Estado español: Pan, trabajo y libertad, una demanda con más vigencia que nunca

En el reino de España se pronuncia mucho la palabra “democracia” y, curiosamente, quienes más la reivindican como práctica imprescindible son precisamente aquellos que más vulneran su contenido real; aquel que hace rato vaciaron para llenarlo con un significado que no le corresponde. Resulta increíble, pero es lamentablemente cierto, como a día de hoy, en 2011, existen motivos más que suficientes para salir a la calle y pedir “pan, trabajo y libertad” a quienes a diario y de manera harto escandalosa niegan tan elementales derechos a sus gobernados –me estoy refiriendo a los dirigentes del PSOE y del PP, los dos partidos que desde 1982 se alternan en el poder-. Pero salir a la calle para exigir los mencionados derechos, es sumamente peligroso. Lo estamos viendo prácticamente a diario en todo el Estado español -y en todo el mundo-. Las legítimas manifestaciones de protesta se suceden, y los apaleamientos impunes por parte de los cuerpos represivos que, con dinero público, trabajan única y exclusivamente para los intereses del gran capital también. Prueba inequívoca de que en lo esencial poco o nada hemos avanzado después de tantos años de “democracia”.

En la madrugada del 13 al 14 de agosto de 1976, un joven almeriense de 19 años de edad, estudiante de Biología en la Universidad de Granada y militante de la Joven Guardia Roja –juventudes del desaparecido Partido del Trabajo de España- fue vilmente asesinado por las balas de la Guardia Civil. Su “delito” no fue otro que el de intentar escribir en un muro la inscripción: “Pan, trabajo y libertad”. Solamente pudo escribir la palabra pan y la t de trabajo, porque sorprendido por la siniestra Guardia Civil fue perseguido y tiroteado con el triste desenlace arriba indicado. Era la época de la mal llamada Transición, aquella que, por más que se empeñen en hacernos creer lo contrario, nunca llegó a consumarse.

Actualmente la vieja demanda de “pan, trabajo y libertad” sigue teniendo su plena vigencia, lo que sin duda es una auténtica vergüenza, aunque los responsables que la provocan se hagan los “locos” y ni siquiera se sonrojen. En todo el mundo existen más de 1.000 millones de personas que pasan hambre; unos 40 millones viven en la opulenta Europa y más de 1.500.000 en el “democrático” reino de España. Los desempleados en el mundo ascienden a unos 230 millones; 23,25 en Europa y 5.000.000 en el Estado español, el 21,29% de la población activa y el 43,6% de los jóvenes. En cuanto a la libertad se refiere… ¿alguien la ha visto alguna vez? ¿Qué aspecto tiene, cuántos la conocen? ¿Se puede ser libre padeciendo hambre, siendo un desempleado…?

Hablar de democracia con la existencia de datos como los arriba expuestos sólo puede obedecer a una broma pesada o a un sarcasmo. Coincido con Fidel Castro cuando dice que “no puede existir la verdadera democracia en medio de la desigualdad social, en medio de la injusticia social, en medio de sociedades divididas entre ricos y pobres. […] la sociedad capitalista nunca podrá ser democrática, porque es la máxima expresión de la lucha feroz entre los hombres, la máxima expresión de la falta de igualdad y de la falta de fraternidad entre los hombres. Por eso digo y sostengo que no concibo la democracia dentro del sistema capitalista, y que sólo concibo la democracia dentro del sistema socialista”.

Exigir un sistema más acorde para con las necesidades reales de todos y no sólo para con las de un puñado de privilegiados, decía, es una práctica tan legítima como urgentemente necesaria. En medio de tanta y generalizada apatía, resulta ciertamente esperanzador el surgimiento de las protestas pacíficas que, desde hace un par de semanas, viene realizando el Movimiento 15 de Mayo en diferentes plazas del Estado español, con participación más numerosa en Madrid y Barcelona. No ha sido tan pacífica, sin embargo, la reacción de los reaccionarios, que enviaron a su embrutecida policía a desalojar a los acampados en la barcelonesa Plaça de Catalunya, provocando más de 100 heridos, uno de ellos muy grave. Es uno de los precios que muchas veces se paga por reclamar legítimos derechos, por pedir pan, trabajo y libertad, en definitiva.

El citado movimiento exige “¡Democracia Real Ya!”. Supongo que quienes en él participan serán de ideología bastante heterogénea. Por eso insisto en que exigir democracia real implica, sin duda, la exigencia de un cambio radical del sistema. El capitalismo, repito, nunca permitirá la existencia real de democracia, la imprescindible participación de la ciudadanía en las decisiones más importante que tomen sus verdaderos representantes, aquellos que, postulados primero y elegidos después por los propios electores, puedan ser controlados por estos e incluso revocados mediante asamblea popular si consideran que no cumplen con el trabajo encomendado. Y es que, antes de nada, se debe tener en cuenta algo muy importante: el capitalismo nunca devolverá la dignidad usurpada a sus víctimas, porque necesita de estas para subsistir.

No pretenden estas líneas desanimar a los “indignados”, entre los que sin duda me encuentro, sino todo lo contrario; les envío desde mi modesta trinchera mi más entusiasta apoyo. Lo que sucede es que, para atajar un mal con eficacia, primero es imprescindible la consecución de un diagnóstico acertado de la causa que lo provoca. De lo contrario, en el mejor de los casos, sólo se podrá alcanzar un alivio relativo y momentáneo, pero nunca, jamás la curación total de una enfermedad que se extingue matándonos a todos.

2011 / 05 / 29

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