30 años después de la catástrofe, recordando la ayuda de Cuba a los damnificados de Chernobil

Marzo de 1990, Fidel recibiendo a los primeros niños y niñas de Chernobil

Marzo de 1990, Fidel recibiendo a los primeros niños y niñas de Chernobil

El 26 de abril de 1986, hace ya 30 años, un terrible acontecimiento estremeció al mundo. Me estoy refiriendo a la explosión del IV reactor de la central ucraniana de Chernobil. Un experimento, cuya supervisión no fue lo debidamente correcta, provocó cierta reacción incontrolada que devino en una explosión de vapor. Al parecer, a resultas de la misma, la capa protectora del reactor fue destruida, de modo que unos cien millones de curios de nucleidos radioactivos entraron en contacto con la atmósfera.
Ante tamaña tragedia, las autoridades de la entonces Unión Soviética pidieron ayuda internacional. Plenamente consciente de que la solidaridad es la esencia del socialismo, Cuba revolucionaria no dudó en echar una mano al pueblo ucraniano.

A primeros de 1990 y con el objetivo de estudiar el alcance del accidente nuclear, así como ver de que manera se podía ayudar, un grupo de especialistas cubanos viajó a la zona del siniestro. La evaluación pronto obtuvo los primeros resultados: en marzo de aquel mismo año, una avanzada de 139 niños afectados por diversas enfermedades oncohematológicas fueron recibidos en el aeropuerto internacional José Martí de La Habana por el propio Fidel. Nacía así el Programa de Atención a los niños de Chernobil, promovido por el Jefe de la Revolución y apoyado de manera entusiasta por toda la población. En julio llegaron más afectados a Cuba desde Rusia, Bielorrusia y Ucrania. A partir de entonces, todos los años visitaron la Isla una media de 2.000 niños procedentes de los tres países ya mencionados, así como de Moldavia, Armenia y otras naciones europeas. Atendidas en el Hospital Pediátrico de Tarará por los médicos cubanos, el mencionado Programa de Atención a los niños de Chernobil benefició a más de 25.000 niños y niñas.
Decía unas líneas más arriba que el pueblo apoyó con entusiasmo la decisión gubernamental de ayudar a los damnificados, y existen no pocos ejemplos que lo certifica. Especialmente reseñable es la humana actitud que tuvieron los niños cubanos: estos cedieron un importante espacio de descanso y recreación infantil, como era el Campamento de Pioneros José Martí de Tarará, para que, a partir de entonces, fuera utilizado en la recuperación de las victimas del accidente nuclear que llegaban a la Isla.
Bloqueado por el gobierno de los Estados Unidos e inmersos en un duro Período Especial, Cuba revolucionaria hizo lo que ningún país quiso hacer: acoger a los afectados de la catástrofe nuclear para organizar un programa integral de salud que, además de masivo, siempre fue gratuito.

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