Narrativa: ADAEL

 
Adael (Dibujo: Paco Azanza Telletxiki)

Adael (Dibujo: Paco Azanza Telletxiki)

 
A Yamila y a Mariluz que, aunque en ella no aparecen, también protagonizaron esta historia. Al personal médico y humano del Hospital Clínico Quirúrgico“Lucía Íñiguez Landín” de Holguín.
 
Coño, Adael, no me jodas. Cierto que fui yo quien te hizo la pregunta y que tú tan sólo te limitaste a contestarla. Pero lo hiciste con tremenda naturalidad -sonrisa envidiable incluida- y eso fue lo que mató, lo que de verdad me dejó hecho un carajo.
No estábamos ni fiestando ni en la playa, sino en el Hospital Clínico Quirúrgico de Holguín, piso quinto, sala C. Hacía unos días que había llegado hasta allí para cuidar a un enfermo y mal-dormía sentado en un balance cuando, de pronto, la mano de una enfermera accionó el interruptor de la luz ametrallando despiadadamente las pupilas de mis ojos, que a duras penas pudieron captar la información ofrecida por las manecillas de mi reloj: tres y media de la mañana.
Eras tú quien acompañaba a la linda obrera vestida de blanco. Acababas de ingresar e inmediatamente te inyectaron una primera botella de suero, ya acostado sobre la cama número seis que te asignaron. Miraste curioso a tu alrededor y viste a unos cuantos curiosos que te miraban. Después, el martillo de la indiferencia clavó tu mirada en el techo de la habitación, momento en que la enfermera accionó de nuevo el interruptor, esta vez para apagar el sol artificial y dejarnos a oscuras.
Sentí un repentino alivio en los ojos y, tras comprobar que mi enfermo dormía sin aparentes problemas, me revolví en el balance para tratar de encontrar una postura lo más cómoda posible que me permitiera reconciliar el sueño.
Conseguí dormir algo antes de que se encendiera la luz natural de la calle. Por la ventana entró poco a poco cobrando más intensidad a medida que avanzaba la mañana, de modo que en esta ocasión mis ojos no sufrieron ningún tipo de atentado.
La actividad en todo el hospital ya era notable: la gente se aseaba en los baños, las encargadas de la limpieza cumplían con su pulcro deber, los médicos iniciaban la visita a sus enfermos…
Conversé y atendí durante un buen rato a la persona que cuidaba. Pero su estado de salud tan delicado no le permitía demasiados esfuerzos, así que, dejándole descansar, me refugié en la lectura de un libro huyendo tal vez del tedio, probablemente de la creciente preocupación que me embargaba. Tú, en cambio, piel amarilla, ojos saltones de idéntico color y cuerpo enteramente inflamado, charlabas sin parar con renovada energía y con esa sonrisa tan intacta como envidiable que habitaba en tu cómico rostro. Seguí leyendo Con pies de gato de Miguel Barnet durante un buen rato. De vez en cuando, entre poema y poema, observaba tu inalterable comportamiento. Hasta que decidí salir al pasillo de la planta para desentumecer las piernas caminando sobre sus relucientes baldosas.
De regreso a la habitación todo seguía igual, los enfermos permanecían acostados en sus camas y los acompañantes, tratando de combatir el aburrimiento, ayudándoles en todo lo que podían.
Como mi paciente estaba dormido y en ese momento era la soledad quien te acompañaba, me acerqué a tú lado. Así fue que comencé a hablar contigo, así supe que te llamabas Adael, que vivías en Velasco, que tenías familia en Mayarí, muy cerquita de Nicaro, el pueblo donde vivo yo y casi toda mi gente de acá, de la Isla. Así me enteré también, haciéndote la típica y obligada pregunta, del alcance de tú enfermedad. Recuerdo, te pregunté: ¿qué es lo que tú tienes?, ¿por qué te ingresaron? Y tú, con la dulce y envidiable sonrisa que nunca se ausentaba de tú rostro, me golpeaste bien duro con la respuesta: cirrosis hepática.
Coño, compay, a quién se le ocurre proporcionar una información tan nefasta con esa cara de cumpleaños, utilizando además un tono de voz como si dijeras: tengo un resfriado.
Del carajo, oye. Verdad que me dejaste más muerto que vivo. Balbuceé unas cuantas palabras, para salir del paso, tratando de animarme más que de animarte, porque paradójicamente yo más que tú lo necesitaba. Recordé que, aunque con enfermedad diferente, mi paciente hacía tiempo también transitaba el camino del que ya nunca se vuelve.
Pasaron varios días, como cinco, más o menos. Atardecía al otro lado de los cristales cuando, inesperadamente, te levantaste de la cama. Hasta aquí todo fue normal, pero calzándote una sola cutara y borrando la sonrisa de tu rostro comenzaste a caminar por la habitación, primero, para extenderte por el pasillo de la planta después. Quizá se te veía más amarillo y más hinchado que en los días precedentes, no lo sé. El caso es que me preocupaste, sobre todo cuando te advertí que habías dejado la otra cutara al pie de la cama y no me hiciste caso, tú que ya eras mi amigo.
Seguí la evolución de tu nuevo comportamiento. Me acerqué hasta donde estabas. “¿Qué es lo que te sientes?”, te pregunté. “¿Qué es lo que te pasa?” Y volviste a responder con una ráfaga de silencio. “¿Llamo a alguien?” Fueron vanos mis esfuerzos por arrancarte alguna palabra, de modo que puse en conocimiento de la enfermera tu estado tan preocupante y llamaron con carácter de urgencia a la doctora de guardia.
A mi regreso te encontré sentado en el borde de tu cama, con las piernas colgando hacia afuera, sin tocar el suelo. Volví a hacerte las mismas preguntas y, he aquí que esperando escuchar alguna tranquilizadora respuesta, me llevé un susto de muerte. Sin previo aviso vomitaste sangre oscura, casi negra, en cantidades tan exageradas que parecías la fuente de un parque o de una rotonda: embarraste toda la cama, el piso y las paredes. Yo di un brinco tan grande hacia atrás que me libró de la embarrazón y, aunque eso no hubiera sido mayor problema, afortunadamente sólo me salpicaste los zapatos.
Tremendo revolico el que formaste, viejo. Tremendo corre-corre el que se formó.
Llegó la doctora y sus ayudantes. Te suministraron… qué sé yo cuantas cosas; tan asustado como estaba mirando desde el pasillo apenas veía nada. Volviste a vomitar otro chorro grandísimo de sangre acompañado de unos trozos feísimos -de hígado, me dijeron después…- y delirabas. Por fin hablaste, aunque pronunciabas las palabras sin sentido. A veces llamabas a tu madre y repetías hasta la saciedad tu propio nombre: Adael, Adael, Adael…
Dabas pena, compañero, y, envuelto en toda aquella cagazón, por qué no decirlo, asco también.
Debían de ser como las cuatro y pico de la mañana cuando los acompañantes de los enfermos pudimos pasar a la habitación, ya limpia, para acomodarnos en los balances y tratar de dormir un poco. ¿Dormimos algo en lo que quedaba de noche? Por lo que a mi respecta, amanecí recordando las conversaciones que hasta la fecha había mantenido contigo, tus movimientos por toda la Isla, tus trabajos, tus amoríos… la friolenta cantidad de botellas de ron que te has tomado a lo largo de toda tu vida. Y, a la verdad, en aquel extraño momento se me quitaron las ganas de tomar cualquier bebida que fuera más fuerte que el agua.
“Yo tengo el hígado desbaratado por la tomadera de ron, de eso no me cabe la menor duda -monologaste una aburrida tarde, mientras el sol arremetía en la calle y yo, sin interrumpirte un solo instante, escuchaba ensimismado tu descarga-. Aquí no hay ni cirrosis hepática accidentalmente adquirida ni ninguna otra bobería… Pero no te creas que toda mi vida ha sido jarana y jodedera ¡nooo! A mí siempre me ha gustado mucho fiestar, eso es cierto. Y es que la compañía de unos buenos amigos, de unas botellitas de ron y de una guitarra, ¡carajo!, es algo inenarrable. Imagínate si a tan tentadores ingredientes le añadimos además una linda jevita, ¡ya pa qué!, la perdición. Fíjate que estoy más muerto que vivo y de sólo recordarlo me entran tremendos deseos de saltar de la cama… ¡Vaya p’al carajo! No obstante, como digo, a pesar de mis etílicas aficiones nunca dejé de lado mis obligaciones para con este pueblo nuestro.
Yo fui vanguardia en el trabajo en numerosas ocasiones, y ya tú sabes los grandes esfuerzos que ese reconocimiento exige. Empecé bien jovencito a trabajar de albañil, como a los diecinueve, creo recordar. Con veintiuno recién cumplidos integré un contingente de la construcción que, durante años, se movió por toda la Isla. La recorrí casi enterita. Pasé por Guantánamo, Santiago de Cuba, Granma, obviamente Holguín, Las Tunas, Camagüey… vamos, por todas las provincias menos por Pinar del Río; lugar en el que también estuve en varias ocasiones, pero por motivos ajenos al trabajo. Concretamente para visitar a un amorcito que tuve en aquella ciudad y que, previamente, había conocido en Cienfuegos. Una hembrita bien linda, por cierto. Tremenda pastilla, verdad que sí.
Construimos cantidad de escuelas, fábricas, hospitales, consultorios, policlínicos, edificios de apartamentos… En unos pocos años, a pesar de las dificultades económicas y lógicamente de la escasez de materiales, nuestra Revolución construyó lo que los gobiernos títeres, más ocupados en llevarse la plata al bolsillo y de chuparle el fotingo a los Estados Unidos, no fueron capaces de levantar en décadas.
Pasaba mucho tiempo fuera de mi Velasco natal, pero, aunque a veces extrañaba bastante a mi gente, fue una época que recuerdo a menudo con sumo agrado. En 1964 nuestro contingente llegó a La Habana. Allá estuvimos como cinco meses construyendo unos edificios de cuatro plantas. Ese año no se me olvida, porque, coincidiendo con el Primero de Mayo en la capital del país, acudimos a la concentración de la Plaza de la Revolución. Fue realmente impresionante, oye. Aquel día fue la única vez que vi en persona al Che y a Fidel. No los vi muy de cerca, pues estábamos más de un millón de personas reunidas, pero tampoco quedaban tan distantes. Che y Fidel, sí señor: dos nombres con tremendísima e imborrable huella en la historia de Cuba y de Nuestra América.
Un día me topé en una obra con un albañil de otro contingente que había conocido al Che. Coincidió con éste en 1960, durante la construcción de una escuela en El Vedado. A este lugar acudió el Che para ejercer el trabajo voluntario que él mismo había precursado. Y, según dijo mi compañero, y le creí, nuestro Guerrillero Heroico trabajó de lo lindo; levantó tabiques como loco. Y no era la primera vez que el Che participaba en estos trabajos…, ni la última. A lo largo de su estancia en Cuba trabajó incansablemente en el campo y en las fábricas, acumulando infinidad de horas y de jornadas de trabajo voluntario.
Él siempre predicó con el ejemplo. Por eso nosotros siempre le quisimos tanto, y le queremos todavía, claro, porque muerto no está ¿oíste? Su ejemplo siempre será tenido en cuenta por nuestro pueblo.
Lástima no haber coincidido yo también con él. Qué le vamos a hacer… Hubiera sido una experiencia maravillosa.
Óyeme, tremenda la jornada que vivimos todos los trabajadores aquel Primero de Mayo… inolvidable. La primera vez que se celebró ésta efeméride en La Habana fue en 1890, dos años antes de que Martí creara el Partido Revolucionario Cubano para hacer la Revolución de 1895.
Después, con la concentración ya dispersa, cada uno se fue por su lado. Yo me fui a fiestar con unos compañeros. Montamos una buena, ya lo creo que sí la montamos. No faltó la guitarra, las claves, las maracas, el tres, el contrabajo, los tambores… y los timbales. Junto a la alegría, la bebida corrió a raudales y, como no podía ser de otra manera, el ron acabó haciendo de las suyas en nuestros entusiastas cerebros al final del día.
Todavía era joven y asimilaba bien las tomaderas y la escasez de sueño y de descanso. De todos modos, no sólo fiestaba y trabajaba. No tantos como botellas bebidas, pero también leí cantidad de libros, por ejemplo. Siempre fui un buen lector. Por mis manos pasaron cientos de libros. Leí novela, cuento, poesía, ensayo… De José Martí casi todo…, y a Marx y a Lenin también les di mi buen repaso.
Todos estos días te he observado lo mucho que has leído sentado en el balance, y me has recordado cantidad mis tiempos de lector empedernido. Ayer estuve a punto de pedirte un libro para leer un rato. Pero, ¡qué va!, ya no tengo ni el deseo ni la capacidad de concentración que el ejercicio exige para que éste sea pleno y placentero. Lo que es una lástima, porque, reunidos ambos requisitos, se disfruta cantidad. Yo casi siempre andaba con un libro en el bolsillo. Después del almuerzo no hacía otra cosa: me apartaba de mis compañeros y durante una hora y media o dos, hasta el inicio de la segunda mitad de la jornada, me dedicaba a la lectura. Y eso era casi todos los días. Porque, ¿sabes?, durante las jornadas laborales yo nunca me di ni un solo buche. Después sí, después por las noches me pasaba de copas en infinidad de ocasiones. Sí, es cierto que muchas veces llegaba al trabajo con mi buena resaca, no lo voy a negar; pero nunca, jamás maté al ratón los días de semana, aunque sí lo hice, y no pocas veces, durante los sábados y domingos u otros días de descanso. ¡Qué tiempos aquellos! A veces pienso en ellos y siento que los extraño cantidad. Otras veces, sólo de brevemente pensarlo, me entran escalofríos.
Llegó el momento en que los médicos me advirtieron seriamente que de seguir tomando… ¡Coño!, ya yo era un enfermo. Pero, ¡qué va!, era demasiado el vicio que había adquirido y, aunque a veces conseguí beber menos, e incluso nada, las recaídas no tardaban en llegar tras los breves períodos de abstinencia. Aunque, si quieres que te diga la verdad, no me arrepiento de nada de lo que hice. Me gustaba el ron y la música y, con ambos ingredientes, siempre disfruté de lo lindo. Las mujeres nunca me fueron mal tampoco; más bien todo lo contrario. ¡La de jevas que tuve a lo largo y ancho de toda la Isla…! Y ¿qué más podía pedir a la vida? Al fin y al cabo, en el supuesto que no salga de ésta, tampoco me voy a morir tan joven. Ahora tengo sesenta y ocho años. Ya tú sabes que acá los hombres nos jubilamos a los sesenta y las mujeres a los cincuenta y cinco. De modo que llevo ocho añitos sin las preocupaciones que a menudo genera el cumplimiento del trabajo.
En cualquier caso, confieso que por nada del mundo quisiera acabar mis días. Pero, si ya llegó el momento, tampoco es cuestión de recurrir a las lamentaciones. Además, el lamento es una medicina que nunca cura ni mejora las enfermedades; en todo caso siempre las agrava. ¿No es verdad? ¡Ay, carajo!
Lo cierto es que llevaba un tiempecito sin tomar, pero el otro día me dio por coger una botella… y la recaída, ya tú ves, fue impresionante.
Si algo me tranquiliza, en toda mi decadencia actual, es el haber comprobado como en este país al ser humano se le trata como tal. Estoy más que sentenciado a muerte y, sin embargo, ¿viste que bien me tratan todos los médicos y todas las enfermeras? Acá no se escamotean ni cuidados ni recursos, aunque la batalla ya esté perdida. No como en muchos países capitalistas, donde a las máquinas se les trata mejor que a las personas, máxime si a estas ya se les ha exprimido todo el zumo que tenían…”
Amaneció. Contra todo pronóstico, tú también amaneciste. Pocos o nadie -yo incluido- pensaba que íbamos a sentirte respirar con las primeras luces del día. En cualquier caso, “de hoy no creo que pase”, nos dijimos todos con evidente tristeza.
La actividad clínica siguió su curso normal. A media mañana te llevaron a otra sala, y no pude despedirme de ti porque estabas sedado. Pensé que más nunca te iba a ver.
Pasados unos días de tan lamentable suceso, salí del hospital para ir al pueblo. Pero regresé cuarenta y ocho horas después con una ambulancia para llevar a mi enfermo a Nicaro. Resolvimos que pasara sus últimos días en su entorno habitual.
Así que a Holguín me llegué de nuevo. Ya el elevador me había dejado en el quinto piso del hospital y caminaba por el largo pasillo cuando, desde el interior de la habitación anterior a la cual yo me dirigía, me llamaron pronunciando varias veces y bien clarito mi nombre. Me quedé asombrado al comprobar quién era la persona que me llamaba. Eras tú, Adael, y yo, tantos días después de tu vomitera, qué carajo iba a pensar que estabas vivo todavía. Para serte sincero, te creía ya habitante del cementerio; aunque, claro, no te lo dije. Te hallé conectado a una enésima botella de suero -entre botellas has pasado toda la vida, puñetero-, muy mejorado, con bastante mejor aspecto que cuando ingresaste -sonrisa envidiable incluida-. Hablabas, claro que hablabas -te salían palabras hasta por las guatacas-, y nos fundimos en un emotivo abrazo.
Me pediste un cigarro. “No tengo”, contesté a tu petición… y era verdad. Pero sentí pena. “Enseguida vuelvo”, te dije, y regresé al ratico con un popular encendido entre los dedos de una de mis manos. No sé si debí dártelo, porque de sobra sabía que no te convenía fumar, pero viéndote tragar el humo tan contento se disiparon todo tipo de remordimientos y de dudas, y seguimos hablando hasta que llegó la despedida: “Cuando salga de aquí y vaya a Mayarí a visitar a mi familia, me acercaré hasta Nicaro para haceros una visita a vosotros también”, me dijiste poniendo punto final a nuestra inesperada conversación. “Ojalá sea pronto. Serás bien recibido”, te respondí. Y un apretón de manos acompañó a las últimas palabras.
Dado lo avanzado e irreversible de tu enfermedad no creo que actualmente, dos años después, sigas con vida. La lógica dice que debes de estar en el subsuelo de esta hermosa y querida tierra. Pero cosas más extrañas se han visto y nunca se sabe. En cualquier caso, estés donde estés, ahora y mientras escribo estas líneas, un buen roncito cubano es lo que me tomo en tu vivo recuerdo, en tu viva memoria.

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