Caprichos del azar

Antes de nada, debo reconocer que soy un poco rarito, porque ¿a qué cubano no le gusta el béisbol? A mi lo que realmente me divierte de este deporte es observar cómo los incondicionales del mismo disfrutan viendo sus partidos. ¿Verdad que el comportamiento mío es un tanto extraño? Sí, lo reconozco, pero ¿qué le voy a hacer…? Por más que me empeñe y me expliquen los entresijos del juego, no acabo de entenderlo y mucho menos de disfrutar con, al parecer, tan impresionantes jugadas.

            Hace ya un tiempito, llegaron unos amigos a la casa preguntando si podían ver el partido de pelota en nuestro televisor.

            -Cómo no -les dije-. Pasen, pasen. Pónganse cómodos.

            Eran cinco o seis, ahora no me acuerdo, y pasaron a la sala ocupando buena parte de los asientos disponibles. Al parecer -así lo explicaron ellos- hubo una avería en el tendido eléctrico de su zona -la mía hasta no hace mucho tiempo- y no querían perderse el partido entre Cuba y Canadá. Eran las semifinales de los Juegos Panamericanos, que se celebraban en este último país, y el enfrentamiento deportivo ofrecía entretenimiento y la emoción estaba asegurada.

            Y así mismo fue. Yo, a la verdad, más que a la pantalla del televisor, hacia donde realmente miraba era a los rostros de los recién llegados y, de esa manera tan curiosa, creo recordar que disfruté bastante durante toda la retransmisión deportiva.

            Puedo asegurarles que las miradas fijas hacia el luminoso rectángulo, los nerviosos silencios casi absolutos, las bullas estrenduosas cuando se completaba con éxito alguna -según ellos- memorable jugada, los jubilosos comentarios… y hasta los aplausos que en más de una ocasión hicieron acto de presencia en la sala, fueron realmente inolvidables.

            Recuerdo, también, cómo en un momento determinado del partido un espectador saltó al terreno de juego y desplegó un cartelón con consignas contrarrevolucionarias. Debía de ser algún gusano aprovechando la coyuntura para difundir su ridículo mensaje. Pero no creo que le queden ganas de volver a repetir la experiencia en próximos partidos; nuestros peloteros le cayeron arriba y, dejando guanajería y cartelón a un lado, el arrojado espontáneo tuvo que salir del estadio con el rabo entre las piernas.

            Pueden imaginarse el tremendo revolico que se formó entre la gente que estábamos en la casa.

            -¡Guanajo! -llegó a gritar uno de los presentes.

            -¡Será comemierda! -opinó otro de ellos.

            -¡Mira, mira qué janazo le metieron a la escoria…! -éste fui yo contagiado por mis compañeros.

            A todo eso, nuestro equipo ganó el partido y se clasificó para jugar la final de los Juegos Deportivos Panamericanos, nada más y nada menos que contra Estados Unidos.

            La expectación que causó la disputa del oro fue impresionante. El ambiente que se respiraba en las jornadas previas a esta final era de tremenda fiesta; en la calle apenas se hablaba de otra cosa. Y así llegó el día. Y así llegó la hora del inicio del partido, y toda Cuba, como si de un rito sagrado se tratara, se puso frente al televisor olvidándose por un tiempito de sus quehaceres cotidianos.

            En está ocasión, los tendidos eléctricos de todo el pueblo estaban piano y no sufrieron ninguna anomalía durante todo el partido. De modo que no recibimos la visita de ninguno de nuestros amigos, y tampoco nosotros fuimos a casa de ninguno de ellos.

            Nos quedamos mi hembrita y yo encerrados en el apartamento con el televisor encendido, aunque sin prestarle demasiada atención al aparato.

            Ya estábamos bañados y comidos. Sin apagar el televisor, le bajamos todo el volumen. Los murmullos positivos y negativos que se escuchaban por parte de los vecinos eran impresionantes; a través de ellos era que realmente nos enterábamos de la marcha del partido.

            Y así fue pasando el tiempo. Y así fueron sucediendo las cosas… Y yo no sé exactamente ni cómo ni por qué, pero, de pronto, entre incitantes palabritas, provocativos y provocados roces, tiernas caricias y algún que otro insinuante beso, mi hembrita y yo acabamos en nuestro cuarto acostados y desnudos sobre la cama.

            Con la luz de la habitación apagada, la luz de las farolas que a esa hora se colaba por las rendijas de las persianas creaba un ambiente ciertamente excitante, ideal para el placentero ejercicio que en ese momento iniciábamos. De esa manera tan favorable, tras previos y delicados preparativos, el jinete montó en su yegua para trotar sin prisas y disfrutar del cálido paisaje… Después, más adelante, cuando ya el galope se hizo inevitable, ambos, jinete y yegua, llegaron al final del trayecto juntos y desbocados.

            Y miren ustedes qué caprichoso es el azar, justo en el mismo instante en que acabamos nuestro erótico recorrido, los gritos de júbilo y los aplausos que se comenzaron a escuchar no fueron pocos. Créanme si les digo que aquella furia desatada fue de auténtica locura.

            Todavía con la respiración agitada y tendidos sobre la cama, mi compañerita de pecado y yo acertamos a preguntarnos con asombrada cara e interrogante mirada: ¿Y esa escandalera? ¿Tan bien lo hemos hecho para que nos aplaudan y vitoreen de esa manera?

            Pero, de pronto, una alegre y exaltada voz nos bajó de la nube donde tan placidamente todavía nos encontrábamos: ¡Hemos ganado los Juegos Panamericanos a Estados Unidos! ¡Viva Cuba libre y socialista, carajo!

            La carcajada que este comentario nos provocó a los dos fue tan estrenduosa como la bulla que desde la calle nos llegaba. Nos fundimos en un abrazo y casi casi nos comemos nuevamente a besos.

            Saltamos de la cama. Nos vestimos con cierta premura, pues queríamos participar en la espontánea algarabía. Apagamos el televisor que, aunque mudo, todavía seguía encendido en un rincón de la sala, y salimos a la calle a celebrar la victoria. ¿Cual de ellas? -volvimos a preguntarnos con asombrada cara e interrogante mirada-. Y, tras brevísima meditación, al unísono nos respondimos: ¡las dos! Y otra estrenduosa carcajada nuestra se mezcló definitivamente entre la jubilosa gritería de la gente del barrio.

 

(Tomado del libro Historias pequeñas de una isla grande)

Publicado en  on Junio 28, 2008 at 9:25 am Dejar un comentario

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