se alzaron en armas repetidas veces contra los españoles?
“Los cubanos no fueron precisamente quienes menos pelearon por su independencia. Lo hicieron, en total, treinta años. No fueron parcos, tampoco, en sacrificios: al cabo de la guerra había perecido por lo menos un tercio de la población.
Fue una lucha, además, extraordinariamente cruel. Los cubanos conocieron el genocidio antes que nadie: la reconcentración forzosa de toda la población campesina en las ciudades dominadas por los colonialistas costó la vida a 300.000 cubanos, entre 1896 y 1898, y es el único antecedente del holocausto judío realizado por los nazis cuatro décadas después” —el entrecomillado es de Ricardo Alarcón de Quesada.
Sabedor de que con los métodos tradicionales nunca ganarían la guerra a los mambises, el general en jefe del ejército colonial español, Arsenio Martínez Campos, pidió al gobierno de Madrid su sustitución, recomendando ser reemplazado por Valeriano Weyler y Nicolau. Éste individuo, que conocía la Isla desde la Guerra de los Diez Años (1868-1878), llegó a Cuba en febrero de 1896 y aplicó la citada política de reconcentración. Con este método genocida pretendían eliminar el apoyo que el campesinado ofrecía a los mambises. Estrenándose en la provincia de Pinar del Río, con la esperanza de rendir a Antonio Maceo y sus hombres, fueron extendiéndolo después a toda la Isla. Los campesinos eran obligados a abandonar sus bohíos y a trasladarse a las ciudades, mientras el ejército español quemaba y destruía los bienes de los guajiros. Fuera de su entorno habitual, éstos enfermaban con tremenda facilidad. Siendo víctimas indefensas del hambre y de las epidemias, fue en la provincia de Santa Clara —hoy Villa Clara— donde la reconcentración cobró mayor número de muertos: allí hubo días en que se enterraron en la fosa común a más de 6.000 personas.
Después, expulsados los primeros colonizadores y durante los diferentes gobiernos al servicio de los nuevos colonos —al imperialismo yanqui me refiero—, ¿no hubo represión?, ¿no hubo también asesinados y torturados?
El 20 de mayo de 1912, el Partido Independiente de Color se alzó en armas. El alzamiento fue realizado con el propósito de que se derogara la Enmienda Morúa, que previamente había ilegalizado al mencionado partido. En sólo dos meses el sanguinario general Monteagudo, con el beneplácito del presidente José Miguel Gómez y el vicepresidente Alfredo Zayas —llamados “el tiburón” y “el pesetero” respectivamente—, ¿no masacraron a más de 3.000 negros y mulatos, la mayor parte de ellos desarmados?
Años más adelante, ¿no envió Gerardo Machado —uno de los presidentes más sanguinarios de la seudorepública— a un grupo de matones para asesinar a Julio Antonio Mella en su exilio mexicano? “No tengo ni un ápice de miedo a la muerteexpresó en varias ocasiones el joven revolucionario—, lo único que siento es que me van a asesinar por la espalda”. Y así mismo fue.
Fundador junto a otros compañeros, el 20 de diciembre de 1922, de la Federación de Estudiantes Universitarios —FEU—, la Universidad Popular José Martí —1923—, la Sección Cubana de la Liga Antiimperialista y el primer Partido Comunista de Cuba —1925—… Mella, no sólo como líder cubano sino también continental, era la figura más sobresaliente en esos momentos y comenzaba a enfrentarse a Estados Unidos, de modo que estorbaba. El imperialismo se dio cuenta de cómo avanzaban las ideas nuevas y quería desaparecerlas en su origen —¡qué necios, como si las ideas pudieran ser asesinadas!—. A eso precisamente se debe su muerte el 10 de enero de 1929. “Muero por la revolución, asesinado por agentes de Machado”fueron sus últimas palabras—. Y ¿acaso se apendejaron el resto de sus compañeros en Cuba? ¿No continuaron con la lucha a pesar de la fuerte represión gubernamental que les combatía? “Vencer o servir de trinchera a los demás: Hasta después de muertos somos útiles. Nada de nuestra obra se pierde. El revolucionario tiene orgullo de ser puente para que los demás avancen sobre él” —el entrecomillado es de Julio Antonio Mella.
Casi un año antes, el 20 de enero de 1928, los obreros Claudio Brouzón y Norke Yalob ¿no fueron torturados en la sección de expertos y posteriormente asesinados en la fortaleza de la Cabaña? Arrojados después sus cadáveres al mar, unos pescadores encontraron un brazo de Brouzón en el vientre de un tiburón capturado; en cuanto al cadáver de Yalob, éste fue hallado en la bahía de La Habana amarrado a un lingote de hierro.
Durante el “Machadato” (1925-1933), sólo en la Prisión Modelo de la Isla de Pinos —hoy Isla de la Juventud—, ¿no fueron asesinados más de quinientos presos?
El 8 de mayo de 1935, Antonio Guiteras, Secretario de Gobernación del “Gobierno de los Cien Días”, ¿no fue asesinado, junto al venezolano Carlos Aponte cuando salía clandestinamente de Cuba para regresar en una expedición armada?
Jesús Menéndez —el “General de las Cañas”—, dirigente obrero y comunista del sector azucarero, ¿no fue cobardemente asesinado en Manzanillo, el 22 de enero de 1948, durante el régimen presidido por Ramón Grau San Martín?
Y algo más cercano a nuestros tiempos. Cuando fracasó el asalto al Cuartel Moncada —militarmente, nunca políticamente— gran parte de los combatientes, ya detenidos, ¿no fueron salvajemente torturados y asesinados allá mismo a boca de jarro? El 13 de marzo de 1957, José Antonio Echeverría, presidente de la FEU por aquel entonces y uno de los máximos organizadores del asalto al Palacio Presidencial y a la emisora de Radio Reloj, ¿no fue asesinado frente a la Universidad de La Habana? Cuando el 30 de julio de 1957, sin cumplir todavía los 23 años y en Santiago de Cuba, los esbirros detuvieron a Frank País junto a Raúl Puyol y dos cuadras y media más abajo del lugar de la detención los bajaron del carro donde los llevaban, ¿no los asesinaron igualmente a boca de jarro en aquel Callejón del Muro? Un mes antes y también en Santiago de Cuba, Josué País —hermano menor de Frank— ¿no fue rematado por los esbirros estando ya detenido y mal herido junto a sus compañeros caídos Salvador Pascual y Floro Vistel? El 13 de agosto de 1957, los hermanos Saíz ¿no fueron igualmente asesinados siendo éstos unos adolescentes?…
Y sin embargo ¿se quedó el pueblo sumiso y amilanado ante la tiranía de Batista? ¡No! Prueba de ello es que, a pesar de las grandes dificultades, de las grandes masacres cometidas por los tiranos durante todo ese tiempo para tratar de frenar el imparable avance de la guerrilla, cinco años, cinco meses y cinco días después del asalto al Moncada, tras poco más de dos años de guerra, los Barbudos entraron a Santiago de Cuba, y siete días después —el 8 de enero de 1959— a La Habana.
Estos que acabo de citar, sólo son algunos de los muchísimos y sangrientos ejemplos que lamentablemente existen a lo largo de todo el proceso emancipador en la historia de Cuba.
Si nos limitamos a la última dictadura militar de Fulgencio Batista (1952-1958), estaríamos hablando de unos 20.000 muertos.
¿Por qué, entonces, si los revolucionarios de todas esas épocas eran tan brutalmente reprimidos para que no alcanzaran sus libertarios propósitos, no cesaron en su empeño hasta conseguirlos? ¿No será que, en verdad, ellos sí tenían qué combatir y una causa justa que alcanzar? ¿Por qué en los tiempos actuales, si tan injusto es el sistema que les rige, como dicen, si tanta escasez de libertad y democracia tienen, si tanto se les reprime cada vez que abren la boca, por qué, insisto, por qué ellos no hacen exactamente lo mismo? ¿No será que tan tamaña injusticia por parte del Gobierno cubano no existe, y que si la citada injusticia existe viene de otro lado? ¿No será que la escasez de libertad y democracia no es tal, al menos para la inmensa mayoría de los cubanos? ¿Y esa represión de la que tanto se habla? ¿Existe o no existe? Y si existe, ¿por qué existe, para quién existe y para qué existe? Me parece que las respuestas a estas preguntas son más que evidentes.
El Estado es una herramienta represora, cierto, pero en manos del pueblo sólo se utiliza para reprimir a la minoría que se opone a su dicha. Obviamente, me estoy refiriendo a la dictadura del proletariado; instrumento que en manos del pueblo es legítimo y necesario como mecanismo organizativo y de autodefensa. En Cuba hace casi cincuenta y ocho años que el pueblo arrebató el Estado a la burguesía nacional, supeditada ésta al imperialismo yanqui. Y, transformándolo de manera radical, actualmente lo utiliza para proteger sus importantes conquistas.
De todas maneras, en Cuba la dictadura del proletariado casi siempre ha sido ejercida de manera bastante comedida. Un ejemplo del que se ha hablado hasta la saciedad es el de los 75 famosos “disidentes” que fueron detenidos, juzgados y encarcelados en abril de 2003. Contrariamente a lo que las lenguas más interesadas o ignorantes dicen —según los casos—, estas personas no eran presos de conciencia perseguidos por sus ideas —no fueron sancionados por lo que escribían—, sino que, asalariados del imperio, fueron condenados por delitos debidamente probados, entre ellos, trabajar al servicio de una potencia extranjera con intenciones de derrocar al Gobierno legítimamente constituido. Todos los países del mundo disponen de un arsenal jurídico que les permite defender la independencia nacional contra casos semejantes de agresión extranjera; la mayoría, además, mucho más severo que el de Cuba. Pasado un tiempo y debido al padecimiento de enfermedades de cierta gravedad, varios de estos individuos fueron puestos en libertad; gesto humano que muchos gobiernos del mundo no aplican a presos con parecidos cuadros clínicos, aunque a estos la ley les ampare. Otros fueron excarcelados más tarde.
Un gobierno quizá pueda mantener en el engaño a su población durante cuatro años, pero nunca, jamás durante casi cincuenta y ocho. Y si a lo largo de tanto tiempo ha contado con la complicidad de gran parte de la ciudadanía, será por algo, ¿no les parece? ¿O es que acaso los cubanos son tontos? ¿No está Cuba mundialmente reconocido como el pueblo más culto de América Latina?
“A este pueblo no le decimos cree, le decimos lee”dijo Fidel hace ya mucho tiempo—. “Ser culto es el único modo de ser libres”éste entrecomillado es de José Martí.
Históricamente, una de las “armas” más utilizada por las tiranías mundiales ha sido —y es— la supresión de la cultura y el entorpecimiento de su desarrollo en todas sus posibles manifestaciones. Y esto se hace con el único y perverso propósito de crear los cerebros inertes que, a los tiranos, les permita controlar a la población sin demasiados problemas. En Cuba, donde, como se sabe, el índice cultural político y general alcanzado es muy elevado, obviamente ocurre justo lo contrario.
“Un pueblo de analfabetos o semianalfabetos, o de gente idiotizada ante la televisión y mutilada en sus capacidades intelectuales, no podrá ser jamás un pueblo libre” —el entrecomillado es de de Abel Prieto—. “Queremos seres pensantes, no seres conducidos”, dijo Julio Antonio Mella.
Cincuenta y ocho años de supuesta agonía es más que suficiente para que, al menos de vez en cuando, se hubiera hecho alguna manifestación de protesta contra los responsables de, según las serpentinas lenguas, tan caótica situación. ¿Cuándo se han visto en Cuba revolucionaria actos semejantes? ¡Nunca! Y no me digan que no se celebran por miedo a la represión —eso sería tacharlos de cobardes, cuando la historia cubana demuestra con creces que nunca lo fueron—, porque en todos los países del mundo se reprimen con extrema dureza, muchas de ellas hasta con fuego real que provocan muertos, incluso, y no por ello, a pesar de las prohibiciones, se dejan de convocar y secundar. En cambio, sí se convocan y se secundan numerosas y multitudinarias manifestaciones en defensa de la Revolución y contra sus conocidos enemigos. Y tampoco sirve decir que la ciudadanía está obligada a participar en ellas, porque, por causas diversas, mucha gente ha dejado de acudir a más de una y jamás ha sido represaliada por ese motivo.
En La Habana muchas veces se manifiestan cientos de miles de personas en las diferentes convocatorias —ahí están, por ejemplo, los Primero de Mayo—. Con el resto de los habitantes que conforma el censo de la ciudad y no acude a las manifestaciones ¿qué hacen las autoridades cubanas?, ¿acaso los encarcelan?
Desgraciadamente, el ejemplo más cercano lo hemos vivido estos días. Todo el pueblo de Cuba ha participado en el homenaje que le ha dedicado al Comandante en jefe, tras su sentida muerte física. ¿Alguien en su sano juicio, sin ser un contrarrevolucionario o un perfecto ignorante, puede decir que la masiva participación la realizó el pueblo de manera involuntaria, obligada por el Gobierno? ¿Sí Fidel hubiese sido un dictador, su pueblo le habría celebrado con ese homenaje tan masivo y emotivo?
“Bien tontos son los que creen que este pueblo se puede gobernar por la fuerza o por otra forma que no sea el consenso que emana de la obra realizada, la elevada cultura política de nuestros ciudadanos y la envidiable relación de la Dirección con las masas. En las elecciones del Poder Popular participan de forma consciente y entusiasta más del 95 por ciento de los electores” —el entrecomillado es de Fidel.
“El más fuerte no es nunca suficientemente fuerte para ser siempre el amo, si no transforma la fuerza en derecho y la obediencia en deber” —la cursiva es de Jean Jacques Rousseau.
“Ningún pueblo se hace revolucionario por la fuerza. Quienes siembran ideas no necesitan jamás reprimir al pueblo. Las armas, en manos de ese pueblo, son para luchar contra los que desde el exterior intenten arrebatarle sus conquistas” —el entrecomillado es de Fidel.
Si, como ha quedado demostrado, la represión —por fuerte que sea— no es suficiente para evitar rebelarse contra la injusticia, ¿por qué en Cuba se rebelan contra el imperialismo yanqui y sus lacayos —que estos sí que los reprimen— y nunca lo hacen contra su propio Gobierno? La respuesta a esta pregunta también creo que es más que evidente.
¿Cuándo Fidel u otros dirigentes cubanos han sido increpados y desautorizados por la población en cualquiera de los numerosísimos y multitudinarios actos donde han participado? ¡Nunca! Siempre ha ocurrido justo lo contrario. Algo que muy pocos, o ningún mandatario mundial, incluso, pueden decir de sí mismo.
Entonces, si a una supuesta represión gubernamental no se debe, ¿a qué podemos atribuir, pues, la tan elevada consanguinidad existente entre la dirección y las masas? Si recordamos que “la fuerza no constituye derecho y en que únicamente estamos obligados a obedecer a los poderes legítimos” —el entrecomillado es de Rousseau—, creo, sinceramente, que la respuesta a esta última pregunta también se cae de la mata:
“Es el apoyo popular al sistema lo que le otorga su estabilidad. Es la continuada identificación del sistema con el interés de la población lo que le acredita su apoyo. A pesar de la relativa erosión del consenso en los últimos años [primeros del Período Especial], lo más notable es el nivel de mantenimiento de esa correspondencia” —el entrecomillado es de Rafael Hernández.
¿Cuándo en Cuba revolucionaria ha habido un solo torturado? ¿Cuándo un solo desaparecido? ¿Cuándo un solo asesinado en cárceles y comisarías? ¿Cuándo manifestaciones brutalmente reprimidas por la policía, si ni siquiera ha habido manifestaciones por parte de los supuestos detractores?
Por si algún lector de éste texto está pensando en las famosas Damas de Blanco, diré que, además de mercenarias del imperio norteamericano, lo que está sobradamente probado —ellas mismas alardean de recibir dinero del gobierno estadounidense—-, no son más que un puñado de mujeres que, lejos de ser reprimidas por la policía, son protegidas por ésta para que no sean agredidas por grupos de espontáneos ciudadanos que están hasta las narices de verlas exhibir su delirante hipocresía.
El cubano es un pueblo guapo y fajao, pero cuando y contra quien debe de serlo. Con la saludable e imprescindible diversidad de pensamiento existente —la pluralidad de pensamiento no tiene necesariamente por qué manifestarse a través de los tradicionales y podridos partidos políticos—, en Cuba la dirección y las masas comparten ideas, reivindicaciones y calles, y se manifiestan siempre juntas porque son una misma cosa. ¿O alguien cree todavía que una “víctima”, al parecer tan castigada, puede ir durante casi seis décadas, hombro con hombro, con su supuesto “verdugo” así, como si nada? ¿No será más acertado decir que la inmensa mayoría de la población cubana, a pesar de la intoxicación informativa creada y pagada por la CIA y que del exterior les llega —la mal llamada Radio Martí etc.— son perfectamente conscientes de dónde vienen los males que les golpean?
“Los imperialistas intentan ridículamente presentar a nuestro país como un régimen de fuerza. Efectivamente hay fuerza, pero la fuerza no está en las armas, ni en las leyes, ni en las instituciones del Estado; está en el pueblo, en las masas, en las convicciones revolucionarias y en la cultura política de cada ciudadano. La fuerza no está en la mentira ni en la demagogia, sino en la sinceridad, la verdad y la conciencia. Las armas además las tiene el pueblo y con ellas defiende a la Revolución sin torturas, sin crímenes, sin batallones de la muerte, sin desaparecidos, sin ilegalidades ni arbitrariedades, como ocurre a diario en los países doblegados al imperialismo para mantener regímenes reaccionarios de injusticia y opresión. Esto lo empiezan a reconocer hoy hasta nuestros más enconados enemigos. Ello se debe a las semillas de principios y ética revolucionaria que sembramos desde el mismo Moncada y que fructificaron en la guerra de liberación y en el ulterior desarrollo de la Revolución. Por encima de las montañas de calumnias imperialistas se yergue firme e invencible la realidad histórica” –el entrecomillado es de Fidel.
Ningún país del llamado mundo occidental y “democrático” puede jactarse de lo que apunto en estas líneas. Muchos de sus gobernantes, sin embargo, seguirán llamando dictadura al sistema cubano y seguirán pidiendo —exigiendo más bien— a la dirigencia cubana que “democratice” el sistema de la Isla, que no es otra cosa que exigir la entrega incondicional de todos sus recursos —incluidos los humanos— a las transnacionales. Demanda que, por supuesto, no va a ser satisfecha, porque, como ya ha quedado demostrado en este escrito, la inmensa mayoría de la población cubana hace casi cincuenta y ocho años que decidió enterrar al capitalismo. Y la decisión de vivir en Revolución Socialista, que nadie lo dude, se renueva periódicamente mediante elecciones democráticas, libres y secretas.
Desde entonces, el gran “pecado” de Cuba no ha sido otro que demostrar, con su ejemplo, que un mundo nuevo, además de urgentemente necesario, es muy posible.

One response to “¿Dictadura en Cuba? Sí, la del proletariado

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