DE VISITA EN CAMAGÜEY (capítulo segundo y último)

 Capítulo primero

 

DOS

 

No tardé en dar con la casa de la señora y tampoco con Osmany; lo hallé conversando con su amiga en un rincón de la sala. Cuando lo llamé, asomando la cabeza por la puerta que estaba abierta, puso cara de no creerse lo que estaba viendo, pero, inmediatamente después, se paró como un cohete de la silla que ocupaba corriendo a abrazarme.
                —¡Qué sorpresa tan agradable, compay! ¿Cuando tú llegaste?
                —Hace como un par de horas.
                —¿Por cuanto tiempo? ¿Estás apurado?
                —Por una semana, más o menos.
                —¡Coño, bacán! Qué bueno que viniste. Ahorita le hablé de ti a la compañera —ella, que no me quitaba los ojos de encima, asintió con la cabeza—. Está recién llegada de Estados Unidos.
                —Sí, ya sé. Omara me lo dijo.
                —¡Ah! ¿Pasaste por la casa?
                —Claro. ¿Cómo iba a saber, sino, dónde tú estabas?
                —Cierto. Qué boberías digo. ¿Viste a los vejigos? Están tremendos ¿verdad?
                —Acabando. Pronto estarán más grandes que su padre.
                Me presentó a la dueña de la casa, que nos sacó una cerveza Bucanero bien fría a cada uno y, cuando ya se familiarizó con mi inesperada pero al parecer agradable presencia —lo que sucedió muy pronto—, no hubo necesidad de tirarle de la lengua; ella misma nos contó algunas impresiones acerca de su viaje:

                —Para hacer un retrato bastante exacto de los Estados Unidos de América —comenzó animada— no es necesario extenderse demasiado. Sería suficiente con decir que su actual territorio nacional es muchísimo más grande que el que los colonos ingleses les dejaron. Y nadie les ha regalado ni un solo pedazo de tierra. A partir de entonces fue progresivamente en aumento a base de sucio dinero, del despojo a los indios de sus pueblos originales tras masacrarles y arrinconarles en pobres reservaciones, de acuerdos a punta de rifle y, sobre todo, de los robos con violencia cometidos contra diversos países. México, por citar un solo ejemplo, fue invadido en 1846 y, en cuatro años de guerra, se le arrebató Texas, California, Arizona, Nuevo México y otras zonas, llegando a perder el país azteca el 55 por ciento de su territorio; exactamente 2.263.866 km2.
                No olvidemos tampoco que, hasta 1819, la Unión Norteamericana se hallaba a unas 400 millas de Cuba; ahora, como todo el mundo sabe, con su amenazante colmillo de la Florida llega a 90 millas de nuestra costa.
                Estados Unidos consiguió su independencia con 2,3 millones de km2. Actualmente cuenta con 9,4 millones de km2, sin contar las posesiones exteriores.
                Dicho esto y sin necesidad de añadir nada más tendríamos dibujado sobre el papel el rostro de una fiera. Podríamos seguir enumerando otras atrocidades cometidas por los diferentes gobiernos de ese país hasta obtener íntegro el cuerpo del hambriento y horroroso animal. Pero ¿para qué? Dicen que el rostro es el espejo del alma. Si eso es cierto, con lo poco que he comentado al principio, ya tenemos bastante para saber que estamos ante un peligroso y dañino animal.
                —A mi me parece que está usted en lo cierto —dije yo, maravillado por la breve pero precisa explicación—. De un país, de un gobierno capaz de adueñarse tan miserablemente de lo que no le corresponde, con el único afán de lucro y poder, se puede esperar cualquier cosa.
                —Yo también estoy de acuerdo con lo que dice —expuso Osmany tras mi intervención, dirigiéndose a la señora— y además ha hecho usted una exacta y elegante definición de nuestro vecino del norte. Pero a mi me gustaría, si no es mucho pedir, que contara, aunque sea brevemente, la historia del niño accidentado con la bicicleta. Lo digo porque mi amigo no la conoce y, sin duda, me parece muy interesante.
                —Está bien. Los malos momentos prefiero no recordarlos, pero no hay problema, lo volveré a contar tal y como sucedió —y, acomodándose contra el respaldo de la silla, agitó inquieta los hombros, como si a pesar de la elevada temperatura existente hubiera sentido un repentino escalofrío.
                De sobra sabéis que actualmente mi hijo, muy a su pesar, vive en una cárcel. Bueno, no sé si tú lo sabes —dijo dirigiéndose a mi.
                —Sí, sí. Conozco lo sucedido, Omara por arribita me lo contó.
                —Está bien. Antes de habitar el hotelito de ventanas enrejadas vivió en casa de un amigo y un poco antes, aunque por escaso tiempo, en una alquilada que la hubo de abandonar por no poder pagar la alta cantidad de plata mensual que le pedían. Precisamente, el amigo que le acogió en su casa me puso al corriente de lo sucedido y me mandó a buscar para que fuera a Miami. Debo reconocer que, aun siendo gusano igual que mi hijo, se portó muy bien conmigo. En su casa paré los diez días que estuve fuera de Cuba. Él está casado con una mujer de allá y, cuando aquello, tenía dos hijos. Ahora, como veréis al final de lo que cuento, sólo tiene uno.
                —Entonces, ¿el accidente fue mortal? —interrumpí curioso y sorprendido.
                —Así mismo fue. Pero antes de llegar al final de la historia, si me lo permites, debes conocer otros detalles.
                —Sí, cómo no, siga, siga.
                Y, agitando de nuevo los hombros, la paciente señora reanudó su relato:
                —Creo que fue en la tarde de mi septimo día de estancia cuando, tras llegar de la calle, el niño pequeño pidió que le bajaran la bicicleta —la guardaban guindada en una pared del garaje—. Aburrida como estaba y con el permiso de su mamá, yo misma se la puse al alcance de la mano. Su padre estaba ausente y ella limpiaba la cocina. El vejigo, montado ya en su bicicleta, desapareció calle abajo bien contento y de manera vertiginosa. Y he aquí que no tardamos mucho tiempo en volver a saber de él; una vecina de al lado corrió con la triste noticia. Al parecer el chamaco se cayó de la bicicleta golpeándose con el borde de una acera, dos cuadras más adelante. Bajamos su mamá y yo corriendo como locas, encontrando a la criatura tendida sobre el asfalto en medio de tremendo revolico. Él estaba consciente, pero muy aturdido. Lo primero que se me ocurrió fue decirle a su mamá:
                —Vamos a llevarlo al hospital.
                —No, no. Ni hablar. No hace falta.
                El chaval se quejaba mucho de la cabeza y a mí me pareció una imprudencia, por parte de la madre, el no querer llevarlo, así que insistí.
                —¿Llamamos a una ambulancia?
                —Al hospital no lo podemos llevar.
                —Mija, ¿por qué? Igual es bobería lo que tiene, pero por si acaso es mejor que le examine un médico —dije asombrada ante la nueva negativa de su mamá.
                —Es que ser atendido en un hospital aquí cuesta mucho. Nosotros no tenemos seguro y tampoco nos sobra el dinero —balbuceó la joven mamá a medio camino entre la vergüenza y la resignación.
Después me enteré de que un 16 por ciento de la población norteamericana carece de seguro médico —unos 46 millones de personas, incluidos más de 10 millones de niños—. En un país tan inmensamente rico y tan avanzado en el campo de la ciencia, donde por estas causas mueren cada año cientos de miles de ciudadanos, ¿quién tiene la culpa, quién los mata, quién condena semejantes hechos?
                Quedé horrorizada con la nueva revelación. ¡Cojoya con el tan maravilloso país que a todo el mundo quiere dar clases de derechos humanos y democracia! Y resulta que un derecho tan elemental, como el de ser atendido en caso de enfermedad o accidente, se le niega a quien no llega al hospital con la cartera bien llena de dólares, porque no sólo es que cobran la asistencia médica sino que además la cobran muy cara. ¡Habrase visto! Y este no es un suceso aislado, os lo aseguro.
                El caso es que no insistí más. Lo llevamos a la casa, lo lavamos bien y le curamos las heridas. A la noche no quiso probar bocado, seguía quejándose de la cabeza y sus papás lo acostaron sobre la cama. El drama se desató con las primeras luces del día. Supuestamente, el niño debía de levantarse para ir a la escuela —igualmente de pago, igualmente muy cara—, pero no apareció por la cocina con la intención de tomarse el desayuno. Preocupada por la tardanza, su mamá entró en la habitación y el desgarrado grito que salió de su garganta pudo oírlo en Washington —nunca lamentablemente escucharlo— hasta el mismísimo presidente imperialista. El pequeño no contestó a su llamada, tampoco reaccionó ante el histérico zarandeo proporcionado por ella, ni abrió los ojos ni… ni nada. Qué sé yo a qué hora de la madrugada dejó de respirar el chamaquito y se convirtió en un tierno y duro cadáver.
                —¡Cojopia! ¡Qué cosa más grande, tú! —exclamé tremendamente afectado.
                —Según comentaron después, a consecuencia del golpe, se le hizo un coágulo de sangre en el cerebro —concluyó el dramático relato visiblemente emocionada.
                Osmany y yo nos percatamos de que algunas lágrimas se derramaban de sus ojos, motivo por el cual desviamos la conversación hacia otros temas. Hablamos de lo linda que quedó la escuela del barrio, recién pintada como estaba, de las computadoras que ya llegaron a las aulas para uso del alumnado. Hablamos, también, de la fiesta que se estaba organizando para después de la marcha con las antorchas en el, por aquel entonces ya casi cercano, aniversario 150 del natalicio de José Martí…
                Al cabo de un ratico —ya con los ánimos de ella más tranquilos— salimos a la calle prometiéndole volver antes de que yo emprendiera el viaje de regreso a Nicaro.
                —Os prepararé tostones y chicharrones para que los empujéis con una botella de ron. ¡Oigan, Matusalem! —nos gritó desde la puerta de su casa cuando ya nos habíamos alejado veinte o veinticinco metros.
                A gritos, también, aceptamos la generosa invitación y, sin ningún esfuerzo, todo lo contrario, cinco días después cumplimos con nuestra promesa.
                Pero en ese momento íbamos a casa de Osmany, donde Omara nos esperaba con una riquísima comida: congrí, tamales, yucas fritas, ensalada de tomate y un fricasé de ovejo bien aliñado con ajos, cebolla, ají, comino, culantro, un poquito de pimienta en polvo, papas troceadas y cerveza.
                —¿Qué te parece si compramos una botella y nos damos unos tragos? —me dijo repentinamente mi amigo a la altura de un impulso.
                —Me parece estupendo —contesté—. Aunque le dije a tu linda mujercita que no íbamos a tomar hasta después de la comida.
                —¿Porque sino no probamos bocado?
                —Así mismitico me lo dijo.
                —-¡Cómo conozco a mi mamacita!
                —Y tiene razón.
                —Estamos de acuerdo. Vamos a comprarla ahora y ahorita nos la tomamos.
                —Eso está mejor.
                Pero contradiciendo a nuestra adulta edad, Osmany y yo, para los efectos, todavía éramos unos chiquillos. No habían transcurrido cinco minutos desde que compramos el preciado líquido cuando mi compañero me sorprendió o, para ser más exactos, me confirmó lo ahora dicho:
                —Oye, mi hermano, esta botella pesa demasiado. ¿Nos damos un buchecito para aligerarla un poco de peso?
                Y, a la verdad, como a mi también me apetecía dármelo, hube de recurrir a la fuerza de voluntad.
                —Ahorita, Osmany, ahorita —respondí con muy poco entusiasmo.
                —Dale muchacho, no jodas. Que un solo trago a nadie le ajuma y mucho menos le quita el apetito.
                —Anda, tráela —dije por fin confirmándose mis sospechas de que, al menos en casos semejantes, la fuerza de mi voluntad no era tan fuerte como yo quisiera.
                —¡Carajo, este es mi socio! —exclamó el diablo en persona bulloso y triunfante.
                —Por nuestro reencuentro —brindé antes de llevarme el santo pecado a la boca.
                —Para que a través de los años se sigan repitiendo —añadió mi insistente compañero, llegado su turno.
                —¿Cómo lo sentiste? Bueno, ¿verdad? —pregunté cuando Osmany hubo desempinado ya la botella.
                —¡Coñooo!
                Todavía la vaciamos un poquito más. Y mucho me temo que, dado la contentura que los dos amigos rebosábamos a raudales, hubiera acabado vacía del todo si no nos hubiéramos topado casi sin darnos cuenta con la puerta de la casa.
                Con el episodio de Elpidio Valdés, en el televisor ya había finalizado la programación infantil y, en el momento de nuestra llegada, eran las imágenes del noticiero estelar quienes ocupaban el luminoso rectángulo de la pantalla.
                A Ernesto y a Camilito los encontramos bañados y comidos, así que Osmany los acompañó a la habitación para acostarlos.
                —Vuelve pronto, papito. Voy a servir la comida, ¿oíste?
                —Bajo enseguida, mi amor —el marido a su mujer le respondió con sobrada ternura.
                —Siéntate. Ponte cómodo —esta vez la bonita voz de Omara llegó directamente a mis oídos—. ¿Cómo os fue en casa de la señora?
                —Bien, muy bien. Es muy buena gente.
                —¿Verdad que sí?
                —Chévere. Vamos a volver otro día antes de que yo me vaya a Nicaro. ¿Vendrás tú también?
                —Si puedo, encantada. A mí siempre me ha gustado mucho conversar con ella, es gente muy preparada.
                —Procuraremos elegir un momento en que tú puedas acompañarnos.
                —A ver si es posible.
                —Seguro que sí.
                —¡Apúrate, papi! —Omara elevó un poco la voz para que le oyera su marido—. Se enfría la comida.
                —¡Voy, cariñito mío! Ya terminé de contar el cuento a los niños. Ahora vamos a cantar una cancioncita y bajo. Empiecen a comer si quieren. No esperen por mí.
                Y desde la habitación comenzó a llegar, repleta de ternura, la voz de los dos vejigos junto a la del ensimismado padre de ambos:

 

Barquito de papel,
mi amigo fiel.
Llévame a navegar
por el ancho mar.
Yo quiero conocer
a los niños de aquí y de allá
y a todos llevar
una flor de amistad.
Abajo la guerra
arriba la paz.
Los niños queremos
reír y cantar,
reír y cantar.

 

                No empezamos a comer, esperamos. Pero duró poco tiempo la espera. Finalizada la linda y tierna canción, los pies de Osmany se dejaron ver en los peldaños más altos de la escalera para comenzar a descenderla.
                Inmediatamente después, durante casi una hora, dimos buena cuenta de la exquisita comida expuesta sobre la mesa. En cuanto a la botella de ron, al final de la velada quedó enteramente vacía. Pero, si tenemos en cuenta que ya estaba empezada, que a los bebedores iniciales —Osmany y yo— se sumó Omara y una amiga de la casa, es fácil de entender si digo que no bebimos demasiado.
                Con todo, el disfrute fue grande. La noche, hermosa, se prestó sumisa a ello. Hablando y cantando, guitarra en mano, nosotros nos encargamos de alimentarla con la intención de hacerla más larga y placentera. Hasta que inevitablemente hubo de irse. Diciendo adiós salió por la ventana cuando, insistente, a la puerta llamó la luz del nuevo día.

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