DE VISITA EN CAMAGÜEY (capítulo primero de dos)

UNO

 

Hacía unos meses que no iba a Camagüey, así que, cuando una aburrida tarde de cálido noviembre un chofer de la fábrica me dijo que tenía viaje de trabajo hasta la misma ciudad, no me lo pensé dos veces, preparé rápidamente el equipaje y subí a la rastra que manejaba con la sana intención de visitar a un amigo de toda la vida.
                Al igual que yo, Osmany es de Nicaro. Aquí nació y, entre el preescolar, los estudios de primaria, secundaria, el preuniversitario y alguna que otra guásima comida con los amigos más íntimos y habituales —fundamentalmente para ir al río o al mar—, dejó de ser niño, primero, y luego adolescente. Ya más crecidito estudió arquitectura en la universidad camagüeyana. Después, finalizada la carrera, cumplió los dos años de Servicio Social en la misma ciudad y, ya ustedes saben cómo suceden estas cosas, en el transcurso de ese tiempo conoció a una buena y linda muchacha que, como no podía ser de otro modo, le enredó sobremanera. Obviamente se empató con ella, tuvo dos hijos… y se quedó a vivir definitivamente lejos de su pueblo natal, aunque a él, cómo no, vuelve siempre que puede.
                Cuatro horas y pico y una avería después, me bajé del largo camión en las afueras y me acerqué en una guagua local a la calle Bembeta, justo donde hace esquina con El solitario. Allí encontré a los dos chamacos jugando a las bolas en el portal. Los niños tienen buena memoria; estos, al menos, me reconocieron al instante. ¡Cómo habían crecido, carajo! Les pregunté por su papá, y me respondieron que hacía un ratico había salido, añadiendo a continuación:

                —La mamá está dentro de la casa.
                Les di un par de caramelos a cada uno, comprados en la candonga, y golpeé suavemente la puerta con los nudillos de la mano que me quedaba libre. Omara no tardó en abrirla. Se alegró mucho de verme, nos saludamos, dejé el maletín en el piso y nos fundimos en un efusivo abrazo.
                —Esta mañana entró una mariposa por la ventana —dijo Omara finalizado el abrazo y mirándome con esos ojos suyos tan encantadores.
                —Y pensaste que hoy llegaría una visita a la casa…
                —Eso mismitico fue lo que pensé, aunque ya sé que es bobería.
                —Sin embargo la bobería hoy se hizo realidad.
                —Caprichos del azar, supongo —nos reímos los dos y nos fundimos en un nuevo abrazo.
                Pasamos a la sala. Me preparó un café bien cargado, como ella siempre los hace.
                —De la Sierra de Cristal, de tu Oriente querido —me dijo, tendiéndome la taza con el líquido negro y humeante.
                Y lo acepté encantado para tomarlo sorbo a sorbo disfrutando de su rico aroma, de su idéntico sabor, así como de la animada conversación que ambos mantuvimos hasta que, dado que Osmany no regresaba, salí en su “busca y captura”.
                —Fue a visitar a una antigua compañera de trabajo —inició la tertulia una vez sentada a mi lado—. Ya se jubiló la señora, como cincuenta y seis años creo que tiene. Vino hace una semana de Estados Unidos. Allí tiene a su único hijo y, por si fuera poco, es huérfana de padre y de madre, viuda reciente e hija única también.
                —Vamos, que está bastante sola en este mundo.
               —En cuanto a compañía familiar directa se refiere, está claro que sí. Pero, afortunadamente, tiene muchos y buenos amigos.
                —¿Y no se la ha llevado su hijo?
                —¡Qué va! A él le dan ataques para que se vaya del país y ella, sin embargo, no se cansa de decir que de aquí no se mueve por nada del mundo, que no se la llevan ni muerta. Algo perfectamente creíble, porque es revolucionaria de toda una vida, activa, consecuente sobre todo y convencida.
                —¿Y qué motivo le llevó a Estados Unidos?
                —Estuvo unos días, pero fue un viaje de excepción. El muy guanajo de su hijo se fue cuando el éxodo del Mariel, porque, además de gusano y escoria, ¿cómo llamar a un tipo que en 1980 se va alegando pobreza y falta de libertades? Todos sabemos lo bien que vivíamos en aquella época ¿Qué nos faltaba? Nada, en absoluto. Prácticamente todo lo necesario lo teníamos, y además en abundancia; nada que ver con los rigores del Período Especial que, todos sabemos por qué, ahora sufrimos.
                —Tengo muy fresca la memoria y estoy completamente de acuerdo contigo. Lo que sucede es que los amnésicos y los desagradecidos abundan en cualquier lugar del mundo.
                —De eso no te quepa la menor duda.
                Hacía calor. Omara hizo una pequeña pausa para recogerse el pelo y poner en marcha el ventilador. Seguimos con la conversadera. Hablamos de muchas cosas. Entusiasta, como siempre, la mujer de Osmany hizo un repaso a los acontecimientos más relevantes acaecidos —muchos de ellos, sin duda, dignos de admiración— de 1959 a esta parte.
                —Creo que me he disparado innecesariamente —dijo la compañera  un buen rato después y esgrimiendo una leve sonrisa—, al fin y al cabo tú conoces muy bien todo lo que te acabo de contar.
               —Es cierto que casi todo lo que has dicho ya yo lo conozco. Pero, con la memoria tan olvidadiza que tenemos los humanos, agitarla de vez en cuando, aun a riesgo de revolver el foso, no viene nada mal.
             —¿Estás disfrutando?, mi amor —Omara me conoce más que de sobra y se había dado perfecta cuenta de lo bien que me sentía.
             —Claro, mima, cantidad —le contesté—. Hacía tiempo que no hablaba ni recordaba todas estas cosas. Y me parece un sano ejercicio que todo el mundo debería practicar más a menudo. A veces conviene mirar hacia atrás —como ahora lo estamos haciendo—, para observar no sólo el tamaño sino, sobre todo, la calidad de las huellas que a nuestras espaldas vamos dejando. Y esto no tiene nada que ver con la nostalgia, simplemente es repasar la información que se posee para tratar de seguir caminando lo más eficazmente posible.
             —Qué bueno que te sientas tan bien.
             Omara se echó hacia atrás, apoyando la espalda sobre el respaldo del balance, y, con las manos entrelazadas por detrás de su cabeza, exhaló un largo y sonoro suspiro para preguntarme escasos segundos después:
                —¿Te apetece otro cafetico?
                —Dale, que está riquísimo —le contesté casi sin darle tiempo a que acabara su pregunta, lo cual provocó una bella y amplia sonrisa en su rostro.
                —¿Sabes cómo llegó el café a “Nuestra América”? —preguntó Omara, todavía con la sonrisa presente en su linda carita.
                —Lo oí en alguna ocasión, pero ahora no me acuerdo.
                —Lo introdujo Gabriel De Cleíux en 1720. Este marino francés traía unas cuantas maticas de cafeto, pero una tormenta demoró su llegada y hubo que racionar el agua de la embarcación. De Cleíux compartió su agua con ellas, logrando salvar a una de las plantitas. A Cuba fue introducido en 1748. En 1998 se conmemoró el 250 aniversario.
                —Curioso el caso…
                Finalizada su explicación, Omara se incorporó. Entró en la cocina desapareciendo sólo unos instantes para volver a hacer acto de presencia con la cafetera entre las manos. Sirvió en las dos tazas aquella delicia negra y humeante y, volviéndose a sentar sobre el balance, retomó su parqueado relato inicial:
                —El hijo de la señora que nos ocupa —y vuelvo otra vez a lo que iba, que se nos va el hilo a cada rato— trabajó una temporada en una fábrica de zapatos, no haciendo zapatos sino barriendo y limpiando las naves de la fábrica de zapatos, a pesar de que en Cuba ejercía de ingeniero gratuitamente formado por la Revolución. Pocos meses después se le acabó el contrato y, como tenía que comer y carecía de alimentos y de dinero para comprarlos, se vio en la necesidad de delinquir.
                La policía no necesitó de mucho esfuerzo para detenerle. Hoy se pudre en una cárcel de Miami donde cumple condena de doce años por robo en un supermercado.
                —¿De ahí el viaje de su madre?
                —Exacto. Fue para el juicio, no en vano la persona juzgada era su hijo. Pero llegó diciendo que si en cuanto él pueda regresar a Cuba no lo hace, más nunca volverán a verse.
                —Qué diferentes son la madre y el hijo.
                —Ya lo creo. Como el agua y el ron.
                —Bonita la comparación.
                —¡Cojoya, las seis y media de la tarde! —exclamó sorprendida tras dirigir una repentina mirada hacia el reloj de la sala—. Tremenda la descarga que te he dado, se disculpó innecesariamente.
                —E interesante, sin duda.
                —Anda, ve a ver si encuentras a tu amigo del alma.
                —¿Dónde vive la señora para ir a buscarlo? —pregunté parándome de la silla.
                Omara me dio bien detallada la información correspondiente. Así que, tras escucharle con mucha atención, le dije:
               —Creo que ya sé dónde es. Voy echando. Enseguida rescato a tu marido.
               —No tardéis en volver. Ahorita tengo preparada la comida. Y nada de tomadera de ron, que si no luego no probáis bocado.
              —¿Con lo rico que tú cocinas? Despreocúpate, comay —ya yo salía de la casa—. Si acaso tomaremos algo después.
               —A ver si es verdad. Que os conozco más que de sobra.
              En la calle, Ernesto y Camilito todavía seguían jugando a las bolas, aunque por poco tiempo; cuando cerraba la puerta de la verja oí cómo a mis espaldas la madre llamaba a sus hijos reclamándoles para el baño.

 


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