La melaza de los ingenios cubanos fue un ingrediente esencial en la independencia de los Estados Unidos

EE.UU. (I)-w

En negro el territorio original de los Estados Unidos y en blanco el añadido posteriormente.

 

Para hacer un retrato bastante aproximado de los Estados Unidos de América no es necesario extenderse demasiado. Sería suficiente con decir que su actual territorio nacional es muchísimo más grande que el que los colonos ingleses les dejaron. Y nadie les ha regalado ni un solo pedazo de tierra. A partir de entonces fue progresivamente en aumento a base de sucio dinero, del despojo a los indios de sus pueblos originales tras masacrarles y arrinconarles en pobres reservaciones, de acuerdos a punta de rifle y, sobre todo, de los robos con violencia cometidos contra diversos países. México, por citar un solo ejemplo, fue invadido en 1846 y, en cuatro años de guerra, se le arrebató Texas, California, Arizona, Nuevo México y otras zonas, llegando a perder el país azteca el 55 % de su territorio; exactamente 2.263.866 km2.
No olvidemos tampoco que, hasta 1819, la Unión Norteamericana se hallaba a unas 400 millas de Cuba; ahora, como todo el mundo sabe, con su amenazante colmillo de la Florida llega a 90 millas de la costa cubana. Estados Unidos consiguió su independencia con 2,3 millones de km2. Actualmente cuenta con 9,4 millones de km2, sin contar las posesiones exteriores.

Curiosamente, para la consecución de su independencia contó con la olvidada ayuda de Cuba. Una de las causas del movimiento independentista fue el conflicto que se desató entre los productores norteamericanos de ron y el gobierno de Londres. Durante la década de 1760-1770 la melaza de los ingenios cubanos abastecía las treinta destilerías estadounidenses que anualmente producían el ya famoso ron antillano. Pero en 1764 Inglaterra trató de eliminar el comercio de mieles con las Antillas hispanas y francesas, originando el citado conflicto que desembocó en guerra independentista.
El propio John Quincy Adams, quien fuera segundo presidente de los Estados Unidos y autor de la conocida carta de la “ley de gravitación física”, reconoció: “Yo no sé por qué nosotros deberíamos sonrojarnos para confesar que la melaza fue un ingrediente esencial en la independencia de América [Estados Unidos]”.
Después, La Habana se convirtió en centro de abastecimiento a las fuerzas independentistas norteamericanas; el comerciante habanero Juan Miralles, representando a España, tuvo mucho que ver en esa ayuda. También se recaudaron fondos para la causa independentista. Las damas habaneras llegaron a entregar parte de sus joyas, para tal propósito, recaudando 1.800.000 pesos de ocho reales.
Cubierto el mínimo presupuesto necesario, George Washington, con el refuerzo de tropas habaneras criollas y haitianas, avanzaron contra las fuerzas del general británico Cornwallis en la región virginiana de Yorktown. De ese modo, tras varios días de intensos combates, los ingleses fueron finalmente rendidos.
Esta era la primera vez que los naturales de la Isla luchaban por la independencia de otro país. Los habaneros, además, con su participación en la contienda cobraban la afrenta de 1762, cuando los ingleses tomaron La Habana.
Por otra parte, el conde de Aranda, quien a nombre de España firmara el acta de paz con el que quedaba reconocida la independencia de las colonias inglesas, pronosticó en el mismo momento de la firma: “Esta república federal nació pigmea por decirlo así, y ha necesitado del apoyo de dos estados tan poderosos como España y Francia para conseguir la independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante y aun coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento [entonces] aspirará a la conquista de este Vasto Imperio”.
Y así mismo fue. La sobrecogedora capacidad de apropiación indebida —robo— que el arrogante y sanguinario gobierno del Norte hoy en día posee no es reciente, sino que la ostenta y esgrime desde su mismo nacimiento, como señala Luis Suárez Salazar: “El 4 de julio de 1776, en el Primer Congreso Continental, los representantes de las Trece Colonias de Norteamérica proclamaron su independencia de Gran Bretaña. Tres meses después, en el Segundo Congreso Continental, estas adoptan el nombre de los Estados Unidos de América: acto por el cual, pese al limitado tamaño de su territorio original [una cuarta parte aproximadamente del territorio actual] los fundadores de esa ‘república pigmea’ usurparon el nombre de todo el continente”.
Dicho esto y sin necesidad de añadir nada más, tendríamos dibujado sobre el papel el rostro de una fiera. Podríamos seguir enumerando otras atrocidades cometidas por los diferentes gobiernos de ese país, hasta obtener íntegro el cuerpo del hambriento y horroroso depredador. Pero ¿para qué? Dicen que el rostro es el espejo del alma. Si eso es cierto, con lo poco que he comentado al principio de esta nota, ya tenemos bastante para saber que estamos ante un peligroso y dañino animal.

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