NAVEGÁNDONOS

 

Espérame, no tardo. Acabo de huir de una soledad casi absoluta, pero viajo en el vehículo más rápido del mundo, que no es otro que la imaginación, y ya estoy a punto de llegar al abrigo de tus brazos.
¿Ves?, ya estamos juntos. Mis manos se hunden en el río de aguas bravas que cae sobre tu espalda. Mi boca se recrea en el remanso de la tuya y, entre las flores que enaltecen sus orillas, nuestros ágiles peces nadan sin prejuicios, desprovistos de escamas, a contracorriente.
Contigo a bordo y presto el mástil de mi embarcación, izas las velas; el timón pasa a tu mando. La brisa despierta aviva nuestros deseos. El viento comienza a hacer su mágica aparición y nos aleja de la costa para acercarnos.
Y navegamos, navegamos en una mar ya no tan en calma como al principio. Y navegamos, navegamos envueltos en una gran marejada minutos después.
No hay gestos de tedio, no hay rostros de espanto; sólo el placer nos acompaña cuando se diluyen nuestras almas, cuando convulsionan nuestros cuerpos.
Acabada la travesía echamos el ancla, y fondeamos de nuevo sobre las aguas calmas del puerto.

 


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