Narrativa: 31 DE DICIEMBRE

UNO
            -Mira quien viene –dijo de pronto mi hembrita desde el balcón del apartamento.
Y yo, curioso, me asomé apoyado en la barandilla dejando sobre la mesa el libro –Oficio de Ángel de Miguel Barnet- que placidamente leía en ese momento.
            Una cuarta planta en La Siberia no queda tan lejos del suelo, pero existe cierta distancia que, unida al factor sorpresa, pueden convertir lo evidente en algo confuso.
            Venía mi cuñada. Con su inconfundible y elegante caminado, a la trigueña sí la reconocí al instante. Al otro lado de la carretera se hallaba parqueada una guagüita blanca, de donde al parecer se había bajado.
            -¿Y esa cantidad de hombres que vienen junto a ella?
            -Son nueve –puntualizó la divulgadora de la noticia.
            -Creo que tienes razón –dije haciendo un rápido recuento.
            -Lemay viene entre ellos.
            -¡Coño, pues es verdad!
            No había tenido casi tiempo de asentir y el propio aludido, ya cruzada la carretera, nos saludó desde abajo agitando las manos por encima de su cabeza.
            Le devolvimos el saludo. Cuando al entrar en el portal les perdimos de vista, giramos 180 grados a nuestros cuerpos, cruzamos la sala y abrimos la puerta del apartamento para recibir de buen grado a la inesperada visita.
            Los abrazos y los saludos, junto a las palabras que habitualmente se utilizan en estos casos, fueron los protagonistas de los primeros minutos.
DOS
Ellos son de Baracoa y de allí mismo venían. Son músicos y un día antes fue que llegaron al pueblo.
            Cada 31 de diciembre, desde hace unos años, el ministro del MINBAS [1] tiene la buena costumbre de acudir a Nicaro para compartir el fin de año con los trabajadores más destacados de la fábrica. En el Cabaret Las Palmas es donde se celebra la comida y, en aquella ocasión, mis amigos eran los encargados de amenizar la actividad.
            -¿Dónde estáis hospedados? –pregunté a Lemay en medio del tremendo y lógico revolico.
            -En el hotel Miramar. Actuamos esta noche y mañana al mediodía, más o menos, regresamos a Baracoa.
            Afortunadamente teníamos en la casa una botella de Guayabita del Pinar. Mi siempre atenta mujercita se acordó de ella y la sacó del armario para brindarles la pinareña bebida. Estábamos bastante gente, de modo que no dio para mucho, pero lo que sí hicimos fue conversar cantidad durante más de una hora… de la gente de acá, de la de allá, de música, de literatura… qué sé yo, de muchas cosas.
            Y mientras tanto, como norma habitual en momentos tan placenteros, el tiempo pasó sin dejarse ver y de manera vertiginosa.
            -¿Qué van a hacer esta tarde? –preguntó Lemay con todos los compañeros ya parados de las sillas para marcharse.
            -A la noche comeremos en Levisa con la familia. Y a la tarde… nada, estar aquí en la casa.
            -¿Qué os parece si dentro de un rato volvemos con los instrumentos y cantamos algunas canciones?
            -¡Coño, bacán! Vengan, les estaremos esperando.
            -Eso está hecho. Ahora vamos a almorzar en el hotel y ahorita volvemos.
            -Oye, ¿no será demasiado el trajín para tener que responder a la noche en la actividad del ministro? –pregunté por miedo a que su tamaña generosidad de alguna manera pudiera perjudicarlos.
            -Los buenos amigos son tan importantes o más que los ministros. ¿No opinas lo mismo?
            -Gracias, compay. Estamos completamente de acuerdo.
            -Entonces, ¿ahorita nos vemos?
            -Vamos a montar una buena. No nos embarquen –Lemay no es ningún barco, pero ya me había embullado sobremanera con la propuesta y la sola idea de que por causa ajena no acudieran a la cita, ¡carajo!, me ponía más que nervioso.
            -Despreocúpate –ya ellos bajaban las escaleras revolviendo con su alegre bulla a toda la vecindad.
            Nos asomamos al balcón. Empezaron a salir a la calle y todo sucedió como cuando llegaron, sólo que a la inversa. Montados en la guagüita blanca aquellos buenos amigos desaparecieron rumbo al CINCO de Nicaro.
TRES
El silencio casi absoluto llegó de nuevo a la casa y, en medio de aquella paz recién recuperada, resolvimos que acontecimiento semejante requería el acompañamiento de unos tragos. No necesariamente, pero sabido es que unos buchecitos de ron o de cerveza hacen buena liga con el canto y el baile. Y, como las escasas existencias etílicas las teníamos agotadas, decidimos salir mi hembrita y yo a la calle en busca de ambas bebidas, mientras las otras dos mujeres de la casa se quedaban preparando el almuerzo.
            Ya abajo, no tuvimos necesidad de esperar a la guagua ni de hacer botella. En la orilla de la carretera encontramos a un par de compañeros que en ese momento cambiaban una de las ruedas de la máquina. Hacía un ratico, el clavo de la casualidad había ponchado la goma justo debajo de nuestro edificio y allí encontramos, a los dos, fajados con el gato y con el repuesto. Pronto, sin embargo, finalizó la faena y, ya con la herramienta acomodada en el maletero y los tornillos debidamente apretados, partimos con Amo esta Isla sonando a medio volumen en la grabadora del vehículo.
            -¿A dónde os llevo exactamente? –preguntó el chofer virando hacia atrás ligeramente la cabeza.
            -Déjanos en el Círculo Social. A ver si allí encontramos algo de lo que te dije. Después ya veremos.
            Como casi siempre a esas horas del día, La Pasa era un hervidero de gente. En ese lugar recogimos a una amistad del copiloto y, con su casco de obrero incluido, en el ECRIM lo dejamos. También encontramos y saludamos a un compañero mío, pero este último no montó en la máquina porque esperaba a la guagua de Mayarí, en dirección contraria a la nuestra.
            -Si aquí no encontráis lo que buscáis, seguro que en el Miramar aparece algo –dijo el chofer casi un kilómetro más adelante, estacionando el Chevrolet del 54 frente a la puerta del Círculo.
            -Algo habrá, no te preocupes.
            -Mira, mi socio, nosotros vamos al UNO a hacer un mandado. A la vuelta, si queréis, pasamos por el hotel y os recogemos, dentro de una hora más o menos. ¿Qué tú dices?
            -Está bien. Hasta ahorita y muchas gracias, mi hermano.
            -Por nada, muchacho, nos vemos.
            Aquella mañana y a orillas del mar todo resultaba bello. El día era radiante. Las pencas de las palmas bailaban un bolero incitadas por el suave empuje de la brisa marina. A veces, sólo de vez en cuando, el ritmo del aire se aceleraba y el tierno bolero se convertía en apasionante guaracha.
            En el momento de nuestra llegada encontramos el lugar bastante solitario. No había niños ni niñas zambulléndose en las aguas saladas, imagen tan habitual durante las vacaciones de verano. A pesar del receso que por estas fechas los muchachos siempre disfrutan y de que nuestro invierno es de risa –según un amigo que tengo en Europa-, acá, en Cuba, aunque a veces lo hagamos, no tenemos costumbre de bañarnos ni en los ríos ni en las playas en esta época del año.
            A todo eso, del Círculo Social salimos con una sola botella de ron entre las manos para dirigir nuestros pasos hacia el hotel Miramar. Llegados a nuestro destino, rodeamos el edificio con la intención de entrar por la puerta de atrás. La música sonaba en directo y, sabiendo que nuestros amigos de Baracoa se hospedaban en este lugar, pensamos que eran ellos quienes hábilmente manipulaban los instrumentos musicales y las voces. No nos equivocamos. El camarero abrió la puerta haciéndose más notable el volumen de la hermosa canción que sonaba en ese momento. Y allí encontramos a los músicos, disfrutando de lo que siempre han disfrutado. No esperaban vernos hasta la tarde, pero, como no podía ser de otra manera, la sorpresa para ellos fue agradable y el recibimiento para nosotros más que excelente. Sobre la barra encontramos algunas botellas vacías, causantes sin duda, junto a la evidente complicidad de la música, de la alegría que en el lugar se respiraba a raudales.
            Compartimos bebida con ellos, charlamos, bailamos y cantamos durante más de dos horas en calidad de invitados. Hasta que volvimos a separarnos con la intención de volvernos a juntar poco tiempo después en nuestra casa.
            -Ahorita nos vemos –dijeron al unísono casi todos cuando salíamos a la calle.
            -Allá os esperamos –contestamos nosotros, al unísono también, y la puerta del bar se cerró a nuestras espaldas disminuyendo, para nuestros oídos, el volumen de la música que aún se quedó sonando en el interior del local.
            Los amigos del Chevrolet ya habían ido cuatro veces a buscarnos, así que por fin salimos del lugar, y lo hicimos dirigiéndonos hacia el DOS sin más botella que la comprada en el Círculo Social. El ron recién sacado del hotel era difícil de compartirlo: dentro de nuestros cuerpos era donde lo llevábamos. De modo que en el DOS compramos tres botellas –ya sumaban cuatro- y una caja de cervezas.
             Minutos después estábamos otra vez en La Siberia y, al pie del primer edificio, nos despedimos de los compañeros de la máquina que la pusieron en marcha, nada más bajarnos, para desaparecer curva a la derecha rumbo a Levisa.
CUATRO
Acomodados en la sala como buenamente pudimos, arrancaron con Un montón de estrellas del recién fallecido Polo Montañez. Siguieron con Cómo fue de Ernesto Duarte, El credo de Carlos Puebla…
            El 31 de diciembre es fácil ver en la calle a la gente asando machos a la púa. Es una costumbre muy extendida en toda la Isla y, aunque las negativas consecuencias del período especial la difuminara un poco, sigue siendo habitual la imagen del puerquito convirtiéndose de blanco a trigueño y de trigueño a mulato en medio de envidiable camaradería. Tampoco es extraño escuchar, a todo volumen y a través de las ventanas de los apartamentos, la música de las grabadoras; los alegres decibelios que arrojan sus bocinas contribuyen en gran medida al buen transcurrir de la festiva jornada.
            Aquella tarde, sin embargo, cuando los vecinos de la zona escucharon los iniciales compases de la primera canción, hicieron enmudecer repentinamente a todos sus aparatos. Asomándonos al balcón, comprobamos cómo el personal escuchaba y bailaba en los balcones y en las aceras al ritmo de la música que sonaba en nuestra casa.
            …Perfidia de Abel Domínguez, Son de La Casa de la Trova de Julio Rodríguez, Yiri Yiri Bon de Benny Moré…
            Supongo que serían como las tres de la tarde. Con la puerta del balcón abierta de par en par y el ventilador trabajando al máximo de sus posibilidades, los ríos de sudor corrían por la piel de cada uno de los fiestantes desembocando en un hermoso Caribe de gozo y bienestar.
            Un viejo y joven amigo llegó a la casa más despistado que otra cosa. Sofocado por el calor y las escaleras que hubo de ascender para llegar al apartamento, no necesitó llamar a la puerta porque la encontró abierta.
            -¿Qué bolá? –preguntó asomando la cabeza antes de entrar, todavía con la respiración algo acelerada.
            -¡Entra, muchacho, no te quedes ahí parado! –le invitó mi hembrita.
            -Subí porque escuché música desde abajo. Tenéis a todos los vecinos revueltos. ¿Qué es lo que es?
            -Nada, una fiestecita que hemos improvisado.
            -¡Coño!, pues vaya una improvisación más buena.
            -Quédate si te apetece, ya tú sabes, ésta es tu casa.
            -Claro que me apetece, pero no puedo quedarme. Voy echando.
            -¡Eh!, ¡eh! ¿Cual es tu matazón?
            -Estoy cogido, comay. Me esperan en Moa y todavía no sé ni cómo voy a ir.
            -Pero ¿tan importante es que vayas ahora mismo?
            -Imagínate, hace tres días que me están esperando. Si hoy tampoco aparezco ¿ya para qué? Cuando acabe de llegar seguro me botan.
            -No jodas, compay. Déjate de boberías. Quédate aunque sólo sea un ratico que, como ves, la fiesta está buena y el roncito que te vas a tomar mucho mejor todavía –le dije yo entrando en la conversación y sirviéndole una copa.
            -Está bien, pero sólo una y me fui, que te conozco.
            -Como quieras.
            Igualmente despistado y sofocado, llegó poco después un vecino de la escalera pidiendo una llave para desarmar la pluma del lavamanos y, saboreando la copa de ron que también le brindamos, el plomero de ocasión se sumó a la cantadera olvidándose de reparar la avería.
            …Lágrimas negras de Miguel Matamoros, Cuidao, compay gallo de Ñico Saquito, Tú no sospechas de Marta Valdés…
            La población cubana, así como la del resto de América Latina, tiene fama de ser bastante tranquila. Y creo que es verdad, que así es como somos, lo cual, ante el espantoso comportamiento de algunas personas de otros lugares que nos visitan, me parece de una costumbre muy saludable.
            Resulta de una comicidad impresionante ver a turistas de… de Europa, por ejemplo, siempre corriendo, siempre apurados. Están acá de vacaciones y sin embargo parece que acaban de salir de la casa y llegan tarde al trabajo. ¿Para qué tanta corredera, carajo, si además casi nunca resuelven nada y casi nunca llegan a ninguna parte? Parece ser que vienen de allá tan acelerados -¿será la vida tan agitada y estresante que llevan en sus originarios países?- que se pasan toda la estancia dando patinazos y queriendo conocer en quince días lo que no se puede conocer ni en quince meses. Y cuando consiguen tranquilizarse un poco, si es que en verdad lo consiguen, ya se tienen que ir, porque se les acaba el breve período anual que poseen de vivir muy por encima de sus reales posibilidades.
            No es difícil verles incómodos y, oigan, hasta bravos ante la más mínima eventualidad que se les presente; una simple cola para renovar la visa, por ejemplo, o una guagua que por avería mecánica sale un poco más tarde de lo previsto ya es suficiente para que la incomodidad y la bravura quede reflejada en sus rostros.
            …Dos gardenias de Isolina Carrillo, ¡Oh, vida! de Yáñez y Gómez, Rita La Caimana de Lorenzo Hierrezuelo…
            Me levanté del piso, que es donde estaba sentado en ese momento, y dirigí mis pasos hacia la habitación con la única intención de coger un pañuelo para secar el sudor de mi, seguro, cara de cumpleaños. Cuando a ella hube llegado, un par de montones de libros, todavía sin ordenar arriba de la cómoda, reactivó mi reciente memoria y recordé el viaje a Santiago de Cuba que realicé la precedente semana. No era desconocida para mí la gran afición a la lectura que posee Lemay. De modo que asomé mi aturdida cabeza por la puerta del cuarto para llamarle y mostrarle mis últimas adquisiciones literarias.
            Entre otras, pasaron por sus manos: Resistencia y Libertad de Cintio Vitier, Versos y Todo Caliban de Roberto Fernández Retamar, Antología poética de Carilda Oliver Labra, El párpado abierto de Rubén Martínez Villena, Nadie de Rafael Alcides, El siglo de las luces de Alejo Carpentier, Biografía de un cimarrón, La vida real y Gallego de Miguel Barnet, Bertillón 166 de José Soler Puig,  Amnios de Raúl Hernández Novás…
            Mientras tanto en la sala seguía sonando la música:
            …El carretero de Guillermo Portabales, La Maza, Pequeña serenata diurna y El necio de Silvio Rodríguez…
            -Ustedes son unos caballos…
            -¿Por qué lo dices? –preguntó Lemay con curiosidad.
            -¡Coño!, porque nunca se cansan.
            -Cuando se hacen las cosas con ganas –sonrió- el cansancio al cuerpo siempre llega mucho más tarde… y a la mente yo creo que nunca o casi nunca.
            -No hace falta que lo jures. Y además me alegro mucho de que así sea.
            -Esto es Cuba, compañero, nunca lo olvides.
            -Entre la sesión por puro placer en el bar del hotel, la de ahora mismo también por puro placer, y la actuación de la noche en el Cabaret Las Palmas por cuestiones de trabajo, pero seguro que disfrutando igualmente, vais a superar las diez horas de tiempo efectivo, lo cual, dicho sea de paso, no es ninguna bobería.
            -Cierto. Pero los obreros de las fábricas y del campo cumplen ocho horas todos los días, eso sin contar el trabajo voluntario que de vez en cuando realizan. Al fin y al cabo nosotros también somos obreros, con la notable ventaja, eso sí, de que el trabajo que realizamos nos gusta.
            -Y déjame decirte que ese gusto por vuestro trabajo, cuando lo realizan, se nota.
            -Lo que sucede en los países capitalistas con los músicos y cantantes supuestamente de primera fila es de cinismo y de vergüenza. Curiosamente se jactan de decir que lo que les gusta es actuar en directo, que arriba del escenario es donde realmente disfrutan. Pero resulta que la realidad es otra bien distinta. Cuando ofrecen un concierto, apenas superada la hora y media –si no antes- ya se están marchando. Seguidamente, ante la lógica y habitual petición del público, vuelven a salir al escenario, cantan las otras dos canciones de rigor y entonces, sin ningún tipo de rubor y con la sensación del deber cumplido, se ausentan del escenario de manera definitiva exteriorizando, a la vez, idénticos sentimientos a los de un obrero realmente explotado y mal pagado que está loco porque suene la anunciadora sirena de fin de la jornada.
            Si tanto disfrutan actuando en directo, como pregonan hasta la saciedad, y además los asistentes pagan sumas nada desdeñables para verlos y escucharlos, ¿por qué no ofrecen conciertos más largos? ¿Por qué de vez en cuando no realizan alguno gratis?
            -Eso mismo me pregunto yo. Y la respuesta ya me la imagino.
            -Pero ahí no acaba todo. A esto deberíamos añadir que, los músicos y cantantes supuestamente de primera fila de los países capitalistas, en realidad no son obreros sino patrones, como indica la cantidad de trabajadores que a sueldo mantienen. A pesar de los numerosos y ridículos disfraces que a menudo utilizan para tratar de engañar a sus clientes –no hay nada más asqueroso y repelente que un asqueroso y repelente burgués haciéndose el rojo- ganan y viven como lo que son: auténticos burgueses. Si no que me digan qué obrero gana al mes lo que ellos ganan en menos de dos horas –sin olvidar las ventas de discos y los negocios al margen de la música que tienen por ahí-. Qué obrero dispone del presupuesto diario, mensual, anual… que ellos disponen para cubrir las más elementales necesidades. Más que les pese, la similitud que guardan con cualquier obrero es totalmente inexistente. Y si es que siendo lo que son todavía tratan de hacernos creer que son lo que no son ¿será que semejante comportamiento les aporta pingües beneficios económicos? –ir de rojo, en ciertos sectores de las sociedades capitalistas, vende mucho todavía-, ¿o será que de vez en cuando recuerdan de dónde provienen y se les remuerde la conciencia?
            -Más bien creo lo primero que lo segundo, porque difícilmente se les puede remorder algo de lo cual carecen.
            -Verdad que sí.
            -Luego están las actuaciones solidarias por causas justas, que no dejan de ser sino meras e inteligentes maniobras publicitarías para promocionar sus propias grabaciones. Podrían perfectamente recurrir al caché de cualquiera de sus conciertos convencionales y destinarlo anónimamente a cualquiera de esas nobles causas. Pero, claro, por obvias razones este gesto tan generoso no les resultaría económicamente rentable.
            -Y todo esto que estamos diciendo no solamente se puede aplicar a músicos y a cantantes; también a escritores, a pintores… y, cómo no, a actores y directores de cine.
            -¡Ay, mamacita, la gente del cine…! –exclamé como si me hubieran tocado la fibra sensible.
            -Fíjate hasta dónde llega el cinismo de toda esta gente a la cual nos estamos refiriendo –Lemay, hasta entonces de pie, se sentó en el borde de la cama con un par de libros ocupando sus manos-. Entre la clase obrera, en los países antes mencionados, está mal visto la acumulación de horas extras, sencillamente porque el desempleo entre la población activa es muy elevado; y no es muy ético, que digamos, sobrepasar el horario de trabajo habitual cuando existe no poca gente sin poder abandonar la interminable cola del paro. Sin embargo, entre el gremio de artistas, a pesar de la existencia de un desempleo más que alarmante, el fenómeno no se visualiza ni se mide de idéntica manera. Un cantante de éxito, por ejemplo, y no vamos a discutir ahora acerca de cómo se llega al mismo, que eso sería otro debate, realiza porque lo contratan –ya tú sabes, la ley de la oferta y la demanda- infinidad de conciertos anuales cuando otros, no de la misma sino de mejor calidad artística incluso, malviven precisamente porque no se les contrata. Y he aquí el quid de la cuestión: jamás he presenciado la renuncia de ninguno de estos privilegiados a parte de sus contratos, en gesto solidario hacia el resto de sus compañeros de profesión menos favorecidos. Con el dato curioso de que además son vitoreados por sus seguidores, cada vez que salen al escenario, en vez de ser abucheados por ello.
            Me dirán que el hecho de renunciar a parte de sus contratos  no significa que estos vayan a parar a manos de otros compañeros. Pero yo no me canso de insistir que, si la parte contratante quiere mantener sus fiestas y sus actividades culturales –la mayor parte de ellas, para más narices, organizadas con dinero público-, tendrán que echar mano de otros artistas ¿o no? De modo que la coartada que tal vez pudieran esgrimir los más afortunados del gremio se desvanece por completo.
            -Por otra parte –dije yo apuntalando las palabras de Lemay-, estos artistas cobrando la mitad de lo que cobran por cada actuación, por cada película etc. todavía estarían muy, pero que muy por encima de la nómina del más afortunado de los obreros y, sin embargo, con ese gesto contribuirían a que se hiciesen más películas, más conciertos… con el notable aumento de empleo entre sus compañeros de oficio. Pero no mueven ni un solo dedo para que esto suceda. Prefieren seguir jugando a lo que juegan. ¡Y luego nos vienen con sus gestos solidarios…! ¡Serán cínicos los muy… los muy asquerosos y repelentes burgueses!
            -Que estos seudorrevolucionarios intelectuales dejen de apoyar a nuestra Revolución –si es que en verdad alguna vez la apoyaron- puede interpretarse como un honor por nuestra parte, nunca como una desgracia o como un serio revés. Lo que menos necesitamos, precisamente, es de corrompidas y traidoras muletas que al primer paso con ellas se rompen en mil pedazos provocando caídas perfectamente evitables e innecesarias.
            -Lo verdaderamente preocupante sería que, individuos tan alejados ideológicamente de nosotros, estuvieran de nuestra parte; eso sí que sería motivo de enorme preocupación.
            Pierre Bourdieu dijo un día que los intelectuales exponen mucho en los coloquios, pero se exponen poco, a lo cual yo, muy modestamente, añado que además lo hacen cobrando sumas bastante elevadas de dinero.
            -Y no os falta razón. Sinceramente, como acabo de decir, yo no concibo la idea de que unas personas cuyos bolsillos y cuentas corrientes estén tan repletas de plata puedan considerarse de izquierdas. ¿Con posibilidades y vida diaria de burgués se pueden poseer y esgrimir ideas tan libertarias? Si me lo permites, diré que desconfío bastante de estos “supuestos”, de estas personas que, en realidad, nunca pasaron de ser rojos desteñidos y deslumbrados por el sol del poder capitalista.
            Jamás los ojos de un individuo con características tan favorables –o desfavorables, según se entienda- podrán sacar las mismas lecturas o conclusiones que un obrero tras visualizar un mismo problema… o un mismo paisaje.
            ¿Qué defensa o apoyo puede ejercer o prestar un burgués a un obrero si la burguesía se alimenta precisamente de la clase trabajadora? ¿Qué burgués va a ser tan estúpido de querer engordar a su presa a no ser que sea para engullir más cantidad de alimento?
            Existen premios Nobel que simpatizaron y simpatizan con la izquierda. No voy a decir ya con nuestra Revolución. Algunos, incluso, llegaron hasta a autoproclamarse comunistas. Un premio Nobel, por ejemplo de literatura, por obvias y conocidas razones, ve, en una brevedad de tiempo asombrosa, aumentar su patrimonio económico a cotas realmente elevadas cuando además hasta entonces tampoco lo tenía nada bajo. Pero ¿cual de ellos no se ha prestado gustosamente a hacer el paripé, a intelectualmente prostituirse todo el año siguiente a lo largo y ancho del mundo por imposición del propio premio?
            Me dirán que si les dan el dinero no hacen nada con rechazarlo. “Está bien, cójanlo –se les podría contestar a tan enclenque argumento-. Cójanlo y más todavía si la plata viene de la clase capitalista; no vayan a regalar nada a quienes tanto nos roban. Ahora bien, si ustedes pretenden o quieren ser de izquierdas, aplíquense mensualmente y de por vida un sueldo medio de obrero –si estos pueden vivir con esas cantidades ¿por qué ustedes no?-. Y el resto, el sobrante, que es muchísimo dinero todavía, destínenlo a cualquiera de las miles de causas justas con grandes dificultades económicas que existen en el mundo.”
            Entonces, sólo entonces podré considerarles individuos de izquierdas… o comunistas, si lo prefieren. Porque, como ya dijo Haydée Santamaría, para mi ser comunista no es militar en un partido: para mi ser comunista es tener una actitud ante la vida.
            Por eso mismo militar en el Partido Comunista de Cuba, ya tú lo sabes, no es algo tan sencillo: hacen falta muchos méritos, mucho trabajo y sacrificio para poder ingresar y mantenerse en sus filas, lo cual constituye un orgullo y una enorme satisfacción para todo aquel que lo consigue. No como en la mayoría de los países del mundo que, para afiliarse a cualquiera de sus existentes partidos, sólo es suficiente con acudir a una de sus sedes, facilitar los datos personales y pagar sin atrasos las cuotas mensuales. Así, de esa manera tan negativa y decadente, sus dirigentes ven aumentar los argumentos e ingresos económicos para el buen desarrollo de sus empresas, no preocupándoles la calidad de su militancia sino la cantidad de la misma.
            -Sé que cuando hablas de premios Nobel –tomé el relevo ante una breve pausa de Lemay-, también te refieres a otros sujetos que nunca alcanzaron ese privilegio, pero que igualmente y por similares motivos artísticos e intelectuales poseen grandes cantidades de dinero y se autoproclaman de izquierdas. Sin embargo, ya que haces alusión a los citados premios, me gustaría añadir que aun actuando de diferente manera a la de tu acertada “invitación”, a la de tu valiente “propuesta”, el único Nobel que yo ahora recuerde estuvo a la altura de las circunstancias con respecto a su ideología fue Jean-Paul Sartre, que en 1964 le concedieron el Premio Nobel de Literatura y se negó a aceptarlo.
            Podré estar o no de acuerdo con comportamientos suyos posteriores, pero el gesto que tuvo con respecto al premio me parece sin duda digno de admiración.
            -Yo opino exactamente lo mismo. En realidad –reanudó Lemay su encendida intervención-, el indeseable lugar que estas personas ahora ocupan es el que, debido a sus nulas cualidades humanas, verdaderamente les corresponde. Si en un momento determinado se acercaron –física, parece que nunca ideológicamente- a nuestra Revolución fue, como se deduce en todo lo que estamos diciendo, porque en 1959 nuestros compañeros fueron protagonistas de un hecho increíble, exclusiva sólo de las grandes naciones, no de una Islita bañada por el Caribe. Y este histórico acontecimiento, sin precedentes en este bello lugar del planeta, los atrajo en masa ya con la careta solidaria colocada sobre sus duros rostros. Pero estos tan inteligentes intelectuales no quisieron entender, sin embargo, que una revolución -y más todavía la nuestra que se construye bajo el colmillo de la fiera- genera tremendo trabajo y sacrificio, mucho beneficio colectivo pero no tanto beneficio a nivel individual, que es el que ellos realmente anhelan y persiguen.
            Parece ser que tampoco les gustó demasiado el nulo margen existente para enriquecerse a costa del trabajo ajeno. De modo que, mismamente como llegaron, fueron abandonando sus enclenques posiciones para pasar a engrosar las filas enemigas,  que de mil maneras nos combaten en calidad de mercenarios intelectuales al servicio interesado del imperialismo yanqui y europeo.
            Un ejemplo bien claro de lo que digo fue la creación, en su tiempo, de la revista Nuevo Mundo, cuya base ideológica no merece la pena explicar si añado a continuación que fue financiada por la CIA. Este órgano de propaganda contrarrevolucionaria fue posteriormente relevado por otro: la revista Libre –fíjate que nombre más bello para tan miserable causa-, con el mismo propósito desestabilizador y con el mismo equipo de escritores más algunos añadidos. Pero de esto último ya hablaremos más largo y tendido en otra ocasión –terció Lemay-. Ahora estamos en otra cosa, ¿no te parece?
            -En eso también estoy de acuerdo contigo –sonreí con complicidad evidente-. Pero, ya para terminar, déjame hacer una puntualización: con todas las deficiencias que pueda tener, la experiencia cubana sigue siendo el único poder revolucionario y la única experiencia anticapitalista que se logró consolidar en la región, por lo que resulta un punto de referencia obligado para la izquierda –la cursiva es de Rafael Hernández.
            -De eso no te quepa la menor duda. Oye, escucha, escucha que bella canción está sonando ahí afuera –dijo Lemay al iniciarse los primeros compases de este tierno y desgarrado bolero: Veinte años de María Teresa Vera.
            -Lindísima –aprobé yo con mucho entusiasmo-. Dejémonos, pues, de tanta habladera y vamos a reincorporarnos a la fiesta.
            -Vamos, vamos.
            Y, dejando todos los libros donde estaban, salimos de la habitación para contribuir a aumentar la alegre y nada molesta apretazón de la sala.
            …Quiero hablar contigo y Hasta siempre de Carlos Puebla, Como baila Marieta de Faustino Oramas, Desvelo de amor de Rafael Hernández Marín…
            En la calle, el sol de Nicaro comenzaba a ocultarse tras un grupo de palmas. Hermoso y reluciente, ya había trabajado bastante durante el último día del año. Cansado y bostezando se acostó sobre su cama para cerrar los ojos y soñar, seguro que sí, durante unas cuantas horas.
            …No quiero celos de Roberto Carrión, Cuando ya no me quieras de Cuestes Castilla, Como lo soñó Martí de Juan Arrondo…
            Casi cuatro horas después, mi joven y viejo amigo seguía en la casa disfrutando de lo lindo. Una vez más, aquel día tampoco llegaría a Moa con el poderoso deseo de visitar a su linda jevita. Y en ningún momento le vi nervioso ni preocupado por ello. “Ya iré mañana o pasado”, me respondió cuando en plan jodedor le recordé la matazón que arrastraba consigo al llegar a la casa.
            Los que tampoco parecían tener mucha prisa, y sin embargo sí la tenían, eran los músicos de Baracoa. Llevaban unas cuantas horas haciendo sonar a sus respectivos instrumentos musicales y a sus ya maltratadas gargantas. Pero recordé y les recordé el compromiso que debían cumplir en el Cabaret Las Palmas y, muy a nuestro pesar –ya que estábamos disfrutando todos sobremanera-, casi casi tuvimos que mandarlos de la casa para que llegaran al hotel, se dieran un baño y descansaran al menos un ratico. Antes, dado que Nicaro pertenece al municipio de Mayarí, quisieron poner el punto y final a la improvisada actividad con el Chan Chan de Compay Segundo, añadiendo además una larga y hermosa descarga.
            Al día siguiente –primero de enero de 2002-, para incomodidad de unos pocos y regocijo sin duda que de muchos, nuestra Revolución Socialista cumplió 43 años. Hoy ya más de 50 ¡Y no paramos!
[1] Por aquel entonces, el ministro del Ministerio de la Industria Básica (MINBAS) era Marcos Portal León. En la actualidad, desde octubre de 2004, dicho ministerio lo dirige la compañera Yadira García.
31 de diciembre ha sido tomado del libro Historias pequeñas de una isla grande, publicado en Baraguá y en Alai-amlatina (26 de mayo de 2008).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: