El pajarillo

—No, no os voy a comprar un pájaro y una jaula —dijo con cara de adversas circunstancias un padre a sus hijos—. Por contra, os contaré el por qué de mi tajante actitud.

Como todo el mundo, yo también tuve vuestra corta edad. Por aquel entonces, un mal día —entonces creí que era bueno— llegó un tío mío a pasar una temporada en nuestra casa; vivía fuera, tenía vacaciones y quería dedicarlas a convivir con nosotros.

Recuerdo muy nítidamente la jubilosa entrada que realizó cuando, tras oír sonar el timbre, le abrí la puerta. Yo, de un salto, quedé colgado de su cuello. Él no pudo hacer otra cosa que aguantar mi alocado recibimiento, pues en una de sus manos traía una enorme maleta —más tarde, cuando la dejó apoyada en el suelo, intenté levantarla pero no pude con ella— y en la otra lo que instantes después sería el regalo para mi y para mi hermana: un hermoso pajarillo en el interior de una jaula.

Inmediatamente, le pusimos agua y alpiste en unos pequeños recipientes. En todo el día no nos separamos de él. Algunas veces le poníamos entre barrote y barrote de alambre la punta de nuestros dedos, pero pronto desistimos de ello, al comprobar que, en vez de entender nuestras buenas intenciones, en su asustadiza huida se golpeaba contra el techo y las paredes.

Tardé una buena temporada en oírle cantar. Transido por la tardanza, mis padres me consolaban diciendo que era normal que no escuchara su canto en unos cuantos días, hasta que se acostumbrara a su nueva vida, a su nuevo hogar.

Y fueron pasando los días y, casi sin darnos cuenta, a mi tío se le acabaron las vacaciones. Se sucedieron los meses, incluso los años.

Un buen día —a pesar de todo, este sí que fue bueno—, tras esperar a que mi hermana saliera de la escuela, nos fuimos a casa a dejar los libros y a merendar antes de salir de nuevo a la calle para jugar un rato con los amigos. Cuando abrimos la puerta mis oídos percibieron el canto del pajarillo y, ensimismado, le dije a vuestra tía:

—Escucha, qué bien canta, qué alegre canción.

Mi hermana —dos años mayor que yo y, a buen seguro, mucho más sensata— me contestó:

—No, no es precisamente alegría lo que expresa en sus cantos. No canta de gozo, sino de dolor. Recuerda que está en una jaula.

—Sí, pero él ya se ha acostumbrado a vivir aquí —dije yo señalando a su prisión—. Nosotros le queremos y no le falta comida.

—Eso es cierto. Sin embargo, la vida no solo consiste en llenarse el estómago. Existen otros alimentos que no pasan necesariamente por la boca.

—¿Cual? —pregunté ciertamente sorprendido.

—La libertad, por ejemplo.

—¿Y tanto tiempo viviendo aquí no se morirá? Estamos en invierno. ¿Encontrará comida por ahí? —me resistí, quizá, a ver volar al pajarillo hacia rumbo desconocido.

—Algunos con la muerte encuentran la libertad —sentenció mi hermana.

Su última frase me sonó extremadamente dura, pero, comprendiendo que ella tenía razón, descolgué la jaula de su sitio y, colocándola sobre las baldosas del balcón, abrí su puerta de par en par. El pajarillo comenzó a golpearse contra el techo y las paredes, pero, tan pronto como se dio cuenta de la maniobra que hizo mi temblorosa mano, salió volando… ¿hacia la preciada libertad? ¡Qué sé yo…!

Ese mismo día, ya ausente la tarde, los transeúntes que pasaron por las inmediaciones de mi portal pudieron ver sobre las bolsas de basura una jaula vacía, repleta de soledad.

Más angustiado que otra cosa, aquella noche empapé de lágrimas la almohada. En cuanto al pajarillo, no lo volvimos a ver hasta pasados tres días. Lo encontramos mi hermana y yo una mañana cuando íbamos a la escuela, sobre la hierba del jardín, junto a las prímulas rojas. Su cuerpecito, cubierto por la escarcha, estaba tan duro como una piedra. Hoy es el día que todavía desconozco si encontró o no la libertad que se le había negado, y, obviamente, nunca llegaré a saberlo; lo cierto es que el pajarillo estaba muerto.

Así que, muchachos, ya sabéis —concluyó el padre visiblemente emocionado—. No os voy a comprar un pájaro y una jaula. Tal vez, si queréis, os compre un rompecabezas que, aunque su nombre suena muy mal, es un juego educativo.


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