Se fue Fidel, y se quedó para siempre entre nosotros

Fidel y Martí, dos Maestros

Fidel y Martí, dos Maestros

 

Cuando allá por 1991 la URSS se hubo derrumbado, la contrarrevolución y el imperio que la alimenta dieron por hecho que a Cuba socialista solo le quedaban días para que le sucediera lo mismo. En Miami, los gusanos comenzaron a preparar las maletas para regresar “triunfantes” a la tierra que abandonaron porque la Cuba naciente ya no les permitía vivir como los reyes a cuenta del sufrimiento y del trabajo ajeno. Pero para su desgracia, no para la del pueblo cubano, tuvieron que deshacerlas y volver a la rutina diaria en ese putrefacto lugar que llaman la pequeña Habana. Y eso que el gobierno de los Estados Unidos apretó más con el bloqueo, aprobando la ley Torricelly —1992— y la Hemls-Burton —1996—. La ridícula algarabía miamense quedó reducida a enésima frustración colectiva y Cuba, pasado lo más crudo del Período Especial, se fue recuperando poco a poco.

Entre tanto pasaron muchas cosas, pero llegó julio de 2006 y Fidel se enfermó de gravedad. La contrarrevolución, que nunca aprende de los reveses y no sabe qué es la humildad —tampoco el ridículo—, volvió a subestimar al pueblo cubano. Comenzó a soñar que sí moría el Comandante o, al menos la enfermedad le apartaba del poder, la Revolución se iba a bolina. Craso error porque, aunque se recuperó bastante bien y aun habiendo sido elegido ya delegado a la Asamblea Nacional del Poder Popular —tras ser postulado por la Asamblea Municipal de Santiago de Cuba—, Fidel anunció que no aceptaría los cargos que hasta entonces había desempeñado. La decisión la tomó por no sentirse capacitado físicamente. Pasaron los años, la Revolución, con Raúl al frente, siguió su camino y la contrarrevolución quedó nuevamente frustrada.
Llegó 2016, y hace unos días nos golpeó la triste y dolorosa noticia de que el compañero Fidel había fallecido. Regocijándose por el deceso, en Miami la gusanera volvió a salir a la calle; en esta ocasión para festejar la muerte del líder histórico de una Revolución que nunca pudieron vencer, y que están a años luz de poder conseguirlo. Su desatada y grotesca alegría les retrata como lo que son: unos miserables sin escrúpulos carentes de ética y de humanidad. ¿Así pretenden retomar algún día el control de la Isla?
Pero el tiempo no se detiene y, más pronto que tarde, se darán cuenta de que la historia se repite. La razón es bien sencilla: la Revolución no solo es obra de una persona sino de todo un pueblo altamente instruido que, plenamente consciente de lo que hacía, hace casi 58 años enterró al capitalismo para siempre.
Además de indeseables, los contrarrevolucionarios son tan necios que ni cuenta se dan de lo que estos días está sucediendo en la Isla irredenta. Con dolor infinito, el pueblo homenajea a una persona excepcional que, inevitablemente, se les acaba de ir para quedarse siempre, siempre junto ellos. Y ese es un fenómeno tan importante que nadie debería obviar.
El 26 de Julio de 1953, junto a sus compañeros del Centenario, Fidel sembró una semilla en Santiago de Cuba con el asalto al Cuartel Moncada; una semilla que, no sin dificultades, germinó vigorosa el primero de enero de 1959 con el triunfo de la Revolución. La semilla, pues, se hizo planta. Y creció y creció… hasta hacerse gigante.
Fidel dejó un robusto árbol cuidadosamente plantado y enraizado en una tierra muy fértil. No me cabe la menor duda de que, en su ausencia física —solo física—, los más de once millones de “jardineros” que habitan la Isla, lo sabrán cuidar cada día.

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