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	<title>Baraguá &#187; Narrativa</title>
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	<description>Paco Azanza Telletxiki</description>
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		<title>Baraguá &#187; Narrativa</title>
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		<title>31 de diciembre</title>
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		<pubDate>Wed, 05 Aug 2009 10:16:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>baragua</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuaderno de la Resistencia Escrita]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[ UNO
            -Mira quien viene –dijo de pronto mi hembrita desde el balcón del apartamento.
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			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p align="center"><strong> </strong><strong>UNO</strong></p>
<p style="text-align:justify;">            -Mira quien viene –dijo de pronto mi hembrita desde el balcón del apartamento.</p>
<p style="text-align:justify;">Y yo, curioso, me asomé apoyado en la barandilla dejando sobre la mesa el libro –<em>Oficio de Ángel </em>de Miguel Barnet- que placidamente leía en ese momento.</p>
<p style="text-align:justify;">            Una cuarta planta en La Siberia no queda tan lejos del suelo, pero existe cierta distancia que, unida al factor sorpresa, pueden convertir lo evidente en algo confuso.</p>
<p style="text-align:justify;">            Venía mi cuñada. Con su inconfundible y elegante caminado, a la trigueña sí la reconocí al instante. Al otro lado de la carretera se hallaba parqueada una guagüita blanca, de donde al parecer se había bajado.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¿Y esa cantidad de hombres que vienen junto a ella?</p>
<p style="text-align:justify;">            -Son nueve –puntualizó la divulgadora de la noticia.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Creo que tienes razón –dije haciendo un rápido recuento.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Lemay viene entre ellos.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¡Coño, pues es verdad!</p>
<p style="text-align:justify;">            No había tenido casi tiempo de asentir y el propio aludido, ya cruzada la carretera, nos saludó desde abajo agitando las manos por encima de su cabeza.</p>
<p style="text-align:justify;">            Le devolvimos el saludo. Cuando al entrar en el portal les perdimos de vista, giramos 180 grados a nuestros cuerpos, cruzamos la sala y abrimos la puerta del apartamento para recibir de buen grado a la inesperada visita.</p>
<p style="text-align:justify;">            Los abrazos y los saludos, junto a las palabras que habitualmente se utilizan en estos casos, fueron los protagonistas de los primeros minutos.<span id="more-883"></span></p>
<p style="text-align:center;"><strong>DOS</strong></p>
<p style="text-align:justify;">Ellos son de Baracoa y de allí mismo venían. Son músicos y un día antes fue que llegaron al pueblo.</p>
<p style="text-align:justify;">            Cada 31 de diciembre, desde hace unos años, el ministro del MINBAS [<strong>1</strong>] tiene la buena costumbre de acudir a Nicaro para compartir el fin de año con los trabajadores más destacados de la fábrica. En el Cabaret Las Palmas es donde se celebra la comida y, en aquella ocasión, mis amigos eran los encargados de amenizar la actividad.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¿Dónde estáis hospedados? –pregunté a Lemay en medio del tremendo y lógico revolico.</p>
<p style="text-align:justify;">            -En el hotel Miramar. Actuamos esta noche y mañana al mediodía, más o menos, regresamos a Baracoa.</p>
<p style="text-align:justify;">            Afortunadamente teníamos en la casa una botella de Guayabita del Pinar. Mi siempre atenta mujercita se acordó de ella y la sacó del armario para brindarles la pinareña bebida. Estábamos bastante gente, de modo que no dio para mucho, pero lo que sí hicimos fue conversar cantidad durante más de una hora&#8230; de la gente de acá, de la de allá, de música, de literatura&#8230; qué sé yo, de muchas cosas.</p>
<p style="text-align:justify;">            Y mientras tanto, como norma habitual en momentos tan placenteros, el tiempo pasó sin dejarse ver y de manera vertiginosa.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¿Qué van a hacer esta tarde? –preguntó Lemay con todos los compañeros ya parados de las sillas para marcharse.</p>
<p style="text-align:justify;">            -A la noche comeremos en Levisa con la familia. Y a la tarde&#8230; nada, estar aquí en la casa.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¿Qué os parece si dentro de un rato volvemos con los instrumentos y cantamos algunas canciones?</p>
<p style="text-align:justify;">            -¡Coño, bacán! Vengan, les estaremos esperando.           </p>
<p style="text-align:justify;">            -Eso está hecho. Ahora vamos a almorzar en el hotel y ahorita volvemos.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Oye, ¿no será demasiado el trajín para tener que responder a la noche en la actividad del ministro? –pregunté por miedo a que su tamaña generosidad de alguna manera pudiera perjudicarlos.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Los buenos amigos son tan importantes o más que los ministros. ¿No opinas lo mismo?</p>
<p style="text-align:justify;">            -Gracias, compay. Estamos completamente de acuerdo.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Entonces, ¿ahorita nos vemos?</p>
<p style="text-align:justify;">            -Vamos a montar una buena. No nos embarquen –Lemay no es ningún barco, pero ya me había embullado sobremanera con la propuesta y la sola idea de que por causa ajena no acudieran a la cita, ¡carajo!, me ponía más que nervioso.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Despreocúpate –ya ellos bajaban las escaleras revolviendo con su alegre bulla a toda la vecindad.</p>
<p style="text-align:justify;">            Nos asomamos al balcón. Empezaron a salir a la calle y todo sucedió como cuando llegaron, sólo que a la inversa. Montados en la guagüita blanca aquellos buenos amigos desaparecieron rumbo al CINCO de Nicaro.</p>
<p style="text-align:center;"><strong>TRES</strong></p>
<p style="text-align:justify;">El silencio casi absoluto llegó de nuevo a la casa y, en medio de aquella paz recién recuperada, resolvimos que acontecimiento semejante requería el acompañamiento de unos tragos. No necesariamente, pero sabido es que unos buchecitos de ron o de cerveza hacen buena liga con el canto y el baile. Y, como las escasas existencias etílicas las teníamos agotadas, decidimos salir mi hembrita y yo a la calle en busca de ambas bebidas, mientras las otras dos mujeres de la casa se quedaban preparando el almuerzo.</p>
<p style="text-align:justify;">            Ya abajo, no tuvimos necesidad de esperar a la guagua ni de hacer botella. En la orilla de la carretera encontramos a un par de compañeros que en ese momento cambiaban una de las ruedas de la máquina. Hacía un ratico, el clavo de la casualidad había ponchado la goma justo debajo de nuestro edificio y allí encontramos, a los dos, fajados con el gato y con el repuesto. Pronto, sin embargo, finalizó la faena y, ya con la herramienta acomodada en el maletero y los tornillos debidamente apretados, partimos con <em>Amo esta Isla</em> sonando a medio volumen en la grabadora del vehículo.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¿A dónde os llevo exactamente? –preguntó el chofer virando hacia atrás ligeramente la cabeza.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Déjanos en el Círculo Social. A ver si allí encontramos algo de lo que te dije. Después ya veremos.</p>
<p style="text-align:justify;">            Como casi siempre a esas horas del día, La Pasa era un hervidero de gente. En ese lugar recogimos a una amistad del copiloto y, con su casco de obrero incluido, en el ECRIM lo dejamos. También encontramos y saludamos a un compañero mío, pero este último no montó en la máquina porque esperaba a la guagua de Mayarí, en dirección contraria a la nuestra.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Si aquí no encontráis lo que buscáis, seguro que en el Miramar aparece algo –dijo el chofer casi un kilómetro más adelante, estacionando el Chevrolet del 54 frente a la puerta del Círculo.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Algo habrá, no te preocupes.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Mira, mi socio, nosotros vamos al UNO a hacer un mandado. A la vuelta, si queréis, pasamos por el hotel y os recogemos, dentro de una hora más o menos. ¿Qué tú dices?</p>
<p style="text-align:justify;">            -Está bien. Hasta ahorita y muchas gracias, mi hermano.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Por nada, muchacho, nos vemos.</p>
<p style="text-align:justify;">            Aquella mañana y a orillas del mar todo resultaba bello. El día era radiante. Las pencas de las palmas bailaban un bolero incitadas por el suave empuje de la brisa marina. A veces, sólo de vez en cuando, el ritmo del aire se aceleraba y el tierno bolero se convertía en apasionante guaracha.</p>
<p style="text-align:justify;">            En el momento de nuestra llegada encontramos el lugar bastante solitario. No había niños ni niñas zambulléndose en las aguas saladas, imagen tan habitual durante las vacaciones de verano. A pesar del receso que por estas fechas los muchachos siempre disfrutan y de que nuestro invierno es de risa –según un amigo que tengo en Europa-, acá, en Cuba, aunque a veces lo hagamos, no tenemos costumbre de bañarnos ni en los ríos ni en las playas en esta época del año.</p>
<p style="text-align:justify;">            A todo eso, del Círculo Social salimos con una sola botella de ron entre las manos para dirigir nuestros pasos hacia el hotel Miramar. Llegados a nuestro destino, rodeamos el edificio con la intención de entrar por la puerta de atrás. La música sonaba en directo y, sabiendo que nuestros amigos de Baracoa se hospedaban en este lugar, pensamos que eran ellos quienes hábilmente manipulaban los instrumentos musicales y las voces. No nos equivocamos. El camarero abrió la puerta haciéndose más notable el volumen de la hermosa canción que sonaba en ese momento. Y allí encontramos a los músicos, disfrutando de lo que siempre han disfrutado. No esperaban vernos hasta la tarde, pero, como no podía ser de otra manera, la sorpresa para ellos fue agradable y el recibimiento para nosotros más que excelente. Sobre la barra encontramos algunas botellas vacías, causantes sin duda, junto a la evidente complicidad de la música, de la alegría que en el lugar se respiraba a raudales.</p>
<p style="text-align:justify;">            Compartimos bebida con ellos, charlamos, bailamos y cantamos durante más de dos horas en calidad de invitados. Hasta que volvimos a separarnos con la intención de volvernos a juntar poco tiempo después en nuestra casa.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Ahorita nos vemos –dijeron al unísono casi todos cuando salíamos a la calle.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Allá os esperamos –contestamos nosotros, al unísono también, y la puerta del bar se cerró a nuestras espaldas disminuyendo, para nuestros oídos, el volumen de la música que aún se quedó sonando en el interior del local.</p>
<p style="text-align:justify;">            Los amigos del Chevrolet<em> </em>ya habían ido cuatro veces a buscarnos, así que por fin salimos del lugar, y lo hicimos dirigiéndonos hacia el DOS sin más botella que la comprada en el Círculo Social. El ron recién sacado del hotel era difícil de compartirlo: dentro de nuestros cuerpos era donde lo llevábamos. De modo que en el DOS compramos tres botellas –ya sumaban cuatro- y una caja de cervezas.</p>
<p style="text-align:justify;">             Minutos después estábamos otra vez en La Siberia y, al pie del primer edificio, nos despedimos de los compañeros de la máquina que la pusieron en marcha, nada más bajarnos, para desaparecer curva a la derecha rumbo a Levisa.</p>
<p style="text-align:center;"><strong>CUATRO</strong></p>
<p style="text-align:justify;">Acomodados en la sala como buenamente pudimos, arrancaron con <em>Un montón de estrellas</em> del recién fallecido Polo Montañez. Siguieron con <em>Cómo fue </em>de Ernesto Duarte, <em>El credo</em> de Carlos Puebla&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">            El 31 de diciembre es fácil ver en la calle a la gente asando machos a la púa. Es una costumbre muy extendida en toda la Isla y, aunque las negativas consecuencias del período especial la difuminara un poco, sigue siendo habitual la imagen del puerquito convirtiéndose de blanco a trigueño y de trigueño a mulato en medio de envidiable camaradería. Tampoco es extraño escuchar, a todo volumen y a través de las ventanas de los apartamentos, la música de las grabadoras; los alegres decibelios que arrojan sus bocinas contribuyen en gran medida al buen transcurrir de la festiva jornada.</p>
<p style="text-align:justify;">            Aquella tarde, sin embargo, cuando los vecinos de la zona escucharon los iniciales compases de la primera canción, hicieron enmudecer repentinamente a todos sus aparatos. Asomándonos al balcón, comprobamos cómo el personal escuchaba y bailaba en los balcones y en las aceras al ritmo de la música que sonaba en nuestra casa.</p>
<p style="text-align:justify;">            &#8230;<em>Perfidia </em>de Abel Domínguez, <em>Son de La Casa de la Trova</em> de Julio Rodríguez, <em>Yiri Yiri Bon </em>de Benny Moré&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">            Supongo que serían como las tres de la tarde. Con la puerta del balcón abierta de par en par y el ventilador trabajando al máximo de sus posibilidades, los ríos de sudor corrían por la piel de cada uno de los fiestantes desembocando en un hermoso Caribe de gozo y bienestar.</p>
<p style="text-align:justify;">            Un viejo y joven amigo llegó a la casa más despistado que otra cosa. Sofocado por el calor y las escaleras que hubo de ascender para llegar al apartamento, no necesitó llamar a la puerta porque la encontró abierta.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¿Qué bolá? –preguntó asomando la cabeza antes de entrar, todavía con la respiración algo acelerada.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¡Entra, muchacho, no te quedes ahí parado! –le invitó mi hembrita.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Subí porque escuché música desde abajo. Tenéis a todos los vecinos revueltos. ¿Qué es lo que es?</p>
<p style="text-align:justify;">            -Nada, una fiestecita que hemos improvisado.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¡Coño!, pues vaya una improvisación más buena.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Quédate si te apetece, ya tú sabes, ésta es tu casa.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Claro que me apetece, pero no puedo quedarme. Voy echando.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¡Eh!, ¡eh! ¿Cual es tu matazón?</p>
<p style="text-align:justify;">            -Estoy cogido, comay. Me esperan en Moa y todavía no sé ni cómo voy a ir.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Pero ¿tan importante es que vayas ahora mismo?</p>
<p style="text-align:justify;">            -Imagínate, hace tres días que me están esperando. Si hoy tampoco aparezco ¿ya para qué? Cuando acabe de llegar seguro me botan.</p>
<p style="text-align:justify;">            -No jodas, compay. Déjate de boberías. Quédate aunque sólo sea un ratico que, como ves, la fiesta está buena y el roncito que te vas a tomar mucho mejor todavía –le dije yo entrando en la conversación y sirviéndole una copa.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Está bien, pero sólo una y me fui, que te conozco.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Como quieras.</p>
<p style="text-align:justify;">            Igualmente despistado y sofocado, llegó poco después un vecino de la escalera pidiendo una llave para desarmar la pluma del lavamanos y, saboreando la copa de ron que también le brindamos, el plomero de ocasión se sumó a la cantadera olvidándose de reparar la avería.</p>
<p style="text-align:justify;">            &#8230;<em>Lágrimas negras </em>de Miguel Matamoros, <em>Cuidao, compay gallo</em> de Ñico Saquito, <em>Tú no sospechas </em>de Marta Valdés&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">            La población cubana, así como la del resto de América Latina, tiene fama de ser bastante tranquila. Y creo que es verdad, que así es como somos, lo cual, ante el espantoso comportamiento de algunas personas de otros lugares que nos visitan, me parece de una costumbre muy saludable.</p>
<p style="text-align:justify;">            Resulta de una comicidad impresionante ver a turistas de&#8230; de Europa, por ejemplo, siempre corriendo, siempre apurados. Están acá de vacaciones y sin embargo parece que acaban de salir de la casa y llegan tarde al trabajo. ¿Para qué tanta corredera, carajo, si además casi nunca resuelven nada y casi nunca llegan a ninguna parte? Parece ser que vienen de allá tan acelerados -¿será la vida tan agitada y estresante que llevan en sus originarios países?- que se pasan toda la estancia dando patinazos y queriendo conocer en quince días lo que no se puede conocer ni en quince meses. Y cuando consiguen tranquilizarse un poco, si es que en verdad lo consiguen, ya se tienen que ir, porque se les acaba el breve período anual que poseen de vivir muy por encima de sus reales posibilidades.</p>
<p style="text-align:justify;">            No es difícil verles incómodos y, oigan, hasta bravos ante la más mínima eventualidad que se les presente; una simple cola para renovar la visa, por ejemplo, o una guagua que por avería mecánica sale un poco más tarde de lo previsto ya es suficiente para que la incomodidad y la bravura quede reflejada en sus rostros.</p>
<p style="text-align:justify;">            &#8230;<em>Dos gardenias </em>de Isolina Carrillo, <em>¡Oh, vida! </em>de Yáñez y Gómez, <em>Rita La Caimana </em>de Lorenzo Hierrezuelo&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">            Me levanté del piso, que es donde estaba sentado en ese momento, y dirigí mis pasos hacia la habitación con la única intención de coger un pañuelo para secar el sudor de mi, seguro, cara de cumpleaños. Cuando a ella hube llegado, un par de montones de libros, todavía sin ordenar arriba de la cómoda, reactivó mi reciente memoria y recordé el viaje a Santiago de Cuba que realicé la precedente semana. No era desconocida para mí la gran afición a la lectura que posee Lemay. De modo que asomé mi aturdida cabeza por la puerta del cuarto para llamarle y mostrarle mis últimas adquisiciones literarias.</p>
<p style="text-align:justify;">            Entre otras, pasaron por sus manos: <em>Resistencia y Libertad </em>de Cintio Vitier, <em>Versos </em>y <em>Todo Caliban</em> de Roberto Fernández Retamar, <em>Antología poética </em>de Carilda Oliver Labra, <em>El párpado abierto </em>de Rubén Martínez Villena, <em>Nadie </em>de Rafael Alcides, <em>El siglo de las luces </em>de Alejo Carpentier, <em>Biografía de un cimarrón, La vida real </em>y<em> Gallego </em>de Miguel Barnet, <em>Bertillón 166</em> de José Soler Puig,  <em>Amnios </em>de Raúl Hernández Novás&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">            Mientras tanto en la sala seguía sonando la música:</p>
<p style="text-align:justify;">            &#8230;<em>El carretero </em>de Guillermo Portabales, <em>La Maza</em><em>, Pequeña serenata diurna </em>y <em>El necio </em>de Silvio Rodríguez&#8230; </p>
<p style="text-align:justify;">            -Ustedes son unos caballos&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">            -¿Por qué lo dices? –preguntó Lemay con curiosidad.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¡Coño!, porque nunca se cansan.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Cuando se hacen las cosas con ganas –sonrió- el cansancio al cuerpo siempre llega mucho más tarde&#8230; y a la mente yo creo que nunca o casi nunca.</p>
<p style="text-align:justify;">            -No hace falta que lo jures. Y además me alegro mucho de que así sea.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Esto es Cuba, compañero, nunca lo olvides.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Entre la sesión por puro placer en el bar del hotel, la de ahora mismo también por puro placer, y la actuación de la noche en el Cabaret Las Palmas por cuestiones de trabajo, pero seguro que disfrutando igualmente, vais a superar las diez horas de tiempo efectivo, lo cual, dicho sea de paso, no es ninguna bobería.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Cierto. Pero los obreros de las fábricas y del campo cumplen ocho horas todos los días, eso sin contar el trabajo voluntario que de vez en cuando realizan. Al fin y al cabo nosotros también somos obreros, con la notable ventaja, eso sí, de que el trabajo que realizamos nos gusta.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Y déjame decirte que ese gusto por vuestro trabajo, cuando lo realizan, se nota.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Lo que sucede en los países capitalistas con los músicos y cantantes supuestamente de primera fila es de cinismo y de vergüenza. Curiosamente se jactan de decir que lo que les gusta es actuar en directo, que arriba del escenario es donde realmente disfrutan. Pero resulta que la realidad es otra bien distinta. Cuando ofrecen un concierto, apenas superada la hora y media –si no antes- ya se están marchando. Seguidamente, ante la lógica y habitual petición del público, vuelven a salir al escenario, cantan las otras dos canciones de rigor y entonces, sin ningún tipo de rubor y con la sensación del deber cumplido, se ausentan del escenario de manera definitiva exteriorizando, a la vez, idénticos sentimientos a los de un obrero realmente explotado y mal pagado que está loco porque suene la anunciadora sirena de fin de la jornada.</p>
<p style="text-align:justify;">            Si tanto disfrutan actuando en directo, como pregonan hasta la saciedad, y además los asistentes pagan sumas nada desdeñables para verlos y escucharlos, ¿por qué no ofrecen conciertos más largos? ¿Por qué de vez en cuando no realizan alguno gratis?</p>
<p style="text-align:justify;">            -Eso mismo me pregunto yo. Y la respuesta ya me la imagino.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Pero ahí no acaba todo. A esto deberíamos añadir que, los músicos y cantantes supuestamente de primera fila de los países capitalistas, en realidad no son obreros sino patrones, como indica la cantidad de trabajadores que a sueldo mantienen. A pesar de los numerosos y ridículos disfraces que a menudo utilizan para tratar de engañar a sus clientes –no hay nada más asqueroso y repelente que un asqueroso y repelente burgués haciéndose el rojo- ganan y viven como lo que son: auténticos burgueses. Si no que me digan qué obrero gana al mes lo que ellos ganan en menos de dos horas –sin olvidar las ventas de discos y los negocios al margen de la música que tienen por ahí-. Qué obrero dispone del presupuesto diario, mensual, anual&#8230; que ellos disponen para cubrir las más elementales necesidades. Más que les pese, la similitud que guardan con cualquier obrero es totalmente inexistente. Y si es que siendo lo que son todavía tratan de hacernos creer que son lo que no son ¿será que semejante comportamiento les aporta pingües beneficios económicos? –ir de rojo, en ciertos sectores de las sociedades capitalistas, vende mucho todavía-, ¿o será que de vez en cuando recuerdan de dónde provienen y se les remuerde la conciencia?</p>
<p style="text-align:justify;">            -Más bien creo lo primero que lo segundo, porque difícilmente se les puede remorder algo de lo cual carecen.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Verdad que sí.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Luego están las actuaciones solidarias por causas justas, que no dejan de ser sino meras e inteligentes maniobras publicitarías para promocionar sus propias grabaciones. Podrían perfectamente recurrir al caché de cualquiera de sus conciertos convencionales y destinarlo anónimamente a cualquiera de esas nobles causas. Pero, claro, por obvias razones este gesto tan generoso no les resultaría económicamente rentable.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Y todo esto que estamos diciendo no solamente se puede aplicar a músicos y a cantantes; también a escritores, a pintores&#8230; y, cómo no, a actores y directores de cine.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¡Ay, mamacita, la gente del cine&#8230;! –exclamé como si me hubieran tocado la fibra sensible.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Fíjate hasta dónde llega el cinismo de toda esta gente a la cual nos estamos refiriendo –Lemay, hasta entonces de pie, se sentó en el borde de la cama con un par de libros ocupando sus manos-. Entre la clase obrera, en los países antes mencionados, está mal visto la acumulación de horas extras, sencillamente porque el desempleo entre la población activa es muy elevado; y no es muy ético, que digamos, sobrepasar el horario de trabajo habitual cuando existe no poca gente sin poder abandonar la interminable cola del paro. Sin embargo, entre el gremio de artistas, a pesar de la existencia de un desempleo más que alarmante, el fenómeno no se visualiza ni se mide de idéntica manera. Un cantante de éxito, por ejemplo, y no vamos a discutir ahora acerca de cómo se llega al mismo, que eso sería otro debate, realiza porque lo contratan –ya tú sabes, la ley de la oferta y la demanda- infinidad de conciertos anuales cuando otros, no de la misma sino de mejor calidad artística incluso, malviven precisamente porque no se les contrata. Y he aquí el quid de la cuestión: jamás he presenciado la renuncia de ninguno de estos privilegiados a parte de sus contratos, en gesto solidario hacia el resto de sus compañeros de profesión menos favorecidos. Con el dato curioso de que además son vitoreados por sus seguidores, cada vez que salen al escenario, en vez de ser abucheados por ello.</p>
<p style="text-align:justify;">            Me dirán que el hecho de renunciar a parte de sus contratos  no significa que estos vayan a parar a manos de otros compañeros. Pero yo no me canso de insistir que, si la parte contratante quiere mantener sus fiestas y sus actividades culturales –la mayor parte de ellas, para más narices, organizadas con dinero público-, tendrán que echar mano de otros artistas ¿o no? De modo que la coartada que tal vez pudieran esgrimir los más afortunados del gremio se desvanece por completo.  </p>
<p style="text-align:justify;">            -Por otra parte –dije yo apuntalando las palabras de Lemay-, estos artistas cobrando la mitad de lo que cobran por cada actuación, por cada película etc. todavía estarían muy, pero que muy por encima de la nómina del más afortunado de los obreros y, sin embargo, con ese gesto contribuirían a que se hiciesen más películas, más conciertos&#8230; con el notable aumento de empleo entre sus compañeros de oficio. Pero no mueven ni un solo dedo para que esto suceda. Prefieren seguir jugando a lo que juegan. ¡Y luego nos vienen con sus gestos solidarios&#8230;! ¡Serán cínicos los muy&#8230; los muy asquerosos y repelentes burgueses!</p>
<p style="text-align:justify;">            -Que estos seudorrevolucionarios intelectuales dejen de apoyar a nuestra Revolución –si es que en verdad alguna vez la apoyaron- puede interpretarse como un honor por nuestra parte, nunca como una desgracia o como un serio revés. Lo que menos necesitamos, precisamente, es de corrompidas y traidoras muletas que al primer paso con ellas se rompen en mil pedazos provocando caídas perfectamente evitables e innecesarias.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Lo verdaderamente preocupante sería que, individuos tan alejados ideológicamente de nosotros, estuvieran de nuestra parte; eso sí que sería motivo de enorme preocupación.  </p>
<p style="text-align:justify;">            Pierre Bourdieu dijo un día que <em>los intelectuales exponen mucho en los coloquios, pero se exponen poco,</em> a lo cual yo, muy modestamente, añado que además lo hacen cobrando sumas bastante elevadas de dinero.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Y no os falta razón. Sinceramente, como acabo de decir, yo no concibo la idea de que unas personas cuyos bolsillos y cuentas corrientes estén tan repletas de plata puedan considerarse de izquierdas. ¿Con posibilidades y vida diaria de burgués se pueden poseer y esgrimir ideas tan libertarias? Si me lo permites, diré que desconfío bastante de estos “supuestos”, de estas personas que, en realidad, nunca pasaron de ser <em>rojos desteñidos </em>y deslumbrados por el sol del poder capitalista.</p>
<p style="text-align:justify;">            Jamás los ojos de un individuo con características tan favorables –o desfavorables, según se entienda- podrán sacar las mismas lecturas o conclusiones que un obrero tras visualizar un mismo problema&#8230; o un mismo paisaje.</p>
<p style="text-align:justify;">            ¿Qué defensa o apoyo puede ejercer o prestar un burgués a un obrero si la burguesía se alimenta precisamente de la clase trabajadora? ¿Qué burgués va a ser tan estúpido de querer <em>engordar </em>a su<em> presa </em>a no ser que sea para <em>engullir </em>más cantidad de <em>alimento</em>?</p>
<p style="text-align:justify;">            Existen premios Nobel que simpatizaron y simpatizan con la izquierda. No voy a decir ya con nuestra Revolución. Algunos, incluso, llegaron hasta a autoproclamarse comunistas. Un premio Nobel, por ejemplo de literatura, por obvias y conocidas razones, ve, en una brevedad de tiempo asombrosa, aumentar su patrimonio económico a cotas realmente elevadas cuando además hasta entonces tampoco lo tenía nada bajo. Pero ¿cual de ellos no se ha prestado gustosamente a hacer el paripé, a intelectualmente prostituirse todo el año siguiente a lo largo y ancho del mundo por imposición del propio premio? <em></em></p>
<p style="text-align:justify;">            Me dirán que si les dan el dinero no hacen nada con rechazarlo. “Está bien, cójanlo –se les podría contestar a tan enclenque argumento-. Cójanlo y más todavía si la plata viene de la clase capitalista; no vayan a regalar nada a quienes tanto nos roban. Ahora bien, si ustedes pretenden o quieren ser de izquierdas, aplíquense mensualmente y de por vida un sueldo medio de obrero –si estos pueden vivir con esas cantidades ¿por qué ustedes no?-. Y el resto, el <em>sobrante</em>, que es muchísimo dinero todavía, destínenlo a cualquiera de las miles de causas justas con grandes dificultades económicas que existen en el mundo.”</p>
<p style="text-align:justify;">            Entonces, sólo entonces podré considerarles individuos de izquierdas&#8230; o comunistas, si lo prefieren. Porque, como ya dijo Haydée Santamaría, <em>para mi ser comunista no es militar en un partido: para mi ser comunista es tener una actitud ante la vida.</em></p>
<p style="text-align:justify;">            Por eso mismo militar en el Partido Comunista de Cuba, ya tú lo sabes, no es algo tan sencillo: hacen falta muchos méritos, mucho trabajo y sacrificio para poder ingresar y mantenerse en sus filas, lo cual constituye un orgullo y una enorme satisfacción para todo aquel que lo consigue.<sup> </sup>No como en la mayoría de los países del mundo que, para afiliarse a cualquiera de sus existentes partidos, sólo es suficiente con acudir a una de sus sedes, facilitar los datos personales y pagar sin atrasos las cuotas mensuales. Así, de esa manera tan negativa y decadente, sus dirigentes ven aumentar los argumentos e ingresos económicos para el buen desarrollo de sus empresas, no preocupándoles la calidad de su militancia sino la cantidad de la misma.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Sé que cuando hablas de premios Nobel –tomé el relevo ante una breve pausa de Lemay-, también te refieres a otros sujetos que nunca alcanzaron ese privilegio, pero que igualmente y por similares motivos artísticos e intelectuales poseen grandes cantidades de dinero y se autoproclaman de izquierdas. Sin embargo, ya que haces alusión a los citados premios, me gustaría añadir que aun actuando de diferente manera a la de tu acertada “invitación”, a la de tu valiente “propuesta”, el único Nobel que yo ahora recuerde estuvo a la altura de las circunstancias con respecto a su ideología fue Jean-Paul Sartre, que en 1964 le concedieron el Premio Nobel de Literatura y se negó a aceptarlo.</p>
<p style="text-align:justify;">            Podré estar o no de acuerdo con comportamientos suyos posteriores, pero el gesto que tuvo con respecto al premio me parece sin duda digno de admiración.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Yo opino exactamente lo mismo. En realidad –reanudó Lemay su encendida intervención-, el indeseable lugar que estas personas ahora ocupan es el que, debido a sus nulas cualidades humanas, verdaderamente les corresponde. Si en un momento determinado se acercaron –física, parece que nunca ideológicamente- a nuestra Revolución fue, como se deduce en todo lo que estamos diciendo, porque en 1959 nuestros compañeros fueron protagonistas de un hecho increíble, exclusiva sólo de las grandes naciones, no de una Islita bañada por el Caribe. Y este histórico acontecimiento, sin precedentes en este bello lugar del planeta, los atrajo en masa ya con la careta solidaria colocada sobre sus duros rostros. Pero estos tan inteligentes intelectuales no quisieron entender, sin embargo, que una revolución -y más todavía la nuestra que se construye bajo el colmillo de la fiera- genera tremendo trabajo y sacrificio, mucho beneficio colectivo pero no tanto beneficio a nivel individual, que es el que ellos realmente anhelan y persiguen.</p>
<p style="text-align:justify;">            Parece ser que tampoco les gustó demasiado el nulo margen existente para enriquecerse a costa del trabajo ajeno. De modo que, mismamente como llegaron, fueron abandonando sus enclenques posiciones para pasar a engrosar las filas enemigas,  que de mil maneras nos combaten en calidad de mercenarios intelectuales al servicio interesado del imperialismo yanqui y europeo.</p>
<p style="text-align:justify;">            Un ejemplo bien claro de lo que digo fue la creación, en su tiempo, de la revista Nuevo Mundo, cuya base ideológica no merece la pena explicar si añado a continuación que fue financiada por la CIA. Este órgano de propaganda contrarrevolucionaria fue posteriormente relevado por otro: la revista Libre –fíjate que nombre más bello para tan miserable causa-, con el mismo propósito desestabilizador y con el mismo equipo de escritores más algunos añadidos. Pero de esto último ya hablaremos más largo y tendido en otra ocasión –terció Lemay-. Ahora estamos en otra cosa, ¿no te parece?</p>
<p style="text-align:justify;">            -En eso también estoy de acuerdo contigo –sonreí con complicidad evidente-. Pero, ya para terminar, déjame hacer una puntualización: <em>con todas las deficiencias que pueda tener, la experiencia cubana sigue siendo el único poder revolucionario y la única experiencia anticapitalista que se logró consolidar en la región, por lo que resulta un punto de referencia obligado para la izquierda</em> –la cursiva es de Rafael Hernández.</p>
<p style="text-align:justify;">            -De eso no te quepa la menor duda. Oye, escucha, escucha que bella canción está sonando ahí afuera –dijo Lemay al iniciarse los primeros compases de este tierno y desgarrado bolero: <em>Veinte años </em>de María Teresa Vera.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Lindísima –aprobé yo con mucho entusiasmo-. Dejémonos, pues, de tanta habladera y vamos a reincorporarnos a la fiesta.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Vamos, vamos.</p>
<p style="text-align:justify;">            Y, dejando todos los libros donde estaban, salimos de la habitación para contribuir a aumentar la alegre y nada molesta apretazón de la sala.</p>
<p style="text-align:justify;">            &#8230;<em>Quiero hablar contigo</em> y <em>Hasta siempre </em>de Carlos Puebla, <em>Como baila Marieta </em>de Faustino Oramas, <em>Desvelo de amor </em>de Rafael Hernández Marín&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">            En la calle, <em>el sol de Nicaro</em> comenzaba a ocultarse tras un grupo de palmas. Hermoso y reluciente, ya había trabajado bastante durante el último día del año. Cansado y bostezando se acostó sobre su cama para cerrar los ojos y soñar, seguro que sí, durante unas cuantas horas.</p>
<p style="text-align:justify;">            &#8230;<em>No quiero celos </em>de Roberto Carrión, <em>Cuando ya no me quieras </em>de Cuestes Castilla, <em>Como lo soñó Martí </em>de Juan Arrondo&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">            Casi cuatro horas después, mi joven y viejo amigo seguía en la casa disfrutando de lo lindo. Una vez más, aquel día tampoco llegaría a Moa con el poderoso deseo de visitar a su linda jevita. Y en ningún momento le vi nervioso ni preocupado por ello. “Ya iré mañana o pasado”, me respondió cuando en plan jodedor le recordé la matazón que arrastraba consigo al llegar a la casa.</p>
<p style="text-align:justify;">            Los que tampoco parecían tener mucha prisa, y sin embargo sí la tenían, eran los músicos de Baracoa. Llevaban unas cuantas horas haciendo sonar a sus respectivos instrumentos musicales y a sus ya maltratadas gargantas. Pero recordé y les recordé el compromiso que debían cumplir en el Cabaret Las Palmas y, muy a nuestro pesar –ya que estábamos disfrutando todos sobremanera-, casi casi tuvimos que mandarlos de la casa para que llegaran al hotel, se dieran un baño y descansaran al menos un ratico. Antes, dado que Nicaro pertenece al municipio de Mayarí, quisieron poner el punto y final a la improvisada actividad con el <em>Chan Chan </em>de Compay Segundo, añadiendo además una larga y hermosa descarga.</p>
<p style="text-align:justify;">            Al día siguiente –primero de enero de 2002-, para incomodidad de unos pocos y regocijo sin duda que de muchos, nuestra Revolución Socialista cumplió 43 años. Hoy ya más de 50 ¡Y no paramos!</p>
<p style="text-align:justify;"> </p>
<p style="text-align:justify;">[<strong>1</strong>] Por aquel entonces, el ministro del Ministerio de la Industria Básica (MINBAS) era Marcos Portal León. En la actualidad, desde octubre de 2004, dicho ministerio lo dirige la compañera Yadira García.</p>
<p style="text-align:justify;"> </p>
<p style="text-align:justify;"><strong>31 de diciembre </strong>ha sido tomado del libro <strong>Historias pequeñas de una isla grande</strong>, publicado en<a title="Historias pequeñas de una isla grande" href="http://www.scribd.com/word/full/4027811?access_key=key-u28afa0mc9t4hg9f8u6"> <strong>Baraguá</strong> </a>y en <strong><a title="Historias pequeñas de una isla grande" href="http://alainet.org/active/24287&amp;lang=es">Alai-amlatina </a></strong>(26 de mayo de 2008).<strong> </strong></p>
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		<title>La Democracia asesinada*</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Feb 2009 17:30:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>baragua</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuaderno de la Resistencia Escrita]]></category>
		<category><![CDATA[Estado español]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace unos días me topé con la Democracia. Vestía harapos y la vi extremadamente delgada, pálida y ojerosa. Miraba con cierto desespero en el interior de un container de la basura, probablemente en busca de algo que llevarse a la boca. Pero la búsqueda resultó infructuosa: ni los desechos alimenticios de los &#8220;demócratas de toda [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=baragua.wordpress.com&blog=3767278&post=545&subd=baragua&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;">Hace unos días me topé con la Democracia. Vestía harapos y la vi extremadamente delgada, pálida y ojerosa. Miraba con cierto desespero en el interior de un container de la basura, probablemente en busca de algo que llevarse a la boca. Pero la búsqueda resultó infructuosa: ni los desechos alimenticios de los &#8220;demócratas de toda la vida&#8221;, siempre tan abundantes, estaban al alcance de su mano.</p>
<p style="text-align:justify;">            Se fue del apestoso lugar. La seguí preocupado y procurando no ser visto, y, tras caminar durante un kilómetro aproximadamente, se detuvo casi de repente ante un flamante edificio. Era el &#8220;Palacio de Justicia&#8221; lo que teníamos enfrente. Al menos así informaba el rótulo situado junto a la puerta principal, aunque una mano anónima y ocurrente se había encargado de contradecir a dicha información, añadiendo delante de la jota de Justicia una i y una n, de modo que a partir de entonces realmente se leía: &#8220;Palacio de inJusticia&#8221;.<span id="more-545"></span></p>
<p style="text-align:justify;">            La Democracia sonrió ante el hallazgo. Aunque muy débilmente, fue la primera y única vez que le vi mover positivamente sus músculos faciales. Y siguió caminando&#8230;, y yo detrás, como si de su alargada y delgada sombra se tratara.</p>
<p style="text-align:justify;">            Cruzamos la ciudad entera bajo un silencio casi absoluto. De pronto la Democracia volvió a interrumpir su marcha. En esta ocasión lo hizo frente al Hospital Provincial. Se quedó inmóvil durante un buen rato, cabizbaja, pensativa&#8230; Hasta que finalmente comenzó a andar, para rodear todo el edificio y entrar a sus entrañas por la puerta de urgencias.</p>
<p style="text-align:justify;">            Un largo pasillo le llevó al pie de un mostrador, donde fue atendida por una trabajadora administrativa. De allí fue enviada a la sala de espera y, finalmente, llegado su turno, entró a la consulta del galeno.</p>
<p style="text-align:justify;">-Siéntate -le pidió amablemente el médico de guardia-. Vamos a rellenar primero esta planilla -añadió señalando a un papel que reposaba sobre la mesa.</p>
<p style="text-align:justify;">-Mi caso es grave, doctor, ¿no podemos prescindir o dejar para el final el protocolo?</p>
<p style="text-align:justify;">-No te preocupes, que lo resolvemos enseguida. Dime, ¿cómo te llamas?</p>
<p style="text-align:justify;">-Me llaman Democracia.</p>
<p style="text-align:justify;">-Democracia ¿qué?</p>
<p style="text-align:justify;">-Democracia Representativa.</p>
<p style="text-align:justify;">-Anjá. ¿Cuántos años tienes?</p>
<p style="text-align:justify;">-No sé, dicen que treinta.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Dicen? ¿Quiénes dicen?</p>
<p style="text-align:justify;">-Mis supuestos padres.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Supuestos? -el médico comenzó a extrañarse y frunció el ceño.</p>
<p style="text-align:justify;">-Es que me atribuyen tantos que una no sabe.</p>
<p style="text-align:justify;">-¡Qué cosa más rara!</p>
<p style="text-align:justify;">-Y tanto.</p>
<p style="text-align:justify;">-Vamos a ver, Democracia, ¿laboras en alguna empresa expuesta a productos tóxicos?</p>
<p style="text-align:justify;">-Expuesta a productos tóxicos me he pasado toda la vida: fascistas sin careta, con careta, defensores míos que son todo lo contrario&#8230;, en fin, la lista es larga, pero la cruda realidad es que no trabajo. ¡Y mira que tengo ganas, muchísimas ganas, compañero!</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Estás desempleada?</p>
<p style="text-align:justify;">-No he trabajado nunca.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Y eso?</p>
<p style="text-align:justify;">-En los países capitalistas la democracia nunca tiene trabajo, no puede tener trabajo y, aunque siempre está en boca de todos, todos los que tienen posibilidad y obligación de procurarle empleo se olvidan de ella, nunca le facilitan el acceso a su legítima y necesaria actividad laboral. Más bien todo lo contrario. Como no les interesa mi real existencia, porque de mi misma estoy hablando, se empeñan en matarme de hambre, en reducirme a la más mínima expresión pues, ya se sabe, en tan deshumanizado sistema es el interés personal de una exigua minoría lo que impera. Mira qué flaca estoy.</p>
<p style="text-align:justify;">-A la verdad, casi ni se te ve -dijo impresionado el de la bata blanca-. No eres más que un amasijo de huesos y piel.</p>
<p style="text-align:justify;">-Lógico, si a duras penas existo.</p>
<p style="text-align:justify;">-En fin, vamos a dejar el formulario a un lado. Dime, Democracia, ¿qué es lo que te pasa, te duele algo?</p>
<p style="text-align:justify;">-Todo, doctor, ya se lo he dicho, el cuerpo entero. Y mi cura sólo pasa por recuperar el apellido que realmente me corresponde&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Cuál? -interrumpió intrigado el médico.</p>
<p style="text-align:justify;">-Participativa. Mi verdadera identidad es Democracia Participativa, y no Representativa, ya que el apellido impuesto suena muy bonito, pero no es más que un sucedáneo que, como ya he dicho, sólo representa y sirve a una opulenta minoría. Quiero que todo el mundo participe en la construcción del sistema que elija -obviamente el socialismo,  porque otro sistema nunca le permitiría su estrecha participación-. Quiero que los que dirijan sean realmente los representantes que el pueblo haya propuesto, primero, y luego elegido; que, además, éste controle a aquellos en todos sus actos mediante periódicas rendiciones de cuentas; que, durante las legislaturas, los electores puedan revocar los mandatos de quienes consideren que no cumplen correctamente con el trabajo encomendado, y, por supuesto, puedan participar en la elaboración y aprobación de todas los movimientos o cambios más importantes que se acometan. Quiero y debo ser útil, en definitiva, a todos los habitantes del mundo, y no sólo a unos pocos cínicos y egoístas privilegiados. Ese debe ser mi trabajo, esa es la esencia de mi existencia y no otra. Han tratado de matarme de hambre, insisto, y de muchas cosas más, pero de momento no lo han logrado del todo. Y es que, aunque enclenque, todavía camino. El caso es que yo estorbo, y mucho, para que las parásitas ambiciones de los grandes capitalistas puedan llevarse a cabo. Y si la población en general, máxima perjudicada de mi posible desaparición, no lo remedia, van a conseguir que, más pronto que tarde, deje de respirar definitivamente.</p>
<p style="text-align:justify;">-¡Ufff&#8230;! El objetivo que te propones es interesante y justo, pero también harto complicado de alcanzar. No sé, hallo a la población que tú acabas de nombrar tan sumisa a los dictados del poderoso enemigo que&#8230; Es como si estuviese domesticada, anestesiada tal vez para poder soportar tan humillante castigo sin apenas protestar, sin apenas quejarse. Y sin su imprescindible concurso es casi imposible que recuperes tu verdadera identidad, tu, por otra parte, hermoso apellido.</p>
<p style="text-align:justify;">-Lo sé, por eso estoy tan deprimida y desesperada.</p>
<p style="text-align:justify;">-Lo que no sé es por qué has acudido al hospital, cómo puedo ayudarte. Yo no soy más que un humilde médico, y, además, el sistema de sanidad que existe en éste país no es precisamente para estar locos de alegría.</p>
<p style="text-align:justify;">-Yo tampoco sé por qué he venido aquí. Quizá porque he visto un rótulo en la puerta que dice: Urgencias; o, probablemente, por hacer un último intento en retardar mi más que segura muerte. La siento tan inminente&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">-Bueno, tampoco exageres.</p>
<p style="text-align:justify;">-No exagero, doctor. De un tiempo a esta parte no soy ni una cuarta parte de lo que debía haber sido y nunca he llegado a ser.</p>
<p style="text-align:justify;">-De todos modos, Democracia, déjame que insista en que creo que te has equivocado de sitio. No me lo tomes a mal, pero tengo la impresión de que adonde tenías que haber ido es al Palacio de Justicia. Allí es donde se deben resolver estos problemas.</p>
<p style="text-align:justify;">-Se deben, pero ¿se resuelven? Acabo de pasar por allí&#8230;, pero no he entrado.</p>
<p style="text-align:justify;">-Vete, al menos haz un intento.</p>
<p style="text-align:justify;">-Baldío, pero lo haré. Muchas gracias por dedicarme un poco de tu tiempo, doctor.</p>
<p style="text-align:justify;">-Por nada, muchacha. Yo soy el primero en querer y necesitar que resuelvas tus problemas; tu suerte es la mía, y la de la inmensa mayoría de la población que habita en este maltratado planeta.</p>
<p style="text-align:justify;">Retrocediendo sobre sus pasos, la Democracia volvió a sentir el aire fresco de la calle. Cabizbaja y meditabunda llegó a la puerta del Palacio de Justicia, y allí estuvo un buen rato deshojando la margarita, dudando si entrar o no entrar a la sede local de un ministerio de justicia en la que nunca había creído.</p>
<p style="text-align:justify;">Sabía que introducirse en su interior con intenciones curativas era batalla perdida, pero, aun así, por fin se decidió a hacer un último esfuerzo en un desesperado intento de preservar su precaria existencia.</p>
<p style="text-align:justify;">Yo no entré, expectante me quedé fuera. Pero no transcurrieron muchos minutos sin que la Democracia, con una expresión nada favorable en su rostro, fuese vomitada con ira por el siniestro edificio.</p>
<p style="text-align:justify;">Quise acercarme a ella para preguntar por lo sucedido, pero no tuve tiempo; según comenzaba a alejarse de la puerta, unos sicarios a sueldo del gran capital abrieron fuego contra la escuálida Democracia. Descargados todos los peines de sus armas, los agresores abandonaron el lugar con la insultante calma que otorga la impunidad manifiesta.</p>
<p style="text-align:justify;">Con la Democracia agonizando en el suelo, alguien llamó a una ambulancia, y, llegada ésta, fue trasladada al hospital. Pero su suerte ya estaba echada; el médico que recién le había atendido, nada pudo hacer por salvarla.</p>
<p style="text-align:justify;"> </p>
<p style="text-align:justify;"> *El presente relato quiere denunciar la bajísima calidad democrática existente hoy en el Estado español, donde el poder judicial -estrechamente ligado al poder político- ilegaliza partidos y listas electorales según las necesidades de sus dueños y de cada momento, encarcelando a no pocos individuos de aquellas formaciones por supuestos delitos que nunca acaban siendo probados. Y lo hacen amparados por una Ley de Partidos -creada única y exclusivamente para esos fines- que hasta la propia ONU, por boca de su relator especial por la Promoción de los Derechos Humanos, Martin Scheinin, ha descalificado.</p>
<p style="text-align:justify;">Sirva como denuncia, también, de los graves y numerosos ataques recibidos por la democracia en cualquier parte del mundo.</p>
<p align="right">2009 / 02 /16   </p>
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		<title>Adael</title>
		<link>http://baragua.wordpress.com/2008/07/09/81/</link>
		<comments>http://baragua.wordpress.com/2008/07/09/81/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 09 Jul 2008 10:43:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>baragua</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[A Yamila y a Mariluz que,
aunque en ella no aparecen,
también protagonizaron esta historia.
Al personal médico y humano del Hospital Clínico 
Quirúrgico &#8220;Lucía Íñiguez Landín&#8221; de Holguín.
Coño, Adael, no me jodas. Cierto que fui yo quien te hizo la pregunta y que tú tan sólo te limitaste a contestarla. Pero lo hiciste con tremenda naturalidad -sonrisa [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=baragua.wordpress.com&blog=3767278&post=81&subd=baragua&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><address><em><a href="http://baragua.files.wordpress.com/2008/07/adael.jpg"><img class="size-medium wp-image-97 alignright" src="http://baragua.files.wordpress.com/2008/07/adael.jpg?w=75&#038;h=90" alt="" width="75" height="90" /></a>A Yamila y a Mariluz que,</em></address>
<address><em>aunque en ella no aparecen,</em></address>
<address><em>también protagonizaron esta historia.</em></address>
<address>Al personal médico y humano del Hospital Clínico </address>
<address>Quirúrgico <em>&#8220;Lucía Íñiguez Landín&#8221; de Holguín.</em></address>
<p style="text-align:justify;">Coño, Adael, no me jodas. Cierto que fui yo quien te hizo la pregunta y que tú tan sólo te limitaste a contestarla. Pero lo hiciste con tremenda naturalidad -sonrisa envidiable incluida- y eso fue lo que mató, lo que de verdad me dejó hecho un carajo.</p>
<p class="mceTemp" style="text-align:justify;">No estábamos ni fiestando ni en la playa, sino en el Hospital Clínico Quirúrgico de Holguín, piso quinto, sala C. Hacía unos días que había llegado hasta allí para cuidar a un enfermo y mal-dormía sentado en un balance cuando, de pronto, la mano de una enfermera accionó el interruptor de la luz ametrallando despiadadamente las pupilas de mis ojos, que a duras penas pudieron captar la información ofrecida por las manecillas de mi reloj: tres y media de la mañana.</p>
<p style="text-align:justify;"><em><span id="more-81"></span></em></p>
<p style="text-align:justify;">Eras tú quien acompañaba a la linda obrera vestida de blanco. Acababas de ingresar e inmediatamente te inyectaron una primera botella de suero, ya acostado sobre la cama número seis que te asignaron. Miraste curioso a tu alrededor y viste a unos cuantos curiosos que te miraban. Después, el martillo de la indiferencia clavó tu mirada en el techo de la habitación, momento en que la enfermera accionó de nuevo el interruptor, esta vez para apagar el sol artificial y dejarnos a oscuras.</p>
<p style="text-align:justify;">Sentí un repentino alivio en los ojos y, tras comprobar que mi enfermo dormía sin aparentes problemas, me revolví en el balance para tratar de encontrar una postura lo más cómoda posible que me permitiera reconciliar el sueño.</p>
<p style="text-align:justify;">Conseguí dormir algo antes de que se encendiera la luz natural de la calle. Por la ventana entró poco a poco cobrando más intensidad a medida que avanzaba la mañana, de modo que en esta ocasión mis ojos no sufrieron ningún tipo de atentado.</p>
<p style="text-align:justify;">La actividad en todo el hospital ya era notable: la gente se aseaba en los baños, las encargadas de la limpieza cumplían con su pulcro deber, los médicos iniciaban la visita a sus enfermos&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Conversé y atendí durante un buen rato a la persona que cuidaba. Pero su estado de salud tan delicado no le permitía demasiados esfuerzos, así que, dejándole descansar, me refugié en la lectura de un libro huyendo tal vez del tedio, probablemente de la creciente preocupación que me embargaba. Tú, en cambio, piel amarilla, ojos saltones de idéntico color y cuerpo enteramente inflamado, charlabas sin parar con renovada energía y con esa sonrisa tan intacta como envidiable que habitaba en tu cómico rostro. Seguí leyendo Con pies de gato de Miguel Barnet durante un buen rato. De vez en cuando, entre poema y poema, observaba tu inalterable comportamiento. Hasta que decidí salir al pasillo de la planta para desentumecer las piernas caminando sobre sus relucientes baldosas.</p>
<p style="text-align:justify;">De regreso a la habitación todo seguía igual, los enfermos permanecían acostados en sus camas y los acompañantes, tratando de combatir el aburrimiento, ayudándoles en todo lo que podían.</p>
<p style="text-align:justify;">Como mi paciente estaba dormido y en ese momento era la soledad quien te acompañaba, me acerqué a tú lado. Así fue que comencé a hablar contigo, así supe que te llamabas Adael, que vivías en Velasco, que tenías familia en Mayarí, muy cerquita de Nicaro, el pueblo donde vivo yo y casi toda mi gente de acá, de la Isla. Así me enteré también, haciéndote la típica y obligada pregunta, del alcance de tú enfermedad. Recuerdo, te pregunté: ¿qué es lo que tú tienes?, ¿por qué te ingresaron? Y tú, con la dulce y envidiable sonrisa que nunca se ausentaba de tú rostro, me golpeaste bien duro con la respuesta: cirrosis hepática.</p>
<p style="text-align:justify;">Coño, compay, a quién se le ocurre proporcionar una información tan nefasta con esa cara de cumpleaños, utilizando además un tono de voz como si dijeras: tengo un resfriado.</p>
<p style="text-align:justify;">Del carajo, oye. Verdad que me dejaste más muerto que vivo. Balbuceé unas cuantas palabras, para salir del paso, tratando de animarme más que de animarte, porque paradójicamente yo más que tú lo necesitaba. Recordé que, aunque con enfermedad diferente, mi paciente hacía tiempo también transitaba el camino del que ya nunca se vuelve.</p>
<p style="text-align:justify;">Pasaron varios días, como cinco, más o menos. Atardecía al otro lado de los cristales cuando, inesperadamente, te levantaste de la cama. Hasta aquí todo fue normal, pero calzándote una sola cutara y borrando la sonrisa de tu rostro comenzaste a caminar por la habitación, primero, para extenderte por el pasillo de la planta después. Quizá se te veía más amarillo y más hinchado que en los días precedentes, no lo sé. El caso es que me preocupaste, sobre todo cuando te advertí que habías dejado la otra cutara al pie de la cama y no me hiciste caso, tú que ya eras mi amigo.</p>
<p style="text-align:justify;">Seguí la evolución de tu nuevo comportamiento. Me acerqué hasta donde estabas. &#8220;¿Qué es lo que te sientes?&#8221;, te pregunté. &#8220;¿Qué es lo que te pasa?&#8221; Y volviste a responder con una ráfaga de silencio. &#8220;¿Llamo a alguien?&#8221; Fueron vanos mis esfuerzos por arrancarte alguna palabra, de modo que puse en conocimiento de la enfermera tu estado tan preocupante y llamaron con carácter de urgencia a la doctora de guardia.</p>
<p style="text-align:justify;">A mi regreso te encontré sentado en el borde de tu cama, con las piernas colgando hacia afuera, sin tocar el suelo. Volví a hacerte las mismas preguntas y, he aquí que esperando escuchar alguna tranquilizadora respuesta, me llevé un susto de muerte. Sin previo aviso vomitaste sangre oscura, casi negra, en cantidades tan exageradas que parecías la fuente de un parque o de una rotonda: embarraste toda la cama, el piso y las paredes. Yo di un brinco tan grande hacia atrás que me libró de la embarrazón y, aunque eso no hubiera sido mayor problema, afortunadamente sólo me salpicaste los zapatos.</p>
<p style="text-align:justify;">Tremendo revolico el que formaste, viejo. Tremendo corre-corre el que se formó.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegó la doctora y sus ayudantes. Te suministraron&#8230; qué sé yo cuantas cosas; tan asustado como estaba mirando desde el pasillo apenas veía nada. Volviste a vomitar otro chorro grandísimo de sangre acompañado de unos trozos feísimos -de hígado, me dijeron después&#8230;- y delirabas. Por fin hablaste, aunque pronunciabas las palabras sin sentido. A veces llamabas a tu madre y repetías hasta la saciedad tu propio nombre: Adael, Adael, Adael&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Dabas pena, compañero, y, envuelto en toda aquella cagazón, por qué no decirlo, asco también.</p>
<p style="text-align:justify;">Debían de ser como las cuatro y pico de la mañana cuando los acompañantes de los enfermos pudimos pasar a la habitación, ya limpia, para acomodarnos en los balances y tratar de dormir un poco. ¿Dormimos algo en lo que quedaba de noche? Por lo que a mi respecta, amanecí recordando las conversaciones que hasta la fecha había mantenido contigo, tus movimientos por toda la Isla, tus trabajos, tus amoríos&#8230; la friolenta cantidad de botellas de ron que te has tomado a lo largo de toda tu vida. Y, a la verdad, en aquel extraño momento se me quitaron las ganas de tomar cualquier bebida que fuera más fuerte que el agua.</p>
<p style="text-align:justify;">&#8220;Yo tengo el hígado desbaratado por la tomadera de ron, de eso no me cabe la menor duda -monologaste una aburrida tarde, mientras el sol arremetía en la calle y yo, sin interrumpirte un solo instante, escuchaba ensimismado tu descarga-. Aquí no hay ni cirrosis hepática accidentalmente adquirida ni ninguna otra bobería&#8230; Pero no te creas que toda mi vida ha sido jarana y jodedera ¡nooo! A mí siempre me ha gustado mucho fiestar, eso es cierto. Y es que la compañía de unos buenos amigos, de unas botellitas de ron y de una guitarra, ¡carajo!, es algo inenarrable. Imagínate si a tan tentadores ingredientes le añadimos además una linda jevita, ¡ya pa qué!, la perdición. Fíjate que estoy más muerto que vivo y de sólo recordarlo me entran tremendos deseos de saltar de la cama&#8230; ¡Vaya p&#8217;al carajo! No obstante, como digo, a pesar de mis etílicas aficiones nunca dejé de lado mis obligaciones para con este pueblo nuestro.</p>
<p style="text-align:justify;">Yo fui vanguardia en el trabajo en numerosas ocasiones, y ya tú sabes los grandes esfuerzos que ese reconocimiento exige. Empecé bien jovencito a trabajar de albañil, como a los diecinueve, creo recordar. Con veintiuno recién cumplidos integré un contingente de la construcción que, durante años, se movió por toda la Isla. La recorrí casi enterita. Pasé por Guantánamo, Santiago de Cuba, Granma, obviamente Holguín, Las Tunas, Camagüey&#8230; vamos, por todas las provincias menos por Pinar del Río; lugar en el que también estuve en varias ocasiones, pero por motivos ajenos al trabajo. Concretamente para visitar a un amorcito que tuve en aquella ciudad y que, previamente, había conocido en Cienfuegos. Una hembrita bien linda, por cierto. Tremenda pastilla, verdad que sí.</p>
<p style="text-align:justify;">Construimos cantidad de escuelas, fábricas, hospitales, consultorios, policlínicos, edificios de apartamentos&#8230; En unos pocos años, a pesar de las dificultades económicas y lógicamente de la escasez de materiales, nuestra Revolución construyó lo que los gobiernos títeres, más ocupados en llevarse la plata al bolsillo y de chuparle el fotingo a los Estados Unidos, no fueron capaces de levantar en décadas.</p>
<p style="text-align:justify;">Pasaba mucho tiempo fuera de mi Velasco natal, pero, aunque a veces extrañaba bastante a mi gente, fue una época que recuerdo a menudo con sumo agrado. En 1964 nuestro contingente llegó a La Habana. Allá estuvimos como cinco meses construyendo unos edificios de cuatro plantas. Ese año no se me olvida, porque, coincidiendo con el Primero de Mayo en la capital del país, acudimos a la concentración de la Plaza de la Revolución. Fue realmente impresionante, oye. Aquel día fue la única vez que vi en persona al Che y a Fidel. No los vi muy de cerca, pues estábamos más de un millón de personas reunidas, pero tampoco quedaban tan distantes. Che y Fidel, sí señor: dos nombres con tremendísima e imborrable huella en la historia de Cuba y de Nuestra América.</p>
<p style="text-align:justify;">Un día me topé en una obra con un albañil de otro contingente que había conocido al Che. Coincidió con éste en 1960, durante la construcción de una escuela en El Vedado. A este lugar acudió el Che para ejercer el trabajo voluntario que él mismo había precursado. Y, según dijo mi compañero, y le creí, nuestro Guerrillero Heroico trabajó de lo lindo; levantó tabiques como loco. Y no era la primera vez que el Che participaba en estos trabajos&#8230;, ni la última. A lo largo de su estancia en Cuba trabajó incansablemente en el campo y en las fábricas, acumulando infinidad de horas y de jornadas de trabajo voluntario.</p>
<p style="text-align:justify;">Él siempre predicó con el ejemplo. Por eso nosotros siempre le quisimos tanto, y le queremos todavía, claro, porque muerto no está ¿oíste? Su ejemplo siempre será tenido en cuenta por nuestro pueblo.</p>
<p style="text-align:justify;">Lástima no haber coincidido yo también con él. Qué le vamos a hacer&#8230; Hubiera sido una experiencia maravillosa.</p>
<p style="text-align:justify;">Óyeme, tremenda la jornada que vivimos todos los trabajadores aquel Primero de Mayo&#8230; inolvidable. La primera vez que se celebró ésta efeméride en La Habana fue en 1890, dos años antes de que Martí creara el Partido Revolucionario Cubano para hacer la Revolución de 1895.</p>
<p style="text-align:justify;">Después, con la concentración ya dispersa, cada uno se fue por su lado. Yo me fui a fiestar con unos compañeros. Montamos una buena, ya lo creo que sí la montamos. No faltó la guitarra, las claves, las maracas, el tres, el contrabajo, los tambores&#8230; y los timbales. Junto a la alegría, la bebida corrió a raudales y, como no podía ser de otra manera, el ron acabó haciendo de las suyas en nuestros entusiastas cerebros al final del día.</p>
<p style="text-align:justify;">Todavía era joven y asimilaba bien las tomaderas y la escasez de sueño y de descanso. De todos modos, no sólo fiestaba y trabajaba. No tantos como botellas bebidas, pero también leí cantidad de libros, por ejemplo. Siempre fui un buen lector. Por mis manos pasaron cientos de libros. Leí novela, cuento, poesía, ensayo&#8230; De José Martí casi todo&#8230;, y a Marx y a Lenin también les di mi buen repaso.</p>
<p style="text-align:justify;">Todos estos días te he observado lo mucho que has leído sentado en el balance, y me has recordado cantidad mis tiempos de lector empedernido. Ayer estuve a punto de pedirte un libro para leer un rato. Pero, ¡qué va!, ya no tengo ni el deseo ni la capacidad de concentración que el ejercicio exige para que éste sea pleno y placentero. Lo que es una lástima, porque, reunidos ambos requisitos, se disfruta cantidad. Yo casi siempre andaba con un libro en el bolsillo. Después del almuerzo no hacía otra cosa: me apartaba de mis compañeros y durante una hora y media o dos, hasta el inicio de la segunda mitad de la jornada, me dedicaba a la lectura. Y eso era casi todos los días. Porque, ¿sabes?, durante las jornadas laborales yo nunca me di ni un solo buche. Después sí, después por las noches me pasaba de copas en infinidad de ocasiones. Sí, es cierto que muchas veces llegaba al trabajo con mi buena resaca, no lo voy a negar; pero nunca, jamás maté al ratón los días de semana, aunque sí lo hice, y no pocas veces, durante los sábados y domingos u otros días de descanso. ¡Qué tiempos aquellos! A veces pienso en ellos y siento que los extraño cantidad. Otras veces, sólo de brevemente pensarlo, me entran escalofríos.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegó el momento en que los médicos me advirtieron seriamente que de seguir tomando&#8230; ¡Coño!, ya yo era un enfermo. Pero, ¡qué va!, era demasiado el vicio que había adquirido y, aunque a veces conseguí beber menos, e incluso nada, las recaídas no tardaban en llegar tras los breves períodos de abstinencia. Aunque, si quieres que te diga la verdad, no me arrepiento de nada de lo que hice. Me gustaba el ron y la música y, con ambos ingredientes, siempre disfruté de lo lindo. Las mujeres nunca me fueron mal tampoco; más bien todo lo contrario. ¡La de jevas que tuve a lo largo y ancho de toda la Isla&#8230;! Y ¿qué más podía pedir a la vida? Al fin y al cabo, en el supuesto que no salga de ésta, tampoco me voy a morir tan joven. Ahora tengo sesenta y ocho años. Ya tú sabes que acá los hombres nos jubilamos a los sesenta y las mujeres a los cincuenta y cinco. De modo que llevo ocho añitos sin las preocupaciones que a menudo genera el cumplimiento del trabajo.</p>
<p style="text-align:justify;">En cualquier caso, confieso que por nada del mundo quisiera acabar mis días. Pero, si ya llegó el momento, tampoco es cuestión de recurrir a las lamentaciones. Además, el lamento es una medicina que nunca cura ni mejora las enfermedades; en todo caso siempre las agrava. ¿No es verdad? ¡Ay, carajo!</p>
<p style="text-align:justify;">Lo cierto es que llevaba un tiempecito sin tomar, pero el otro día me dio por coger una botella&#8230; y la recaída, ya tú ves, fue impresionante.</p>
<p style="text-align:justify;">Si algo me tranquiliza, en toda mi decadencia actual, es el haber comprobado como en este país al ser humano se le trata como tal. Estoy más que sentenciado a muerte y, sin embargo, ¿viste que bien me tratan todos los médicos y todas las enfermeras? Acá no se escamotean ni cuidados ni recursos, aunque la batalla ya esté perdida. No como en muchos países capitalistas, donde a las máquinas se les trata mejor que a las personas, máxime si a estas ya se les ha exprimido todo el zumo que tenían&#8230;&#8221;</p>
<p style="text-align:justify;">Amaneció. Contra todo pronóstico, tú también amaneciste. Pocos o nadie -yo incluido- pensaba que íbamos a sentirte respirar con las primeras luces del día. En cualquier caso, &#8220;de hoy no creo que pase&#8221;, nos dijimos todos con evidente tristeza.</p>
<p style="text-align:justify;">La actividad clínica siguió su curso normal. A media mañana te llevaron a otra sala, y no pude despedirme de ti porque estabas sedado. Pensé que más nunca te iba a ver.</p>
<p style="text-align:justify;">Pasados unos días de tan lamentable suceso, salí del hospital para ir al pueblo. Pero regresé cuarenta y ocho horas después con una ambulancia para llevar a mi enfermo a Nicaro. Resolvimos que pasara sus últimos días en su entorno habitual.</p>
<p style="text-align:justify;">Así que a Holguín me llegué de nuevo. Ya el elevador me había dejado en el quinto piso del hospital y caminaba por el largo pasillo cuando, desde el interior de la habitación anterior a la cual yo me dirigía, me llamaron pronunciando varias veces y bien clarito mi nombre. Me quedé asombrado al comprobar quién era la persona que me llamaba. Eras tú, Adael, y yo, tantos días después de tu vomitera, qué carajo iba a pensar que estabas vivo todavía. Para serte sincero, te creía ya habitante del cementerio; aunque, claro, no te lo dije. Te hallé conectado a una enésima botella de suero -entre botellas has pasado toda la vida, puñetero-, muy mejorado, con bastante mejor aspecto que cuando ingresaste -sonrisa envidiable incluida-. Hablabas, claro que hablabas -te salían palabras hasta por las guatacas-, y nos fundimos en un emotivo abrazo.</p>
<p style="text-align:justify;">Me pediste un cigarro. &#8220;No tengo&#8221;, contesté a tu petición&#8230; y era verdad. Pero sentí pena. &#8220;Enseguida vuelvo&#8221;, te dije, y regresé al ratico con un popular encendido entre los dedos de una de mis manos. No sé si debí dártelo, porque de sobra sabía que no te convenía fumar, pero viéndote tragar el humo tan contento se disiparon todo tipo de remordimientos y de dudas, y seguimos hablando hasta que llegó la despedida: &#8220;Cuando salga de aquí y vaya a Mayarí a visitar a mi familia, me acercaré hasta Nicaro para haceros una visita a vosotros también&#8221;, me dijiste poniendo punto final a nuestra inesperada conversación. &#8220;Ojalá sea pronto. Serás bien recibido&#8221;, te respondí. Y un apretón de manos acompañó a las últimas palabras.</p>
<p style="text-align:justify;">Dado lo avanzado e irreversible de tu enfermedad no creo que actualmente, dos años después, sigas con vida. La lógica dice que debes de estar en el subsuelo de esta hermosa y querida tierra. Pero cosas más extrañas se han visto y nunca se sabe. En cualquier caso, estés donde estés, ahora y mientras escribo estas líneas, un buen roncito cubano es lo que me tomo en tu vivo recuerdo, en tu viva memoria.</p>
<p align="right">(Tomado del libro<em> <strong>Historias pequeñas de una isla grande</strong></em>)</p>
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		<title>Caprichos del azar</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Jun 2008 09:25:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>baragua</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Antes de nada, debo reconocer que soy un poco rarito, porque ¿a qué cubano no le gusta el béisbol? A mi lo que realmente me divierte de este deporte es observar cómo los incondicionales del mismo disfrutan viendo sus partidos. ¿Verdad que el comportamiento mío es un tanto extraño? Sí, lo reconozco, pero ¿qué le [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=baragua.wordpress.com&blog=3767278&post=77&subd=baragua&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;">Antes de nada, debo reconocer que soy un poco rarito, porque ¿a qué cubano no le gusta el béisbol? A mi lo que realmente me divierte de este deporte es observar cómo los incondicionales del mismo disfrutan viendo sus partidos. ¿Verdad que el comportamiento mío es un tanto extraño? Sí, lo reconozco, pero ¿qué le voy a hacer&#8230;? Por más que me empeñe y me expliquen los entresijos del juego, no acabo de entenderlo y mucho menos de disfrutar con, al parecer, tan impresionantes jugadas.<span id="more-77"></span></p>
<p style="text-align:justify;">            Hace ya un tiempito, llegaron unos amigos a la casa preguntando si podían ver el partido de pelota en nuestro televisor.</p>
<p style="text-align:justify;">            -Cómo no -les dije-. Pasen, pasen. Pónganse cómodos.</p>
<p style="text-align:justify;">            Eran cinco o seis, ahora no me acuerdo, y pasaron a la sala ocupando buena parte de los asientos disponibles. Al parecer -así lo explicaron ellos- hubo una avería en el tendido eléctrico de su zona -la mía hasta no hace mucho tiempo- y no querían perderse el partido entre Cuba y Canadá. Eran las semifinales de los Juegos Panamericanos, que se celebraban en este último país, y el enfrentamiento deportivo ofrecía entretenimiento y la emoción estaba asegurada.</p>
<p style="text-align:justify;">            Y así mismo fue. Yo, a la verdad, más que a la pantalla del televisor, hacia donde realmente miraba era a los rostros de los recién llegados y, de esa manera tan curiosa, creo recordar que disfruté bastante durante toda la retransmisión deportiva.</p>
<p style="text-align:justify;">            Puedo asegurarles que las miradas fijas hacia el luminoso rectángulo, los nerviosos silencios casi absolutos, las bullas estrenduosas cuando se completaba con éxito alguna -según ellos- memorable jugada, los jubilosos comentarios&#8230; y hasta los aplausos que en más de una ocasión hicieron acto de presencia en la sala, fueron realmente inolvidables.</p>
<p style="text-align:justify;">            Recuerdo, también, cómo en un momento determinado del partido un espectador saltó al terreno de juego y desplegó un cartelón con consignas contrarrevolucionarias. Debía de ser algún gusano aprovechando la coyuntura para difundir su ridículo mensaje. Pero no creo que le queden ganas de volver a repetir la experiencia en próximos partidos; nuestros peloteros le cayeron arriba y, dejando guanajería y cartelón a un lado, el arrojado espontáneo tuvo que salir del estadio con el rabo entre las piernas.</p>
<p style="text-align:justify;">            Pueden imaginarse el tremendo revolico que se formó entre la gente que estábamos en la casa.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¡Guanajo! -llegó a gritar uno de los presentes.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¡Será comemierda! -opinó otro de ellos.</p>
<p style="text-align:justify;">            -¡Mira, mira qué janazo le metieron a la escoria&#8230;! -éste fui yo contagiado por mis compañeros.</p>
<p style="text-align:justify;">            A todo eso, nuestro equipo ganó el partido y se clasificó para jugar la final de los Juegos Deportivos Panamericanos, nada más y nada menos que contra Estados Unidos.</p>
<p style="text-align:justify;">            La expectación que causó la disputa del oro fue impresionante. El ambiente que se respiraba en las jornadas previas a esta final era de tremenda fiesta; en la calle apenas se hablaba de otra cosa. Y así llegó el día. Y así llegó la hora del inicio del partido, y toda Cuba, como si de un rito sagrado se tratara, se puso frente al televisor olvidándose por un tiempito de sus quehaceres cotidianos.</p>
<p style="text-align:justify;">            En está ocasión, los tendidos eléctricos de todo el pueblo estaban piano y no sufrieron ninguna anomalía durante todo el partido. De modo que no recibimos la visita de ninguno de nuestros amigos, y tampoco nosotros fuimos a casa de ninguno de ellos.</p>
<p style="text-align:justify;">            Nos quedamos mi hembrita y yo encerrados en el apartamento con el televisor encendido, aunque sin prestarle demasiada atención al aparato.</p>
<p style="text-align:justify;">            Ya estábamos bañados y comidos. Sin apagar el televisor, le bajamos todo el volumen. Los murmullos positivos y negativos que se escuchaban por parte de los vecinos eran impresionantes; a través de ellos era que realmente nos enterábamos de la marcha del partido.</p>
<p style="text-align:justify;">            Y así fue pasando el tiempo. Y así fueron sucediendo las cosas&#8230; Y yo no sé exactamente ni cómo ni por qué, pero, de pronto, entre incitantes palabritas, provocativos y provocados roces, tiernas caricias y algún que otro insinuante beso, mi hembrita y yo acabamos en nuestro cuarto acostados y desnudos sobre la cama.</p>
<p style="text-align:justify;">            Con la luz de la habitación apagada, la luz de las farolas que a esa hora se colaba por las rendijas de las persianas creaba un ambiente ciertamente excitante, ideal para el placentero ejercicio que en ese momento iniciábamos. De esa manera tan favorable, tras previos y delicados preparativos, el jinete montó en su yegua para trotar sin prisas y disfrutar del cálido paisaje&#8230; Después, más adelante, cuando ya el galope se hizo inevitable, ambos, jinete y yegua, llegaron al final del trayecto juntos y desbocados.</p>
<p style="text-align:justify;">            Y miren ustedes qué caprichoso es el azar, justo en el mismo instante en que acabamos nuestro erótico recorrido, los gritos de júbilo y los aplausos que se comenzaron a escuchar no fueron pocos. Créanme si les digo que aquella furia desatada fue de auténtica locura.</p>
<p style="text-align:justify;">            Todavía con la respiración agitada y tendidos sobre la cama, mi compañerita de pecado y yo acertamos a preguntarnos con asombrada cara e interrogante mirada: ¿Y esa escandalera? ¿Tan bien lo hemos hecho para que nos aplaudan y vitoreen de esa manera?</p>
<p style="text-align:justify;">            Pero, de pronto, una alegre y exaltada voz nos bajó de la nube donde tan placidamente todavía nos encontrábamos: ¡Hemos ganado los Juegos Panamericanos a Estados Unidos! ¡Viva Cuba libre y socialista, carajo!</p>
<p style="text-align:justify;">            La carcajada que este comentario nos provocó a los dos fue tan estrenduosa como la bulla que desde la calle nos llegaba. Nos fundimos en un abrazo y casi casi nos comemos nuevamente a besos.</p>
<p style="text-align:justify;">            Saltamos de la cama. Nos vestimos con cierta premura, pues queríamos participar en la espontánea algarabía. Apagamos el televisor que, aunque mudo, todavía seguía encendido en un rincón de la sala, y salimos a la calle a celebrar la victoria. ¿Cual de ellas? -volvimos a preguntarnos con asombrada cara e interrogante mirada-. Y, tras brevísima meditación, al unísono nos respondimos: ¡las dos! Y otra estrenduosa carcajada nuestra se mezcló definitivamente entre la jubilosa gritería de la gente del barrio.</p>
<p> </p>
<p align="right">(Tomado del libro<em> <strong>Historias pequeñas de una isla grande</strong></em>)</p>
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		<title>El pajarillo</title>
		<link>http://baragua.wordpress.com/2008/06/25/73/</link>
		<comments>http://baragua.wordpress.com/2008/06/25/73/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 25 Jun 2008 10:12:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>baragua</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[-No, no os voy a comprar un pájaro y una jaula -dijo con cara de adversas circunstancias un padre a sus hijos-. Por contra, os contaré el por qué de mi tajante actitud.
Como todo el mundo, yo también tuve durante trescientos sesenta y cinco días vuestra corta edad. Por aquel entonces, un mal día -entonces [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=baragua.wordpress.com&blog=3767278&post=73&subd=baragua&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;">-No, no os voy a comprar un pájaro y una jaula -dijo con cara de adversas circunstancias un padre a sus hijos-. Por contra, os contaré el por qué de mi tajante actitud.</p>
<p style="text-align:justify;">Como todo el mundo, yo también tuve durante trescientos sesenta y cinco días vuestra corta edad. Por aquel entonces, un mal día -entonces creí que era bueno- llegó un tío mío a pasar una temporada en nuestra casa; vivía fuera, tenía vacaciones y quería dedicarlas a convivir con nosotros.<span id="more-73"></span></p>
<p style="text-align:justify;">Recuerdo muy nítidamente la jubilosa entrada que realizó cuando, tras oír sonar el timbre, le abrí la puerta. Yo, de un salto, quedé colgado de su cuello; mis pies balancearon a más de medio metro de la tarima. Él no pudo hacer otra cosa que aguantar mi alocado recibimiento, pues en una de sus manos traía una enorme maleta -más tarde, cuando la dejó apoyada en el suelo, intenté levantarla pero no pude con ella- y en la otra lo que instantes después sería el regalo para mi y para mi hermana: un hermoso pajarillo en el interior de una jaula.</p>
<p style="text-align:justify;">Inmediatamente le pusimos agua y alpiste en unos pequeños recipientes. En todo el día no nos separamos de él. Algunas veces le poníamos entre barrote y barrote de alambre la punta de nuestros dedos, pero pronto desistimos de ello, al comprobar que, en vez de entender nuestras buenas intenciones, en su asustadiza huída se golpeaba contra el techo y las paredes.</p>
<p style="text-align:justify;">Tardé una buena temporada en oírle cantar. Transido por la tardanza, mis padres me consolaban diciendo que era normal que no escuchara su canto en unos cuantos días, hasta que se acostumbrara a su nueva vida, a su nuevo hogar.</p>
<p style="text-align:justify;">Y fueron pasando los días y, casi sin darnos cuenta, a mi tío se le acabaron las vacaciones. Se sucedieron los meses, incluso los años.</p>
<p style="text-align:justify;">Un buen día -a pesar de todo, éste sí que fue bueno-, tras esperar a que mi hermana saliera de la escuela, nos fuimos a casa a dejar los libros y a merendar antes de salir de nuevo a la calle para jugar un rato con los amigos. Cuando abrimos la puerta mis oídos percibieron el canto del pajarillo y, ensimismado, le dije a vuestra tía:</p>
<p style="text-align:justify;">-Escucha, qué bien canta, qué alegre canción.</p>
<p style="text-align:justify;">Mi hermana -dos años mayor que yo y, a buen seguro, mucho más sensata- me contestó:</p>
<p style="text-align:justify;">-No, no es precisamente alegría lo que expresa en sus cantos. No canta de gozo, sino de dolor. Recuerda que está en una jaula.</p>
<p style="text-align:justify;">-Sí, pero él ya se ha acostumbrado a vivir aquí -dije yo señalando a su prisión-. Nosotros le queremos y no le falta comida.</p>
<p style="text-align:justify;">-Eso es cierto. Sin embargo, la vida no sólo consiste en llenarse el estómago. Existen otros alimentos que no pasan necesariamente por la boca.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Cual?</p>
<p style="text-align:justify;">-La libertad, por ejemplo.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Y tanto tiempo viviendo aquí no se morirá? Estamos en invierno. ¿Encontrará comida por ahí? -me resistí, quizá, a ver volar al pajarillo hacia rumbo desconocido.</p>
<p style="text-align:justify;">-Algunos con la muerte encuentran la libertad -sentenció mi hermana.</p>
<p style="text-align:justify;">Su última frase me sonó tremendamente lapidaria, pero, comprendiendo que ella tenía razón, descolgué la jaula de su sitio y, colocándola sobre las baldosas rojas del balcón, abrí su puerta de par en par. El pajarillo comenzó a golpearse contra el techo y las paredes, pero, tan pronto como se dio cuenta de la maniobra que hizo mi temblorosa mano, salió volando&#8230; ¿hacia la preciada libertad? ¡Qué sé yo&#8230;!</p>
<p style="text-align:justify;">Ese mismo día, ya ausente la tarde, los transeúntes que transitaban por las inmediaciones de mi portal pudieron ver sobre las bolsas de basura una jaula vacía, llena de soledad.</p>
<p style="text-align:justify;">Más angustiado que otra cosa, aquella noche empapé de lágrimas la almohada. En cuanto al pajarillo, no lo volvimos a ver hasta pasados tres días. Lo encontramos mi hermana y yo una mañana cuando íbamos a la escuela, sobre la hierba del jardín, junto a las prímulas rojas. Su cuerpecito, cubierto por la escarcha, estaba tan duro como una piedra. Hoy es el día que todavía desconozco si encontró o no la libertad que se le había negado, y, obviamente, nunca llegaré a saberlo; lo cierto es que el pajarillo estaba muerto.</p>
<p style="text-align:justify;">Así que, muchachos, ya sabéis -concluyó el padre visiblemente emocionado-. No os voy a comprar un pájaro y una jaula. Tal vez, si queréis, os compre un rompecabezas que, aunque su nombre suena muy mal, es un juego educativo.    </p>
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		<title>Carcajadas</title>
		<link>http://baragua.wordpress.com/2008/05/30/carcajadas/</link>
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		<pubDate>Fri, 30 May 2008 08:13:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>baragua</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Todo eran risas y carcajadas en aquel hombre que un día encontré parado en la acera de una ruinosa calle. Me llamó mucho la atención, por lo que me detuve sin que él me viera a observarle durante un buen rato. Se reía de otro hombre que presumiblemente se encontraba en la otra acera, al [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=baragua.wordpress.com&blog=3767278&post=51&subd=baragua&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;">Todo eran risas y carcajadas en aquel hombre que un día encontré parado en la acera de una ruinosa calle. Me llamó mucho la atención, por lo que me detuve sin que él me viera a observarle durante un buen rato. Se reía de otro hombre que presumiblemente se encontraba en la otra acera, al otro lado del asfalto.</p>
<p style="text-align:justify;">            &#8220;¡Feo! ¡Desgraciado! ¡Monigote!&#8230;&#8221;, envalentonado le gritó el primero al segundo.</p>
<p style="text-align:justify;">            Continué observando sin ser visto, cuando el receptor de los insultos desapareció repentinamente. Justo al mismo tiempo el insultador, todavía con la sonrisa dibujada en su demacrado rostro, reanudó la marcha por el camino que no sé a dónde le conducía.</p>
<p style="text-align:justify;">            Había permanecido largo y tendido rato delante de un reflectante escaparate, sin haberse dado cuenta de lo mucho que se había insultado a sí mismo.</p>
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		<title>Aquel tiempo ya pasó</title>
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		<pubDate>Thu, 29 May 2008 09:40:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>baragua</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Aquel tiempo ya pasó. No sé si te has dado cuenta, pero ya no vamos juntos al cine ni al teatro&#8230; ni tratamos de divertirnos con las bonitas mujeres que a menudo encontrábamos en nuestro entorno de recreo habitual, ya fuera solos o acompañados de otros amigos. Tampoco intercambiamos opiniones acerca de los acontecimientos más [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=baragua.wordpress.com&blog=3767278&post=49&subd=baragua&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;">Aquel tiempo ya pasó. No sé si te has dado cuenta, pero ya no vamos juntos al cine ni al teatro&#8230; ni tratamos de divertirnos con las bonitas mujeres que a menudo encontrábamos en nuestro entorno de recreo habitual, ya fuera solos o acompañados de otros amigos. Tampoco intercambiamos opiniones acerca de los acontecimientos más relevantes de la sociedad tan hipócrita en que ¿vivimos?, ni música ni libros&#8230; ni alegrías ni tristezas.<span id="more-49"></span></p>
<p style="text-align:justify;">            Aquel tiempo ya pasó. ¡Carajo, que sí pasó aquel tiempo! Y, cuando casualmente te veo, tu presencia frente a la mía es menos duradera que en el cielo una estrella fugaz; tan solo un obligado saludo -faltaría más- se cruza entre nosotros, o a lo sumo cuatro o cinco frases tontas pronunciadas sobre la marcha: &#8220;¡Hola! ¿Qué tal? ¡Cuánto sin verte! Hace bueno ¿eh? Yo como siempre, sin tiempo, trabajando sin parar. Bueno, me voy, que me están esperando&#8221;.</p>
<p style="text-align:justify;">            Y tremendamente torpe o tremendamente ingenuo, qué sé yo, te invito a echar un trago para charlar un rato contigo, para saber de tu vida tan distante ya de la mía. Pero nada, se ahogan los sinceros motivos de mi absurda e inútil propuesta.</p>
<p style="text-align:justify;">            &#8220;Te lo agradezco -me dices-, pero he quedado a las ocho -miras al maldito reloj- y ya son menos cinco. Te llamaré un día de estos&#8221; -concluyes sabiendo que mientes, que ni un día de estos ni un día de los otros vas a marcar el número de mi teléfono, entre otras muchas cosas porque sé que ya no lo tienes.</p>
<p style="text-align:justify;">            &#8220;Como quieras -acierto a responder sabiendo que me mientes, que ni un día de estos ni un día de los otros voy a escuchar tu voz, ya tan extraña, al otro lado del hilo-. Vete, vete. No le hagas esperar&#8230; y dale recuerdos de mi parte. Vete, vete&#8230; ¡vete a la mierda!&#8221; -en voz baja, cuando te has alejado diez o doce metros y ya no me puedes oír.</p>
<p style="text-align:justify;">            Aquel tiempo ya pasó. Y pasó el tiempo con aquel tiempo.</p>
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