UNO
-Mira quien viene –dijo de pronto mi hembrita desde el balcón del apartamento.
Y yo, curioso, me asomé apoyado en la barandilla dejando sobre la mesa el libro –Oficio de Ángel de Miguel Barnet- que placidamente leía en ese momento.
Una cuarta planta en La Siberia no queda tan lejos del suelo, pero existe cierta distancia que, unida al factor sorpresa, pueden convertir lo evidente en algo confuso.
Venía mi cuñada. Con su inconfundible y elegante caminado, a la trigueña sí la reconocí al instante. Al otro lado de la carretera se hallaba parqueada una guagüita blanca, de donde al parecer se había bajado.
-¿Y esa cantidad de hombres que vienen junto a ella?
-Son nueve –puntualizó la divulgadora de la noticia.
-Creo que tienes razón –dije haciendo un rápido recuento.
-Lemay viene entre ellos.
-¡Coño, pues es verdad!
No había tenido casi tiempo de asentir y el propio aludido, ya cruzada la carretera, nos saludó desde abajo agitando las manos por encima de su cabeza.
Le devolvimos el saludo. Cuando al entrar en el portal les perdimos de vista, giramos 180 grados a nuestros cuerpos, cruzamos la sala y abrimos la puerta del apartamento para recibir de buen grado a la inesperada visita.
Los abrazos y los saludos, junto a las palabras que habitualmente se utilizan en estos casos, fueron los protagonistas de los primeros minutos. (más…)



