Carcajadas

Todo eran risas y carcajadas en aquel hombre que un día encontré parado en la acera de una ruinosa calle. Me llamó mucho la atención, por lo que me detuve, sin que él me viera, a observarle durante unos minutos. Se reía de otro hombre que presumible-mente se encontraba en la otra acera, al otro lado del asfalto.

—¡Feo! ¡Desgraciado! ¡Monigote!… — envalentonado le gritó el primero al segundo.

Continué observando sin ser visto, cuando el receptor de los insultos desapareció repentinamente. Justo al mismo tiempo el insultador, todavía con la sonrisa dibujada en su demacrado rostro, reanudó la marcha por un camino que no sé adónde le conducía.

Había permanecido largo rato delante de un reflectante escaparate, sin haberse dado cuenta de lo mucho que se había insultado a sí mismo.


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