Narrativa: RUTINA

Rutina (Dibujo: Paco Azanza Telletxiki)

Uno
Hace ya muchos años realicé un largo viaje, pero no me preguntéis dónde estuve. No es que no quiera contarlo, lo que sucede es que, por olvido, ni yo mismo lo sé. Sin embargo, sí me acuerdo, aunque muy vagamente, que antes de partir me sentía bastante harto y aburrido por no salir casi nunca de mi entorno habitual; en realidad viajaba muy a menudo a través de los sueños, pero en muy pocas ocasiones lo hacía físicamente.
Es evidente que me conocía la cara de toda la gente que andaba por la calle, lo cual quiere decir que, para los ojos de aquella, el mío tampoco era un rostro desconocido; y, aun no teniendo nunca nada que ocultar, esa lógica certeza me desconcertaba enormemente.
La música en los bares siempre sonaba altísima —¡y qué música más horrenda!—. Entrar en uno de ellos y sentir un bozal en la boca era solo cuestión de milésimas de segundo. La tertulia era un placer, no en extinción sino extinguido —al menos en esos lugares, y casi todos los lugares eran como esos—. Tan concurridos estaban que había que hacer ejercicios de complicada gimnasia para llevarse el vaso a la boca; era imposible echar un trago con un mínimo de dignidad. La mitad de las palabras pronunciadas se perdían en el aire sin llegar a su destino; e incluso, a gritos, a los camareros había que repetirles más de una vez lo qué tenían que poner en el vaso. Comportamiento más ridículo y tonto que este… ¡Y venga, a subir un poco más el volumen del bodrio que sonaba y golpeaba en aquel mismo momento!
Al inicio de estas líneas he comentado que no me acuerdo donde estuve, y es cierto. Sí me suena que quise ir a Amsterdam, pero también que nunca llegué al deseado destino, que, por el contrario, hube de conformarme con escuchar por enésima vez la canción de Jacques Brel —en mi propia casa, por supuesto, porque la escucha de “Amsterdam” “La chanson des vieux amants”, “Ne me quitte pas”, “Le plat pays” y otras maravillas del cantante belga era y es una quimera en los ya mencionados antros—. Lo que sí recuerdo, bastante nítidamente además, es que, estuviese donde estuviese, la última parte del regreso a casa la hice en tren, así como lo sucedido entre la estación del ferrocarril y mi domicilio, ya finalizando el viaje. De modo que no me detendré a intentar recordar lo olvidado —algo que quizá ni valga la pena—, no vaya a ser que con el esfuerzo la última parte del viaje también se eche a volar y, para siempre, se ausente de mi memoria.
Dos
Era ya de noche cuando bajé del tren tras forcejear con la indecisión, insistente visitante que finalmente conseguí apartar de mi camino. Encontré al pueblo más canoso, más rugoso… más viejo. Con las manos en los bolsillos de su abrigo, me esperaba la Rutina. Me dio un beso helado —como siempre que nos reencontramos— y nuevamente caminamos, juntos, agarrados de la mano ante la curiosa mirada de algunos transeúntes.
—¡Qué fea eres! —le ataqué sin preámbulos a la muy recondenada.
—¿Lo dices en serio?
—¿Crees que estoy hablando en broma?
—Creo que no.
—¿Entonces para qué lo preguntas?
—Muy exaltado has llegado. Siempre llegas igual.
Y un breve silencio formó alto y grueso tabique entre nosotros.
—¿De verdad crees que soy fea? —me preguntó peinándose con la mano que le quedaba libre.
—Fea no, horrorosa.
—Entonces, ¿por qué has vuelto a mí? —preguntó ciertamente indignada.
—Porque no me queda otro remedio.
—Siempre dices lo mismo: no me queda otro remedio.
—¿Qué otra cosa quieres que te diga? ¿Que te he echado mucho de menos? ¿Que estoy loco por tu belleza y que por eso he regresado? Para qué nos vamos a engañar. Sabes muy bien que eso no es verdad, que no me gustas nada, en absoluto.
—Ya me he dado cuenta. No hace falta que lo jures.
—Si siempre acabo regresando, es porque no tengo cojones para huir eternamente de tus garras.
Según caminábamos, la Rutina arqueó el cuerpo hacia adelante y miró con descaro el saliente, entonces en su tamaño más reducido, que tengo bajo la bragueta del pantalón.
—¿Que no tienes cojones?
—Déjate de bobadas, no estoy para bromas.
Y el silencio, recién ahuyentado, volvió a hacer acto de presencia entre los dos.
—¿Sabes qué te digo? —regresó la Rutina a la carga una docena de pasos más adelante.
—¿Qué?
—Que no creo que sea tan fea como tú dices.
—¿Te has mirado alguna vez en el espejo?
—Yo solo sé que la mayoría de la gente vive a mi lado.
—Ya estamos con la maldita teoría de que lo que hace la mayoría es lo mejor.
—Algo bueno habrá en mí para tener tantos adictos.
—Tú ¡qué coño vas a tener bueno!
—El coño, tú mismo lo has dicho, el coño. Ja, ja. Bluuuuuuu… —me sacó la lengua.
—¡Calla. Que te voy a dar un guantazo!
—No entiendo cómo teniendo al lado un coño tan hermoso como el mío, te haces tantas pajas —mentales, se entiende— con: a ver si voy en verano a tal sitio, en invierno no sé adonde… Unta de una vez tu churro en mi chocolate, que estoy bastante más apetitosa de lo que tú te crees.
Yo le lancé una mirada, creo que impregnada en odio, pero no le dije nada.
—¿Te has quedado mudo? Todo el mundo dice que unos días lejos de mí relaja mucho.
—Y es verdad.
—Pues a ti poco efecto te ha hecho la medicina.
—Anda, anda. Olvídame.
—Cómo que olvídame. Estás viviendo conmigo, de la noche a la mañana dices que te vas porque estás harto de aguantarme, te pasas unos días fuera poniéndome a parir ante el primero que encuentras y, luego, como todo el mundo, vuelves con las orejas bien gachas y tras tocarme las narices dices que te olvide. Pero, bueno, ¿tú qué te has creído? ¡Gilipollas! ¡Que eres un gilipollas!
—Vale, maja, vale.
—¡Ni vale ni hostias!
—Perdona, oye. Perdona si te he ofendido.
—Otro día, antes de coger el micrófono, piensa primero en lo que vas a cantar.
—Reconozco que he cantado mal.
—Muy mal.
—Mejor me retiro de la canción.
—Tú verás lo que haces.
—¡Ayyyyyy…! —el suspiro que arrojé fue tan largo que, sin terminar de salir de mi boca, su cabeza ya estaba en Tierra de Fuego, cruzando hacia la Antártida el Estrecho de Magallanes—. Puesto que vamos a tener que convivir otra vez juntos, vamos a tratar de hacerlo en buena armonía ¿No te parece? —propuse más bien resignado.
—Eso mismo digo yo.
—Pues venga. Vamos a intentarlo.
—Venga.
La Rutina me apretó un poco más la mano y, aun haciendo frío, sentí un calor tan sospechoso como agradable que, partiendo de los cinco dedos y siguiendo por el brazo, se extendió por todo mi cuerpo.
—Mira, Rutinita —la nombré con cierto cariño, y mi cara enrojeció por momentos al percatarme de ello; creo que me ablandé en exceso.
—¿Qué? —contestó ella, perfectamente consciente de mi inminente derrota.
—Ahí viene tu primo.
—¿Dónde? No lo veo.
—Pues te vas a chocar con él.
—¡Ah, sí! Qué despistada soy.
Sin soltarme de la mano, la Rutina se detuvo a hablar con el Aburrimiento, al parecer muy cansado —seguro que aquel día tuvo mucho trabajo—. Mientras esperé, empecé a darle vueltas a la cabeza para al final, como siempre, acabar mareado:
“Un día, estando en la calle, un amigo me preguntó a ver qué era para mi la rutina. Yo le contesté que, aun conviviendo habitualmente con ella, desconocía el significado exacto de la palabra, pero que ese mismo día, al llegar a casa, miraría en el diccionario, estudiaría la definición y ya hablaríamos del tema cuando le viese.
Llegué a casa tarde y, venciéndole al sueño tras dura batalla, antes de meterme en la cama consulté el diccionario con el siguiente resultado: Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas sin pensarlas.
¡Ay! Rutina, rutina y rutina. Nunca escaparé de la rutina. Es imposible. Está, como algunos dicen de Dios, en todas partes. Si yo un día cojo la mochila y me marcho a viajar, por ejemplo, indefinidamente, ¿habré escapado de la rutina? Sinceramente creo que no. Habré cambiado de escenario, pero la rutina seguirá formando parte del equipaje. La rutina es como la propia sombra, sólo que la sombra desaparece cuando desaparece el sol u otro tipo de luz, y ella no lo hace nunca. También es cierto que todas las rutinas no son iguales y que, evidentemente, a unas se soportan mucho mejor que a otras. Es preferible dedicarse en la vida a hacer algo que gusta, aun a riesgo de hacer siempre lo mismo, que hacer siempre lo mismo con algo que no gusta nada, en absoluto —qué lío me estoy armando, me duele la cabeza… creo que me estoy mareando—. Por ejemplo: Un método que muy a menudo se utiliza para intentar escapar de la rutina es el viaje. Viajar es una manera muy agradable de vivir la vida, pero si el viaje se practica habitualmente se convierte en rutina; agradable, pero rutina al fin y al cabo —¡Ufff…, qué mareo! A mí que no me suelte ahora, porque me caigo—. Por tanto, ante la imposibilidad de fuga —los muros de esta cárcel son demasiado gruesos para picarlos y demasiado altos para saltarlos—, intentaré hacerla más soportable embelleciéndola en la medida de mis posibilidades”.
—¡Oye, muchacho! —me tiró la Rutina de la mano al ver que no me había enterado de que, momentáneamente, ella ya se había despedido de su primo el Aburrimiento.
—¿Qué? ¿Qué? —salté sin paracaídas desde mi nube.
—¿Nos vamos a casa?
—Vamos, vamos.
Y caminamos. En los primeros pasos tambaleé, cual borracho. Ya no volví a hablarle con tan mala uva como al principio, e incluso comencé a hacerlo con cierta ternura, sin sentir vergüenza por ello.
Aquella noche me acosté con ella bajo el mismo techo, en la misma habitación, en la misma cama. Apagada la luz y tras darle un cálido beso en la boca —además de en otras partes del cuerpo—, pensé en como hacerla más bella y soportable. Le regalaré unos pendientes —me dije—, una barrita de carmín, colonia, un pañuelo para el cuello, un anillo, una pulsera, un collar, medias y botines negros… y una falda corta, muy corta. ¿Será, así, realmente más bella?
No ofrecí resistencia al ingente cansancio que acumulaba mi maltratado cuerpo. Abrazado por el venenoso calor de la Rutina, los párpados de mis ojos se fueron cerrando poco a poco. Finalmente, dormido y con la cara de cumpleaños que habitualmente ponemos en esos casos tan placenteros, comencé a soñar con un nuevo viaje.

2010 / 07  / 18

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