Chile: 43 años del sangriento golpe de Estado

Asedio al Palacio de la Moneda, 11 de septiembre de 1973

Asedio al Palacio de la Moneda, 11 de septiembre de 1973

 

Con la llegada de un nuevo 11 de septiembre, se cumplen 43 años desde que, mediante el sangriento golpe de Estado perpetrado por Augusto Pinochet —en contubernio con el gobierno de los Estados Unidos—, derrocó al legítimo gobierno liderado por Salvador Allende. Un nefasto acontecimiento que el imperialismo y sus lacayos pretenden minimizarlo o relegarlo al olvido y que, por eso mismo, debemos recordar.
El 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende Gossens ganó las elecciones con el 36% de los votos. Asumiendo la presidencia de Chile el 3 de noviembre del mismo año, no tardó mucho tiempo en comenzar a poner en práctica el programa socialista de la Unidad Popular que representaba.
Allende carecía de mayoría en el Congreso, pero, a pesar de que la Suprema Corte rechazó muchas de sus reformas, éste restableció las relaciones diplomáticas con Cuba, llegó a nacionalizar —tras previas indemnizaciones— los servicios públicos y los bancos, así como las compañías de hierro, carbón y cobre norteamericanas que aportaban las tres cuartas partes de divisas al país. Los salarios de los trabajadores fueron al alza, el desempleo descendió a menos del 5% y redistribuyó la tierra aumentando la producción de alimentos y el consumo.

Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973

Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973

Gracias a esas medidas los sistemas de seguridad social, educación, salud… mejoraron notablemente, y la tasa del Producto Nacional Bruto creció por encima de los años precedentes. Pero el 78,4% de los créditos a corto plazo que Chile manejaba habían sido concedidos por los estadounidenses, y estos, como no podía ser de otra manera, trataron de limitarlos con el llamado “bloqueo invisible” puesto en marcha en 1971.
En 1972 el cobre chileno comenzó a ser embargado por la compañía Kennecott Cooper, y meses después el presidente Nixon logró la aprobación, por parte del Congreso norteamericano, de la liberación de las reservas de cobre. Con esta última maniobra el precio internacional del mismo cayó en picado y la economía chilena se resintió de manera considerable.
Muchos patronos financiaron actos de sabotajes —como la colocación de bombas en fábricas del Estado—, promocionaron huelgas, redujeron la producción, despidieron a muchos trabajadores… y enviaron al extranjero la mayor parte de sus ahorros.
La estrategia desestabilizadora diseñada por el director de la CIA de aquel entonces, Richard Helms, el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, el jefe del Consejo Nacional de Seguridad, Henry Kissinger, y algunos grupos privados estaba dando sus esperados frutos.
Los bienes básicos comenzaron a escasear, se deterioraron los servicios sociales, ampliamente mejorados tras las políticas redistributivas del ingreso por parte del gobierno de la Unidad Popular —no es casual que la situación actual de la hermana Venezuela se asemeje bastante a la de Chile que acabo de describir—. Y finalmente se consumó el anunciado golpe de Estado.
Era el 11 de septiembre de 1973. Dos aviones caza Hawker dejaron caer un par de bombas cada uno sobre la Casa de la Moneda. Pero a las exigencias de su renuncia, Allende ya había dado una contundente respuesta: “Estoy dispuesto a resistir por todos los medios, incluso al precio de mi propia vida…” Y cumplió su palabra; resistió y murió peleando a eso de las dos de tarde de aquél fatídico día. Los cuarenta compañeros del Presidente todavía resistieron dos horas más. Sólo a las cuatro de la tarde, tras siete horas de armado enfrentamiento, se apagó la última resistencia.
La esperanza del pueblo chileno por alcanzar una vida digna había sido truncada, y además hubo que pagar un precio muy elevado por hacer uso de su indiscutible derecho: un mes después del golpe, la represión golpista acumulaba 30.000 personas asesinadas, según algunas fuentes; 5.000 según la embajada estadounidense.
Otros escalofriantes datos provocados por la acción sanguinaria de Pinochet y la codicia imperialista del gobierno de los Estados Unidos fueron estos que siguen: más de 1.000.000 de exiliados —300.000 de ellos por motivos directamente políticos—; 112.000 torturados; más de 3.000.000 de detenciones arbitrarias; 1.200.000 allanamientos y cientos de miles de ciudadanos expulsados de sus lugares de residencia, estudio y trabajo.
Quizá se pueda criticar a Salvador Allende por no haber eliminado del ejército a elementos nada fiables y no haber armado y organizado al pueblo creando unidades de milicias. En definitiva, por haber confiado demasiado en su “vía pacífica” al socialismo en una América Latina tan convulsa, cuando a ojos vista se estaba gestando el golpe que después le asestaron —en marzo de 1972 los documentos de la ITT publicados por el periodista norteamericano Jack Andersen revelaban los complots para derrocar a Allende.
Un militante del MIR —Movimiento de Izquierda Revolucionaria— opinó al respecto: “Por supuesto que todos deseamos un cambio pacífico, pero en toda la historia ninguna clase dominante ha cedido jamás su poder sin entablar una lucha encarnizada”.
Es verdad que en Chile se alcanzó el poder mediante las urnas, pero la llamada vía pacífica lo fue muy relativamente, porque al final se derramó muchísima sangre, y además para perderlo. Los golpistas campearon prácticamente a sus anchas durante la agresión y el pueblo la sufrió en sus propias carnes, perdiendo el poder que le había otorgado las urnas, porque no tuvo ni la preparación ni las armas necesarias para defenderse.
Si cada trabajador y cada campesino debidamente organizado hubiese tenido un fusil en sus manos, quizá no habría habido o triunfado el golpe fascista. Pero ese es un debate en el que ahora no voy a entrar. Tan solo quiero recordar la trágica efeméride, para contribuir con mi granito de arena a que no caiga en el olvido

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