Cuba, EE.UU: Bush se va, la Revolución cubana continúa hacia adelante

Bush sabía que no era posible cumplir su promesa de destruir a la Revolución cubana, luego mintió descaradamente cuando dijo que acabaría con ella. Pero qué iba a importarle una mentira más o menos a un individuo que no mucho después ordenaría el inicio de una matanza, (in)justificada nuevamente con miserables mentiras y que a día de hoy supera con creces el millón y medio de personas asesinadas.

            En el transcurso de 2000, ávido por obtener los votos de la mafia cubano-americana en su competencia electoral contra Al Gore, George W. emBUSHtero llegó a anunciar públicamente que el problema de Cuba lo podía resolver él muy fácilmente. Y entre los métodos a utilizar para tratar de eliminar tan “ingente problema”, no descartaba el asesinato contra los dirigentes revolucionarios. Esto último, por su puesto, lo susurró a los oídos de sus mafiosos amigos, que también son indiscretos, por lo que al final todo se sabe. 

            El prepotente fascista debe saber bastante de prácticas siniestras, algo perfectamente entendible conociendo sus antecedentes familiares. Y es que los Bush cuentan, entre otras muchas perlas, con estafas y desfalcos por cuatro millones y medio de dólares al Broward Federal Saving, en Sunrise, Florida, o la estafa a millones de ahorristas del Banco de Ahorros Silverado, en Denver, Colorado.

Que el psicópata estadounidense rebosa nazismo hasta por las orejas es algo más que evidente. De Samuel Bush, su bisabuelo, podemos decir que fue la mano derecha del magnate del acero Clarence Dillón y del banquero Fritz Thyssen, quien escribió “Yo financié a Hitler”, afiliándose en 1931 al partido nazi. Acercándonos un poco más a nuestros tiempos, Prescott Bush, su abuelo, llegó a ser socio de Brown Brothers Harriman y uno de los propietarios de la Unión Banking Corporatión. Ambas empresas fueron de vital importancia en la financiación de Hitler en su ascenso hacia el poder alemán. Y su padre, todo el mundo sabe, llegó a ser director de la siniestra CIA, así como vicepresidente y presidente de los Estados Unidos con unos resultados no precisamente muy humanos y decorosos.

En Cuba no pasaron desapercibidas las amenazas del candidato republicano vertidas contra la Revolución. Pero su población ya estaba acostumbrada a escuchar bravuconadas semejantes por parte de los anteriores presidentes norteamericanos.

Fidel aprovechó su discurso por el 47 aniversario del asalto al cuartel Moncada, y, desde Pinar del Río, sede de aquel año, le recomendó: […] “señor Bush, si llega a convertirse en jefe de lo que ya no es ni puede llamarse república sino imperio, con espíritu de sincero adversario le sugiero que recapacite, deje a un lado la euforia y las calenturas de su Convención [Filadelfia, 2000], y no corra el riesgo de convertirse en el décimo Presidente que pasa de largo contemplando con amargura estéril e innecesaria una Revolución en Cuba que no se doblega ni se rinde ni puede ser destruida”.

Obviamente, Bush no le hizo caso y, llegado a la presidencia -de manera fraudulenta, por cierto-, comenzó con las hostilidades. El bloqueo ilegal fue endurecido -tarea harto difícil, pues la Helms-Burton de 1996 ya había colocado el listón muy elevado-, y la “oposición” mercenaria cobró nuevos bríos recibiendo el incremento de importantes sumas de dinero destinadas a la subversión contra el gobierno revolucionario.

De nada les sirvió -ni les sirve- tanto esfuerzo y tanto derroche monetario procedente del erario público. Han causado daño, es cierto, pero Cuba hace rato que aprendió a vivir sin la “ayuda” y las “recomendaciones” del imperio norteamericano, que para nada ha conseguido su perverso y enfermizo objetivo de destruir a la Revolución.

El 11 de junio de 2002, más de 9 millones de cubanos se manifestaron por las calles de toda la Isla, tras la convocatoria realizada sólo veinticuatro horas antes por el Comandante en Jefe. E incluso la cifra se queda corta, porque como el mismo Fidel dijo al día siguiente: “Conste que hicimos un informe restrictivo sobre cuanta gente se movilizó, porque las cifras reales que tenemos superan los 10 millones”.

Por si esto fuera poco, desde el sábado día 15 a las 10 de la mañana hasta el mediodía del martes 18 del mismo mes, la propuesta conjunta de las organizaciones sociales y de masas, para que quienes estuvieran en edad de votar expresaran con sus firmas la voluntad de reformar la Constitución, a fin de que constara en ella tanto el carácter irrevocable del socialismo como que las relaciones de la República con cualquier otro Estado no podrán jamás ser negociadas bajo agresión, amenaza o coerción de una potencia extranjera, fue refrendada por 8.188.198 ciudadanos cubanos y más de 10.000 que encontrándose en el exterior por diversos motivos enviaron su adhesión. Después, entre los días 24 y 26 de junio, durante la Sesión Extraordinaria realizada por la Asamblea Nacional del Poder Popular, se aprobó por unanimidad la Reforma Constitucional anteriormente citada.

Esta implacable lección la impartió el pueblo de Cuba en respuesta a los amenazadores e injerencistas discursos que el presidente Bush pronunció en Wáshington y en Miami -ante la gusanera en este último lugar- el día 20 de mayo y en la Academia Militar de West Point el primero de junio.

También respondiendo a nuevas agresiones imperialistas, el 14 de mayo de 2004 y con los dirigentes revolucionarios al frente, 1.200.000 personas marcharon en la “Protesta contra la política fascista de Bush” a lo largo del Malecón habanero.

La “Proclama de un adversario al gobierno de Estados Unidos”, leída por el compañero Fidel antes del inicio de la citada marcha, decía entre otras cosas lo siguiente: “Este pueblo puede ser exterminado -bien vale la pena que lo sepa-, barrido de la faz de la tierra, pero no sojuzgado ni sometido de nuevo a la condición humillante de neocolonia de Estados Unidos”.  

Mientras Cuba seguía luchando por la vida en el mundo, salvando cientos de miles de vidas de niños, madres, enfermos y ancianos con su admirable y generosa política internacionalista, Bush sembraba el terror matando a incontables personas con sus ataques indiscriminados, preventivos y sorpresivos.

Bush se va. Y no lo hace por la puerta grande, tampoco por la pequeña, sino reptando por la mugrienta rendija de un estrepitoso fracaso en todos los órdenes. Deja su cargo con dos guerras prendidas, cuyo fuego no domina y mucho menos consigue apagarlo. Deja la dirección del gobierno estadounidense con un planeta infinitamente más dañado, con muchos más hambrientos dentro y fuera de su “casa” y una convulsión a nivel internacional mucho más notable, si cabe. En cuanto a la economía de su país y la del resto del mundo, ya lo estamos viendo y viviendo todos estos días. Bush nacionaliza bancos. Recurre a métodos socialistas para rescatar al capitalismo de una crisis sin precedentes, ¡qué extraña paradoja! Eso sí, saneados los bancos con el dinero del contribuyente volverán a ser privatizados, serán comprados por las elites de siempre a precios de ganga.

Bush se va. Y lo hace observando con disimulada amargura cómo América Latina está mucho más unida que cuando llegó, más bolivariana y martiana que nunca. Una creciente ALBA nació ante sus propias narices enterrando al ALCA, que ya no respira; y el Tratado de Libre Comercio -TLC-, diseñado para expoliar a los países latinoamericanos, no acaba de coger impulso porque es rechazado por los pueblos.

Bush se va con más pena que gloria. Y es ya el décimo presidente de los Estados Unidos que tampoco pudo desaparecer a la Revolución cubana, esa que ahorita, como quien dice, cumple medio siglo de esplendorosa e imprescindible existencia.

2008 / 10 / 23


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